Sartre hace una distinción entre dos tipos de mentiras: por un lado la mentira simple, a secas y por otro lo que llama la mala fe.
La primera corresponde al engaño dirigido a los otros, la mentira concerniente al universo de las cosas y que puede circunstancialmente resultarle útil al hombre en el trato cotidiano con las cosas.
La mala fe que hoy trataremos en cambio, es el autoengaño, la mentira inmanente, es aquella conducta del hombre que intenta esconder la responsabilidad de los propios actos, engañándose a sí mismo.
Se busca con este comportamiento eludir la condición fundamental de ser un hombre libre, para ocultar las consecuencias inevitables de esa libertad: que aquello que hacemos y lo que somos es siempre resultado de nuestras decisiones.
Al actuar de mala fe se asume una conducta en la que nos damos el trato de una cosa, un objeto y lo que caracteriza básicamente a los objetos es no ser sujetos, es existir como consecuencia de un hecho ajeno a ellos mismos, una cosa no es ni dueña ni creadora de sí misma.
De esta forma nos tratamos ciertamente cuando elegimos vivir basados en la mala fe, destacándose en esta opción dos ámbitos primordiales para el ejercicio de esa conducta: el ámbito de la valoración personal y el ámbito de las elecciones.
Para poder apreciar la presencia de la mala fe en lo referente a la valoración de lo que somos es menester recordar la tesis postulada por el existencialismo: somos lo que somos como una consecuencia de nuestras decisiones, ha sido nuestra libre elección ser como somos y tener lo que tenemos.
La propuesta de Sartre es así una filosofía de la acción, según la cual el ser se agota en lo que hace, no existiendo en él potencialidad alguna, ni velados talentos que no hayan encontrado realización debido a la confluencia de circunstancias adversas.
Ciertamente esta concepción sartreana de la existencia puede resultar de muy difícil aceptación para muchas personas, especialmente cuando su situación no refleja las expectativas que plantearon para su vida, surge entonces como paliativo para brindar sosiego a su conciencia, la posibilidad de hacer a los demás responsables de su situación, se construye entonces la creencia de la inevitabilidad de ser lo que uno es o tener lo que tiene y se valora la propia existencia cargando la responsabilidad en otro actor : los otros, la sociedad, el destino, etc.
Para Sartre esa búsqueda de excusas, esa evasiva que permita sobrellevar un presente ingrato, eso es una conducta de mala fe.
Esa misma mala fe que aparece también cuando del ámbito de las elecciones se trata, y se produce al desistir de la toma de una decisión, al justificar una acción como la única posible, al hacer en definitiva la opción más detestable que es cuando se elige no elegir, asumiendo la pasividad de un objeto, como si no fuese uno el protagonista de su vida, como si las cosas simplemente le ocurriesen y no fuese en definitiva lo que es: un hombre entera y propiamente libre.
Claudio Brunori
martes, 4 de mayo de 2010
Sobre los órdenes en la sociedad
Tributario de una posición filosófica postulada inicialmente por Blas Pascal, el filósofo francés André Comte Sponville elaboró un esquema que plantea la existencia de órdenes en toda sociedad, un conjunto de categorías interactuantes desde y sobre las cuales se desenvuelve la vida humana civilizada.
Simplificando su propuesta, podemos decir que estos órdenes se jerarquizan siguiendo una escala en la cual el primer lugar estaría ocupado por el orden ético, cuyo fundamento son los valores; en segunda instancia se erige el orden moral, que establece el deber ser; en tercer lugar aparece el orden político, siendo su elemento el poder y por último el orden económico, cuyo fundamento es la ganancia.
En cada caso existe una naturaleza funcional intrínseca a ese orden que se reconoce absoluta, carente de limitaciones al interior de la misma, circunstancia esta, que se traduciría en un caos de incivilización si a cada orden le fuese dado desenvolverse según su libre voluntad.
Es entonces condición necesaria de factibilidad para la existencia de una sociedad organizada, que en la dinámica de la jerarquía postulada, el orden superior controle y ponga límites al orden inferior.
