domingo, 11 de abril de 2010
Contradicciones, traiciones y subestimaciones en la política argentina
Enrique Santos Discépolo fue el heraldo del siglo XX, un magnífico cronista de un tiempo que sigue presente, quizás ahora mucho más revuelto en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches debido a la revolución tecnológica que le suma velocidad revolucionaria a los cambios de paradigmas. Para algunos nostálgicos, el poeta sigue siendo hoy un sabio, aunque para la progresía probablemente Discepolín resulte todo un conservador, pero bien vale la pena recurrir a su pasión de observador dedicado a retratar una realidad bien argentina que se está prolongando en el siglo XXI, a partir de las cosas de todos los días. Durante la semana que pasó, media docena de hechos de la política cotidiana dieron vigencia plena al "todo es igual" de su poesía cumbre. Así, uno a uno, los temas se fueron encimando y entre deserciones, mentiras y subestimaciones de todos lados la realidad metió en el mismo lodo discepoliano de mezclar la Biblia con el calefón a los empresarios, la Iglesia, un ministro, los jueces, la reorganización del PJ, el canje de deuda, las menciones ahora laudatorias al FMI, las multas de Cobos a los senadores ausentes. Entre lo más grave que ocurrió en estos últimos días, hay que darle el podio de la "maldad insolente" a la deserción de los empresarios que se asustaron por las eventuales represalias del Gobierno y que salieron corriendo y dejaron a la Pastoral Social en soledad, cuando se habían comprometido a suscribirlo, con un documento en la mano de propuestas concretas sobre la pobreza, un trabajo que además dice sin pelos en la lengua que la misma es "consecuencia" del actual modelo económico y que éste no ayuda a realizar "una distribución equitativa de la riqueza". El borrador del documento, que fue filtrado a la prensa por una cámara empresaria, probablemente a instancias del Gobierno, para desactivarlo, inmediatamente se quedó sin el consenso que había logrado entre los hombres de negocios que se negaron a propiciarlo, debido a ese manifiesto tan hiriente para los habitantes de la Casa Rosada.
Los empresarios de la discordia, que son los mismos que se llenan la boca con una supuesta Responsabilidad Social que parece que ejercen más para lavar sus culpas que para otra cosa, se echaron a la retranca antes de malquistarse con el Gobierno, en nombre de una fidelidad que, en general, todos saben que no existe. La hipocresía es tal que muchos de ellos juran en privado que no dispondrán ni de un peso extra para inversión y que esperan que llegue diciembre de 2011 para que los Kirchner no estén más, aunque públicamente se cuidan hasta el extremo de no jugarse por una causa, como la pobreza y sus consecuencias, que es "un problema de todos". Desde otro ángulo exactamente a la inversa, los editores de diarios nucleados en Adepa se sumaron el viernes a esta prédica por el bien común, ya que para ellos la "amplia franja de argentinos que tienen hambre, están desocupados y son víctimas del narcotráfico" no tienen a mano los medios que requieren los ciudadanos para que puedan ejercer a pleno la libertad de expresión.
Adepa también se revolcó en el merengue, a partir de su denuncia sobre la "inédita" y "abusiva" acción seudo periodística de los medios del Estado, hoy convertidos en "herramientas de militancia obsecuente y persecutoria". Su presidente, el director del diario santafesino "El Litoral", Gustavo Víttori, puntualizó que "cuando habla el Gobierno desde los medios del Estado lo hace en términos absolutos y con una absoluta descalificación de los otros medios", y puso como ejemplo al programa "6, 7, 8" que emite Canal 7: "El relato más peligroso es el relato hegemónico del Estado, bancado con todos sus recursos y apartado de las reglas clásicas del periodismo", señaló. Pues bien, para apuntar a lo contrario y en una expresión casi surrealista del "Cambalache" discepoliano, Aptra, la Asociación que se supone que nuclea a los cronistas del espectáculo, distinguió en la semana a ese programa tan heterodoxo con una nominación al Martín Fierro como "mejor programa periodístico", cuando muchos de sus integrantes, otrora brillantes profesionales, hoy lo que menos hacen es periodismo, sino militancia partidaria.
