Una versión muy extendida dice que en el origen estuvo el pensamiento presocrático. Pero el verdadero comienzo fue en la Atenas de Platón, en medio de una crisis política sin precedentes, que invita a pensar en el presente.
También las historias de la filosofía al uso, cuyo modelo invariable es siempre, en último término, la Historia de la Filosofía de Hegel, integran el género de los grandes relatos. Aquéllos que, según dijera hace ya tiempo Lyotard, han perdido verosimilitud. Vale pues iniciar el trabajo de su deconstrucción.
Estas historias nos han habituado a creer que el nacimiento de la filosofía occidental tuvo lugar allá por los siglos VI y V antes de Cristo, en la periferia de la civilización griega. Más precisamente, en las colonias del Asia Menor y de la llamada Magna Grecia {sur de Italia y Sicilia), para trasladarse después a Atenas. No importa cuan disímiles sean las versiones acerca del sentido del discurso enunciado por aquellos primeros pensadores. Media un abismo entre la interpretación “naturalista” de los ingleses y la “romántica” de los alemanes. Se coincide -no obstante- en que la filosofía habría comenzado con ellos. Más aún, nadie deja de establecer una continuidad entre el pensar presocrático y el ateniense, incluso cuando -como en el caso de Mondolfo- se distingan distintas etapas, signadas por el predominio de un problema determinado, de una preocupación central.
Quizá solamente Nietzsche y Heidegger constituyan, en este punto, una excepción. Sin embargo, a pesar de advertir un corte, un viraje fundamental, sucumben finalmente también a la apariencia deslumbrante de que “una misma cosa” está en juego desde Tales de Mileto hasta Aristóteles -sobre todo, Heidegger-. El “asunto” de la filosofía es traído a colación por los -así llamados presocráticos-. Para peor, muy tempranamente, Platón y Aristóteles, con toda su autoridad, convalidan esta opinión. Son ante todo ellos quienes se reclaman de esa tradición presocrática, estableciendo una filiación directa entre sus desvelos y aquel pensar auroral.
Por nuestra parte -como es frecuente- pecaremos de heterodoxia. Para nosotros la filosofía nace en Atenas, en el siglo rv antes de Cristo, con Platón. La sabiduría presocrática es sólo una de sus fuentes, ni siquiera la más importante. Ciertamente, no formulamos con ello un juicio de valor. Es posible y hasta altamente probable que el pensar y el decir de un Heráclito o de un Parménides exhiban una radicalidad jamás alcanzada por la argumentación platónica. Pero no son filosofía. Nada en común tienen con ella, ni cabe afirmar que se encaminaran en esa dirección. Presumiblemente, nacen de otros intereses y preocupaciones.
La filosofía nace en Atenas al calor de una crisis política sin precedentes. La experiencia de la disolución de su comunidad y la certeza de la imposibilidad de revertir la situación mediante las formas corrientes del ejercicio del poder político: tales los factores más próximos que impulsan a Platón a ensayar un camino alternativo. Escuchémoslo: “De esta suerte yo, que al principio estaba lleno de entusiasmo por dedicarme a la política, al volver mi atención a la vida pública y verla arrastrada en todas direcciones por toda clase de corrientes, terminé por verme atacado de vértigo, y si bien no prescindí de reflexionar sobre la manera de poder introducir una mejora en ella, y en consecuencia en la totalidad del sistema político, sí dejé, sin embargo, de esperar sucesivas oportunidades de intervenir activamente; y terminé por adquirir el convencimiento con respecto a todos los Estados actuales de que están, sin excepción, mal gobernados; en efecto, lo referente a su legislación no tiene remedio sin una extraordinaria reforma, acompañada además de la suerte para implantarla. Y me vi obligado a reconocer, en alabanza de la verdadera filosofía, que de ella depende obtener una visión perfecta y total de lo que es justo, tanto en el terreno político como en el privado, y que no cesará en sus males el género humano hasta que los que son recta y verdaderamente filósofos ocupen los cargos públicos, o bien los que ejercen el poder en los Estados lleguen, por especial favor divino, a ser filósofos en el auténtico sentido de la palabra” (Carta VII, 325e – 326b 3).
¿Qué pasaba en Atenas? Un siglo antes, un pequeño pueblo había llevado a cabo el experimento acaso más grandioso y aventurado de la historia humana: la construcción de una democracia integral, donde todos los ciudadanos libres -sin excepción- asumían una participación plena en la decisión autónoma del destino común. Bajo la certera y prudente conducción de Pericles, el pueblo ateniense había logrado plasmar un equilibrio casi perfecto entre la libertad individual y los intereses colectivos. Los sofistas, auténticos mentores de la nueva sociedad, preparaban a los individuos para desarrollar el máximo de excelencia del que fueran en cada caso capaces. Maestros del arte de la palabra, conocedores de todos los secretos del arte de la persuasión y la disputa, eran -simultáneamente- maestros de virtud.