No debe interpretarse esto como que un orden ha de funcionar en si mismo según las pautas inherentes a otro, sería absurdo por ejemplo, pretender que el orden económico tenga como finalidad el bien común en vez del afán de lucro, pero si que se le deben imponer límites desde lo político y lo moral a esa avidez de ganar dinero y acumular riqueza.
De la misma manera corresponde que el orden político se desenvuelva sujeto a las normas morales imperantes en la sociedad, las cuales a su vez deben anclarse en una construcción ética superior.
Ahora bien, cuando en una sociedad esa dinámica es interrumpida, cuando la interacción planteada se ve desvirtuada, entonces los órdenes ético y moral son deformados o dejados de lado permitiendo que lo político se centre solo en el poder por el poder mismo y lo económico se entregue a un afán desmedido de ganancia que termina instalándose como corrupción estructural en el sistema.
Cuando una sociedad se encuentra en tales circunstancias, es su propia supervivencia lo que está en juego.
Claudio Brunori
Simplificando su propuesta, podemos decir que estos órdenes se jerarquizan siguiendo una escala en la cual el primer lugar estaría ocupado por el orden ético, cuyo fundamento son los valores; en segunda instancia se erige el orden moral, que establece el deber ser; en tercer lugar aparece el orden político, siendo su elemento el poder y por último el orden económico, cuyo fundamento es la ganancia.
En cada caso existe una naturaleza funcional intrínseca a ese orden que se reconoce absoluta, carente de limitaciones al interior de la misma, circunstancia esta, que se traduciría en un caos de incivilización si a cada orden le fuese dado desenvolverse según su libre voluntad.
Es entonces condición necesaria de factibilidad para la existencia de una sociedad organizada, que en la dinámica de la jerarquía postulada, el orden superior controle y ponga límites al orden inferior.
No debe interpretarse esto como que un orden ha de funcionar en si mismo según las pautas inherentes a otro, sería absurdo por ejemplo, pretender que el orden económico tenga como finalidad el bien común en vez del afán de lucro, pero si que se le deben imponer límites desde lo político y lo moral a esa avidez de ganar dinero y acumular riqueza.
De la misma manera corresponde que el orden político se desenvuelva sujeto a las normas morales imperantes en la sociedad, las cuales a su vez deben anclarse en una construcción ética superior.
Ahora bien, cuando en una sociedad esa dinámica es interrumpida, cuando la interacción planteada se ve desvirtuada, entonces los órdenes ético y moral son deformados o dejados de lado permitiendo que lo político se centre solo en el poder por el poder mismo y lo económico se entregue a un afán desmedido de ganancia que termina instalándose como corrupción estructural en el sistema.
Cuando una sociedad se encuentra en tales circunstancias, es su propia supervivencia lo que está en juego.
Claudio Brunori
domingo, 2 de mayo de 2010
Una aproximación a Sartre
El existencialismo afirma categóricamente que el hombre es un ser en situación, es decir, es un ser cuya relación con el mundo lo sujeta, lo compromete, y esa situación tiene en sí límites inviolables que no puede transgredir.
No puede ser otro, está ahí libre y comprometido, responsable y culpable. No puede ser otro porque entonces ese otro no sería él.
Cómo dijera Jaspers al hablar de las situaciones límite, no puedo no morirme, no puedo no sufrir, no puedo no luchar, no puedo no ser culpable.
Sartre ha planteado que el hombre empieza por existir, surge en el mundo y después se define. Y existir es ser un ser libre, una afirmación que refiere a la obligatoriedad de ser libres en tanto existamos, y al acceder al concepto de libertad en el marco de la filosofía sartriana se entiende cómo Sartre vino a conmover y modificar el centro conceptual del existencialismo llevándolo a un estadio de responsabilidad social y conciencia política que lo sacó de su ensimismamiento individualista.
El hombre es ante todo un proyecto, es lo que habrá proyectado ser, una conciencia en el mundo, una conciencia arrojada cuyo ser es ser posible y además es creador de sus posibilidades y siendo él una posibilidad en concreto antes de las otras posibilidades que puede crear, es por ello mismo libertad.