En este punto de la prédica gubernamental, apareció en pantalla durante la semana otra perla de la "maldad insolente" de la televisión pública, que tiene que ver con la propaganda que se emite en el Fútbol para Todos. En los últimos partidos, en medio de los avisos de obras públicas con logotipo de la Presidencia de la Nación que financian con la publicidad del Estado la ficcional gratuidad del fútbol de la AFA, se han visto spots de la ONG Coalición para una Radiodifusión Democrática que convoca a otra marcha, también a favor de la Ley de Medios. Esas menciones o bien son cuasigratuitas, es decir que están pagadas por todos los argentinos con sus impuestos, lo que corroboraría los dichos de Adepa, o bien son pagas y su difusión se aparta de los principios que el Jefe de Gabinete acaba de establecer, sobre no vender más publicidad a terceros, habida cuenta el fracaso estatal en la comercialización.
Otros personajes que sumaron en la semana a Don Chicho, Napoleón, Carnera y San Martín fueron los diputados opositores que dejaron sin quórum a la Cámara Baja el miércoles último, algunos de ellos con cierta intencionalidad política, pero otros porque no se molestaron siquiera en levantarse de la mesa del bar donde estaban tomando un café, ya que creyeron que el kirchnerismo iba a seguir la vieja práctica de llamar a sesión in eternum, como cuando le convenía. En esta oportunidad, el jefe de la bancada oficialista, Agustín Rossi, se sentó en la soledad en su banca para pedir que se cumpla el Reglamento y que se levante la sesión y el titular de la Cámara, Eduardo Fellener, quien fue ratificado por todos los bloques en diciembre después de muchas discusiones, se olvidó de la caballerosidad, trabajó para su partido y la levantó nomás.
Como frutilla del postre apareció el discurso presidencial que desde los Estados Unidos le tiró flores al Fondo Monetario como promotor intelectual del uso de reservas, argumento para aceitar el canje de deuda, algo que se dice que será bueno para bajar la tasa de interés, pero también para desendeudar a la Argentina, lo que en principio es una falacia contable, ya que la deuda hasta ahora no anotada se volverá a sumar. Otro tanto ha pasado con las divisas del BCRA, que pasaron de ser una garantía para deudores, a la llave para evitar este año el tan temido déficit fiscal. Este zig zag permanente de los instrumentos económicos no ha sido precisamente el caramelo que se tragaron los empresarios que escucharon a la Presidenta en Washington, ya que serán extranjeros pero saben que en la permanente recurrencia argentina siempre habrá "maquiavelos y estafaos" y no se mostraron muy proclives a creer hacia el largo plazo, más allá que muchos de ellos le palmean la espalda a los funcionarios argentinos, ya que están haciendo unos negocios fabulosos con los títulos públicos, que valían menos de 30 y que ahora pagarán 50 o más.
En medio de tanta vorágine y aún consternado por el accidente cerebro vascular del vicegobernador bonaerense, Alberto Balestrini, un peronista de aquellos acostumbrados a tejer y destejer, le ha dicho a DyN en la semana que hoy nada se descarta en el PJ oficial, de raigambre kirchnerista, ni siquiera armar dos fórmulas dentro del espacio, para que se diriman antes de la interna partidaria contra algunos de los disidentes, Eduardo Duhalde incluido.
Igualmente, este pejotista de mil batallas, alabó el sistema de internas abiertas porque, dijo, permitirá que nadie "saque los pies del plato", ya que por "protección partidaria" los que pierdan no podrán ir por afuera y se quedarán con 25 por ciento de los cargos. Sólo hizo una mueca cuando se le recordó que los votantes independientes podrían meter la cuchara contra Néstor Kirchner y apenas atinó a decir que la interna radical, simultánea, también necesitará votantes. Y apuntó que hoy le parece que esa interna la ganará Ricardo Alfonsín.