No existe quizá mejor fresco de esta situación que las palabras que Tucídides pone en boca del mismo Pericles, en su archiconocido “Discurso fúnebre”. Permítaseme citar algunos fragmentos:”(…) tenemos una Constitución que no envidia las leyes de los vecinos, sino que más bien es ella modelo para algunas ciudades que imitadora de los otros. Y su nombre, por atribuirse no a unos pocos, sino a los más, es Democracia. A todo el mundo asiste, de acuerdo con nuestras leyes, la igualdad de derechos en las disensiones particulares, mientras que mediante la reputación que cada cual tiene en algo, no es estimado para las cosas en común más por turno que por su valía, ni a su vez por causa de su pobreza, al menos si tiene algo bueno que hacer en beneficio de la ciudad, se ve impedido por la oscuridad de su reputación. (…) amamos la belleza con economía y amamos la sabiduría sin “blandicie”, y usamos la riqueza más como ocasión de obrar que como jactancia de palabra Y el reconocer que es pobre no es vergüenza para nadie, sino que el no huirlo de hecho, eso sí que es más vergonzoso. Arraigada está en ellos la preocupación de los asuntos privados y también de los públicos; y estas gentes, dedicadas a otras actividades, entienden no menos de los asuntos públicos. Somos los únicos, en efecto, que consideramos al que no participa de estas cosas, no ya un tranquilo, sino un inútil, y nosotros mismos, o bien emitimos nuestro propio juicio, o bien deliberamos rectamente sobre los asuntos públicos, sin considerar las palabras un perjuicio para la acción, sino el no aprender de antemano mediante la palabra antes de pasar de hecho a ejecutar lo que es preciso” (“Historia de la guerra del Peloponeso”, Libro II, §§37 y 40).
Sin embargo, tal felicidad duró lo que un suspiro. En poco tiempo, el ejercicio de la libertad individual se trasmutó en la práctica del egoísmo más desenfrenado, en pos de metas subalternas y mezquinas. El legítimo afán individual de poderío, por un momento perfectamente acorde con el interés del conjunto, se transformó en vulgar oportunismo, en búsqueda ciega del propio provecho a expensas de la comunidad. En una palabra: Pericles fue sustituido por Cleón y este, para colmo de males, por el Incalificable Alcibíades, principal responsable de la desastrosa incursión ateniense en Sicilia. La derrota frente a Esparta en la guerra del Peloponeso selló el destino trágico de Atenas y, a poco andar, de toda Grecia. Sin embargo, a pesar de sus transgresiones y delitos reiterados, sus equivocaciones fatales y sus espantosas traiciones -pasó al servicio de Esparta y después al de Persia, para retornar finalmente a su patria- no es fácil detestar a Alcibíades, como sí lo hicieron sus contempera neos Tucídides y Aristófanes con el brutal Cleón. Veamos la semblanza que nos ofrece de él el historiador C. M. Bowra en La Atenas de Pericles (Alianza, Madrid, 1981, pp. 224-225): “En Atenas el partido de Nicias [partidario de la paz] fue vencido por los imperialistas demócratas, capitaneados, primero, por Hipérbolo, que estaba hecho de la misma madera que Cleón. De mayor relieve era el joven Alcibíades, pupilo de Pericles y miembro de su clan. Apuesto, rico, extravagante, listo y capaz, Alcibíades pareció durante mucho tiempo el heredero de Pericles enviado del cielo, que podía resucitar su manera de liderazgo con un entusiasmo renovado y una imaginación fresca. Alcibíades tenía, por supuesto, algunas cualidades notables (…). Había luchado en Delio y entendió el arte de la guerra como tal vez ningún otro ateniense de su época. Era un orador extraordinariamente brillante en la Asamblea y capaz de hacerle aceptar sus propuestas. Más equívoca era su relación con los sofistas y su enseñanza. Era amigo de Sócrates y lo admiraba extraordinariamente, pero no compartía su respeto por las leyes o su integridad moral. En la práctica, Alcibíades se asemejaba a esos jóvenes de Platón que discutían para su interés propio y se interesaban más por sí mismos que por su país. Aunque poseía muchas de las cualidades que hicieron a Atenas grande, tenía otras que podían llevarla a la ruina”.