Pero esa libertad, paradójicamente, no le otorga tranquilidad, paz, bienestar de manera automática; por el contrario, esa condición, ese principio de libertad intrínseca lo obliga a extremar su cuidado consigo mismo mientras que lo coloca ante un amplio abanico de opciones para elegir.
Al instalarlo frente a una variedad de posibilidades lo obliga a elegir una y otra vez, y esa elección lo compele, lo fuerza, porque el hombre se elige a sí mismo, pero al elegirse, elige a todos los hombres, comprometiendo en esa elección a toda la humanidad.
Hablando de lo que significa para el existencialismo la responsabilidad del hombre, hay que decir que al afirmar que el hombre es el único responsable de su propio ser, se le está endosando un sentimiento de culpa, derivado de esa misma responsabilidad a la que está atado en razón de la libertad que su propia existencia conlleva.
El ser es en sí mismo culpa, aunque él mismo no haya elegido ser, ya que lo que ocurre es que el hombre es el ser que elige y que se elige y que, eligiéndose, debe asumirse. Siendo, pues, en este mundo, somos culpables en él, somos actores en el mundo, y como tales, somos lo bueno y lo malo que pueda ocurrirnos.
Esa responsabilidad se realiza con la angustia, que no conduce al quietismo como en la angustia existencial previa a Sartre, sino que por el contrario es filosofía de la acción, el hombre es angustia en tanto es, en su desamparo, quien tiene que realizar el sentido del mundo.
Para cerrar dejo una definición de Sartre no exenta de poesía: un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él.
Claudio Brunori
No puede ser otro, está ahí libre y comprometido, responsable y culpable. No puede ser otro porque entonces ese otro no sería él.
Cómo dijera Jaspers al hablar de las situaciones límite, no puedo no morirme, no puedo no sufrir, no puedo no luchar, no puedo no ser culpable.
Sartre ha planteado que el hombre empieza por existir, surge en el mundo y después se define. Y existir es ser un ser libre, una afirmación que refiere a la obligatoriedad de ser libres en tanto existamos, y al acceder al concepto de libertad en el marco de la filosofía sartriana se entiende cómo Sartre vino a conmover y modificar el centro conceptual del existencialismo llevándolo a un estadio de responsabilidad social y conciencia política que lo sacó de su ensimismamiento individualista.
El hombre es ante todo un proyecto, es lo que habrá proyectado ser, una conciencia en el mundo, una conciencia arrojada cuyo ser es ser posible y además es creador de sus posibilidades y siendo él una posibilidad en concreto antes de las otras posibilidades que puede crear, es por ello mismo libertad.
Pero esa libertad, paradójicamente, no le otorga tranquilidad, paz, bienestar de manera automática; por el contrario, esa condición, ese principio de libertad intrínseca lo obliga a extremar su cuidado consigo mismo mientras que lo coloca ante un amplio abanico de opciones para elegir.
Al instalarlo frente a una variedad de posibilidades lo obliga a elegir una y otra vez, y esa elección lo compele, lo fuerza, porque el hombre se elige a sí mismo, pero al elegirse, elige a todos los hombres, comprometiendo en esa elección a toda la humanidad.
Hablando de lo que significa para el existencialismo la responsabilidad del hombre, hay que decir que al afirmar que el hombre es el único responsable de su propio ser, se le está endosando un sentimiento de culpa, derivado de esa misma responsabilidad a la que está atado en razón de la libertad que su propia existencia conlleva.
El ser es en sí mismo culpa, aunque él mismo no haya elegido ser, ya que lo que ocurre es que el hombre es el ser que elige y que se elige y que, eligiéndose, debe asumirse. Siendo, pues, en este mundo, somos culpables en él, somos actores en el mundo, y como tales, somos lo bueno y lo malo que pueda ocurrirnos.
Esa responsabilidad se realiza con la angustia, que no conduce al quietismo como en la angustia existencial previa a Sartre, sino que por el contrario es filosofía de la acción, el hombre es angustia en tanto es, en su desamparo, quien tiene que realizar el sentido del mundo.
Para cerrar dejo una definición de Sartre no exenta de poesía: un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él.
Claudio Brunori
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