Por último, y sin ponerse colorado, afirmó que por estos días Kirchner está más manso y decidido a cambiar, para ver si antes de fin de año se transforma en candidato. El informante sugirió que hoy todos están con "el flaco", pero en la mejor tradición peronista afirmó que "vamos a ir con él hasta la puerta del nicho" y si no le dan los números "ya se verá qué hacer". Tantos pequeños mosaicos del día a día, plagados de contradicciones a raudales, remiten una vez más al mundo de curas, colchoneros, reyes de bastos, caraduras y polizones que retrató Discépolo hace más de 70 años y que siguen poniendo a la Argentina en la mezcolanza del "es lo mismo", que tanto ha hecho atrasar su reloj.
Adepa alertó sobre el mal uso de los medios de comunicación públicos, que se volvieron totalmente partidistas.
Hugo E Grimaldi
DyN
viernes, 9 de abril de 2010
Perpetradores y beneficiarios del golpe del 76
A 34 años del golpe de Estado que dio inicio a la última dictadura militar, y en pleno proceso de enjuiciamiento a los perpetradores del horror, queda aún pendiente posar la mirada sobre quienes fueron los beneficiarios. Las declaraciones del ex jefe de Inteligencia de la ESMA Jorge Acosta, en las que explicó que “el gran problema fue dejar gente viva”, fueron sin dudas irritantes pero a la vez caricaturescas. Muestran una y otra vez la naturaleza de un grupo de militares entrenados para matar, aleccionados en la doctrina de la Seguridad Nacional en la Escuela de las Américas, o en la Escuela Superior de Guerra de Francia, cuna de la doctrina de la guerra contrarrevolucionaria. Fueron educados en una época que redefinió el rol de los ejércitos latinoamericanos en función de hipótesis de enemigos internos considerados subversivos o comunistas, en base a los intereses y presiones de Estados Unidos durante la guerra fría, quien les proveyó armamentos para tales fines al tiempo que bloqueó todo desarrollo para guerras convencionales.
Si bien es cierto que el proceso de enjuiciamiento a los militares tiene enormes falencias, por otro lado es indiscutible que la Argentina es, por lejos, el país que más ha avanzado en investigar y hacer justicia en el contexto latinoamericano. Pero sólo en el discurso de estos vetustos genocidas puede tener sentido entender el golpe de 1976 motivado por la lucha anticomunista. Esta vía discursiva esconde la actuación civil de aquella época y el hecho de que aquellos sucesos arrojaron claros beneficiarios, que no están aún en la picota.
La cacería. Para marzo de 1976 las agrupaciones armadas ya estaban derrotadas o en franca retirada. Los principales sindicatos independientes y los liderazgos disidentes fueron eliminados: René Salamanca, del SMATA; Agustín Tosco, de Luz y Fuerza; Raimundo Ongaro, del sindicato gráfico, y Julio Guillán, máximo dirigente de los telefónicos, se encontraban en retroceso. Quienes no tenían ya intervenidas sus organizaciones muy pronto pasarían por esa experiencia. Las huelgas masivas de la dirigencia de la CGT constituyeron acciones defensivas para cuidar el salario frente a la descontrolada inflación. El gobierno de Isabel Perón pudo haber sido calificado de muchas maneras, pero sin duda no fue un refugio de comunistas.
No hay ningún elemento concreto que muestre una escalada revolucionaria en la Argentina previa al golpe, sino más bien todo lo contrario. La toma del poder por parte de los militares, lejos de desatar la resistencia popular, fue vista como la crónica de una muerte anunciada. Claro está, muy pocos sabían lo que se venía. El secretario general de la CGT, Casildo Herrera, anunció desde Montevideo y sin tapujos: “Me borré”. El Congreso de la Nación, a diferencia de otros golpes anteriores en los que algunos legisladores mostraron algún ánimo de resistencia, dejó a los militares que lo intervinieron solos con el eco de sus botas como única compañía. Algunos diputados, incluso, previsores, días antes habían pedido por anticipado el pago de sus dietas.
No hubo guerra civil: el 62% de los detenidos desaparecidos fueron capturados en sus casas, lo que pone de manifiesto que más bien se trató de una cacería. No de una guerra, como quiso (y quiere) instalar cierto sector ligado a los militares.
Pero sin peligro comunista y casi sin resistencia ¿qué es lo que vino a instalar la dictadura más sangrienta de nuestra ya de por sí violenta bicentenaria historia? ¿Quiénes se beneficiaron?
En 1975 se publicó un estudio que resultaría muy influyente y que dio la tónica a los tiempos por venir. Había sido encargado por la Comisión Trilateral (integrada por varios de los más poderosos grupos económicos del mundo). Allí se quejaban de lo que llamaban “un exceso de democracia”, que había conducido a una “igualdad inaceptable” en detrimento de la gobernabilidad y la factibilidad de los negocios, y por ello diagnosticaban que se imponía recuperar la autoridad y realizar los ajustes económicos necesarios. Éste será el discurso de una naciente derecha mundial.
En la Argentina, un exótico y complejo maridaje se concretó entre las Fuerzas Armadas, con sus ideologías nacionalistas, por un lado, y los más encumbrados y concentrados grupos empresariales nacionales y extranjeros, con sus ideas liberales. La astucia del planteo del liberalismo económico consistió en convencer a las Fuerzas Armadas de que el esquema político-institucional que procuraban reemplazar estaba ligado estrechamente al ordenamiento económico que le daba sustento. El plan económico fue justificado en tanto atendía, de ese modo, más que a objetivos económicos, a los objetivos políticos del proyecto de transformación de las Fuerzas Armadas.
La idea de esta unión tuvo pretensiones de largo aliento. Nada más y nada menos que fundar una nueva Argentina, pero para ello era necesario no sólo eliminar a los grupos políticos que se opusieran sino las condiciones económico sociales existentes.
Todos para uno. Una apreciación del programa económico no puede sino enfatizar su crudo carácter clasista. Más allá del enorme beneficio que significó el enorme endeudamiento protagonizado por algunas grandes empresas, del que finalmente se hace cargo el Estado, lo que está en juego es un cambio estructural. Los salarios nominales fueron congelados en medio de un proceso inflacionario agudo facilitado por la liberalización generalizada de los precios. El salario de los trabajadores sufrió la caída más brutal que se registre. Si tomamos a 1975 como base 100 tenemos que para 1978 se ubica en 53,9.
Otro tanto ocurre con la ocupación que no para de caer durante todo el período de gobierno militar. Por ello no es casual que más del 50% de los desaparecidos sean trabajadores asalariados. Las acciones militares en las fábricas y la desaparición de delegados gremiales fue una constante ampliamente comprobada.
En el conjunto, los precios agropecuarios fueron exceptuados de las retenciones a la exportación y alentados por el incremento de la tasa de cambio, lo que trajo como consecuencia que subieron por encima de los restantes precios. Entretanto, una intensísima especulación en títulos públicos produjo una enorme transferencia de riquezas desde los ahorristas de las clases medias a las empresas y grupos financieros.
Los beneficiarios de estas políticas supieron acompañar y agradecer. El propio ministro de Economía de la dictadura, José Alfredo Martínez de Hoz, había sido hasta 1976 presidente de Acindar y representante de la emblemática APEGE (Asamblea Permanente de Entidades Gremiales Empresarias) que estaba conformada por la CEA (Consejo Empresario Argentino), la Sociedad Rural, Carbap, la Cámara de la Construcción, la de Comercio, la de grandes tiendas, las cámaras de importadores y exportadores, la de supermercados y las cámaras de bancos. Su programa de acción planteaba “la supresión directa de todos los obstáculos legales y de otro orden que traban la producción, afectan la productividad y dificultan la comercialización, entre otras, las leyes de contrato de trabajo, control de precios y horarios de comercio”.
El impulso decisivo al golpe lo protagonizan el 16 de febrero de 1976, en el que declaran un paro patronal que recibe un apoyo masivo y paraliza el país. Su último acto antes de disolverse fue la publicación de una solicitada aparecida el 24 de marzo de 1977, en la que felicitan al gobierno por el rumbo encarado y los logros conseguidos.
La Argentina que emergió con el fin de la dictadura fue más pobre, más desigual y más condicionada. Los militares perpetradores no son hoy una alternativa de poder real y tienen sobre sí la condena de la mayoría de la población, más allá de las declaraciones de algún político trasnochado. Pero el esquema de relaciones sociales y económicas que emergió después de los años de plomo ha logrado escapar a la condena y se ha naturalizado. Lo bueno de los aniversarios es que son una oportunidad para escaparnos un poco de las chicanas políticas de cada día y plantear los debates profundos que nos debemos.
Sergio Wischñevsky
Historiador. Profesor de la UBA
Yo quería ser argentino
Autor: Sergio Ramírez. Escritor nicaragüense. Ex vicepresidente.
Desde la verdura en harapos del trópico bananero, yo quería ser argentino.
En aquellos ya remotos años cuarenta que fueron los de mi infancia.
Un primo rico se daba el lujo de mandar a empastar los números de Billiken, y en esos tomos tan preciados descubrí La dama del perrito de Chejov y El oso de Faulkner, cuando aquel primo se dignaba prestármelos. Me quedaba leyendo hasta altas horas de la madrugada a la luz de un foco de mano, embozado bajo la sábana, para no ser descubierto en el delito del desvelo, Billiken y también los números de El Peneca. Todavía se sigue llamando penecas en Nicaragua a las revistas de historietas. Y me identifiqué con Patoruzito, el indiecito semidesnudo de las pampas, aprendí lo que era una boleadora y un ombú, y gané mi primer antihéroe en su adversario Isidoro, el porteñito engominado. Civilización contra barbarie.
Aprendí también desde entonces la palabra canillita, porque un niño inválido, que vendía periódicos por las calles de Buenos Aires, apoyándose en una muleta, era capaz de transformarse en el Capitán Maravilla con sólo pronunciar la palabra mágica Shazam (compuesta por las iniciales de Salomón, Hércules, Atlas, Zeus, una que he perdido, y Marte), y ya en su investidura de héroe poderoso abatía puñetazos a la peor ralea de maleantes que se ocultaban en los meandros del barrio La Boca.
Mis libros de lectura de la escuela primaria venían también de Argentina, y me acostumbré a que la bandera patria que figuraba en la primera página de esos libros, tan parecida a la de Nicaragua, tuviera ciertas
ligeras variantes con la mía; apenas un poco más pálidas las franjas azules, y en la franja blanca del centro, en lugar del escudo de cinco volcanes, un sol resplandeciente. Y Eva Perón. En la pobre biblioteca de mi escuela, donde todos los libros alcanzaban en unos cuantos estantes de pino, no había mejor momento para mí que el de entregarme a repasar las páginas de un álbum de fotos a colores de pastel dedicado a aquella primera dama caritativa de moño perfecto y sonrisa angelical, que venía a ser como la reina del mundo, y que tantos años después reviviría para mí en la espléndida novela Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez.
Pero también tengo en mi vida a la Editorial Sopena Argentina, con sus libros a dos columnas en los que leí Los miserables, El Conde de Montecristo y Los Tres Mosqueteros, y la Editorial Kraft, que publicaba cuentos japoneses y poemas chinos con delicadas ilustraciones, y aún más tarde, mi encuentro con En busca del tiempo perdido, traducido por Pedro Salinas, en los libracos en cuarto mayor de tapas de cartón y hermosa letra, tal vez de la casa editorial Salvador Rueda, mal me engañe la memoria; más Trilce, El Canto General, El Romancero gitano y Marinero en tierra, unos tomitos en rústica de cubiertas grises, con sello de Losada, tiempos dichosos en que los libros de poesía eran tan baratos. Era la pujante Argentina de Juan Domingo Perón. Una Argentina capaz de llegar con sus masivos embarques de libros hasta las costas de Centroamérica, a los mismos muelles donde atracaban los barcos refrigerados de la flota blanca de la United Fruit Company a recoger los racimos de fruta que eran nuestra insignia de banana republics. Los diputados, decía Sam Zemurray, quien inventó aquel negocio fabuloso del banano, eran más baratos que las mulas, según recuerda en Hora Cero Ernesto Cardenal.
Mi infancia pertenece también a la voz de Carlos Gardel en las rocanolas de las cantinas, una voz que venía desde la eternidad, y ante la que lloraban de auténtica pena los borrachos despechados y sus películas, vistas una y otra vez por el mismo público ávido en el único cine del pueblo, a la luz de las estrellas, y a causa de tanto Gardel en las vidas cotidianas es que a un carpintero de ataúdes, que llevaba las uñas manchadas de maque, lo llamaban Caneja, por aquello de fuerza, canejo, sufra y no llore... Mis libros de lectura escolar hablaban de graneros colmados, ferrocarriles que atravesaban la pampa, infinitos hatos de ganado, barcos que partían pletóricos de mercancías. En el país del que venían los libros y las historietas, los niños iban a la escuela pública de uniforme, como no ocurría en Nicaragua, donde no había siquiera bancos para todos los alumnos. Cómo aquel niño que era yo no iba a querer ser como los argentinos, así como los argentinos querían ser como los europeos.
Pasaron los años. Poco antes de que Perón fuera derrocado, cuando las arcas repletas de lingotes de oro empezaban a vaciarse en el Banco Central de la Nación, gracias a la más variada suerte de corruptelas y a la mano munificente de Santa Evita, el viejo Somoza fue recibido con toda pompa en Buenos Aires y Perón llenó para él la Plaza de Mayo con un millón de personas. Conservo esas fotos, los dos en el balcón de la Casa Rosada, en arreos militares de gala, frente a la inmensa multitud. Más tarde, en triste pago, Perón fue acogido en su exilio en la calurosa y provinciana Managua y se alojó en los aposentos del Palacio presidencial de Tiscapa. Ese año de 1956 mataron a Somoza, y Perón huyó, temeroso de su mala estrella a refugiarse en brazos de Trujillo a la República Dominicana. Isabelita Martínez, a quien Perón había conocido en Panamá en un night-club, cuando iba precisamente rumbo a Managua, llegó a convertirse en presidenta y tuvo por consejero áulico a López Rega, un brujo de arrabal que era, además, jefe de una banda de sicarios, una “mano blanca”, como las de Guatemala, o El Salvador.
Argentina ya no parecía el país europeo que era en las páginas de mis viejos libros escolares, sino una república bananera, como cualquiera de las nuestras. Una cabaretera presidenta. Un brujo asesino, un prestidigitador del poder. Eso no podía ocurrir sino en una república bananera. Y después, las desapariciones masivas, los prisioneros lanzados desde los aviones en alta mar, enterrados en bloques de cemento en el fondo del Río de la Plata. Eso es lo mismo que ocurría en Guatemala y en Nicaragua. Y luego Menem, un chulo disfrazado de prócer, con patillas a lo general San Martín, también venía a ser tan centroamericano en sus ínfulas perdularias. Ahora que tantos argentinos descuajados de la normalidad de sus vidas se quieren subir a los viejos barcos en que sus antepasados llegaron desde Calabria, o desde Marsella, o desde Vigo, a buscar un refugio quizás imposible frente a la catástrofe que la repetida corrupción ha traído sobre Argentina, el rollo de película es echado a andar, pero hacia atrás. La civilización y la modernidad con que tanto soñaron todos los que desde el siglo XIX ansiaron ser europeos, y con la que soñamos en el calor del trópico, donde huele a frutos demasiado maduros, todos los que quisimos ser argentinos, se caen a pedazos como las bambalinas de un escenario en ruinas.
Pero yo sigo queriendo ser argentino. No sólo por mi infancia nunca perdida.
También por Lugones, por Borges, por Cortázar, por Osvaldo Soriano, por Tomás Eloy Martínez, y por supuesto, por Gardel. No más les digo que esperemos, que ya vendrá el día en que no habrá más pena ni olvido.