¿Qué había sucedido? ¿Por qué se derrumbó -para decirlo con palabras de Hegel- esa “bella totalidad ética”? La filosofía occidental ha intentado reiteradamente -no cesará de hacerlo- develar este enigma. El propio enigma de su emergencia; el enigma constitutivo de la civilización occidental, que ésta todavía no ha sabido descifrar. La amenaza de la esfinge pende desde sus orígenes sobre ella. Su malestar en la cultura no es ajeno al trauma originario de la ruptura de la “polis”.
Lo cierto es que Platón asiste a un panorama desolador. Ve desplegarse ante su mirada un individualismo suicida que crece en relación directamente proporcional con la pérdida de poder del conjunto. El capricho y el arbitrio reinan por doquier. Atenas, su amada Atenas, se encamina precipitadamente hacia su final.
Platón traslada el escenario de sus diálogos al siglo anterior, acaso consciente de que el momento decisivo se localizaba allí. Tal vez toda su vida deseó ser Sócrates, confiando en su capacidad de revertir aquello ante lo que su maestro fracasó. O -conjeturalmente- el trauma producía ya sus primeros efectos. La compulsión a la repetición comenzaba a obrar.
Al situar los acontecimientos en el siglo V -un siglo antes-, Platón ocultaba también su desesperación. Porque Platón era un hombre desesperado. La filosofía nace, pues, de la desesperación. Desesperación que busca frenéticamente, en el desván de un bagaje cultural desvencijado, instrumentos de redención, armas para reconstruir un orden imprescindible. De ahí la recurrencia -ya alternativa, ya conjunta- a la dialéctica, al “éros”, al “noús”, al silencio místico. De ahí, los caminos del exoterismo y del esoterismo. De ahí también, por último, el “invento” de las Ideas, trascendencia necesaria para alejar la actividad política del terreno de la arrogancia, el narcisismo y la autosatisfacción.
La filosofía encuentra su origen en una catástrofe política. En la evaporación del poder colectivo, consecuencia de la eclosión caótica de los intereses individuales. Desaparición del poder colectivo que tarde o temprano, demás está decirlo, trae inexorablemente aparejada la declinación del poder individual. Al menos, mientras exista una comunidad.
En este sentido, la filosofía es tan hija de la política como “Éros” lo es de “Penía”. La comparación no es puramente exterior, una mera analogía literaria. Pues así como el impulso erótico es generado por la indigencia, el impulso filosófico reconoce por madre a la impotencia. Impotencia que no se resigna y ensaya, mediante un rodeo inopinado, apelando a una instancia inesperada, reconstruir un orden.
Necio sería negar o incluso relativizar, en función de lo dicho hasta aquí, la referencia ontológica y aún ontoteológica de la filosofía. También, que la racionalidad científica y tecnológica encuentra en la filosofía su punto de partida y explicación última. Más aun, necio sería negar que en la filosofía aliente acaso un elemento casi intemporal de hondura insondable. Y que a partir de todo esto se haya podido desplegar y de hecho se haya desplegado un sinnúmero de cuestiones, de preguntas y respuestas, dando lugar a uno de los géneros más extraños y prolíficos del discurso y de la escritura. Nada de ello impide localizar, empero, el nacimiento de la filosofía en los términos propuestos.
¿Será pertinente renovar hoy el gesto platónico? ¿Un renacimiento de la filosofía? Nuestro mundo no es -inútil decirlo- el de Platón. Sin embargo, presenta algunas semejanzas sugestivas. Cada vez son más quienes sospechan que el eufemísticamente denominado, a comienzos de los ‘90, “nuevo orden internacional”, es un desorden colosal. De nuevo se cierne sobre nosotros la amenaza del caos. No hemos descifrado el enigma. El juego de los intereses individuales -en sentido lato-parece desconocer todo límite. Los mecanismos políticos vigentes se revelan no ya incapaces de modificar el estado de cosas sino, en ocasiones, tan siquiera de contenerlo razonablemente. ¿Será insensato proponer de nuevo intervenir en lo político desde “otro” lugar, desde “otra escena”? ¿Cabe esperar de ello algún éxito? Porque Platón fracasó rotundamente. No sólo en sus excursiones a Siracusa. Su derrota más terrible fue posterior. Pues se entendió su jugada como apuesta a la “razón”, lo que sirvió únicamente a la postre para que los aspectos más aviesos del ejercicio del poder, sin dejar de florecer, se encubrieran y oscurecieran, disimulándose con mayor eficacia.
Pero también es posible aprender de los errores de Platón. Renovar su gesto no significaría hoy, desde ya, acompañarlo en sus frecuentes tentaciones totalitarias ni, todavía menos, cifrar en la razón la posibilidad de reconstruir un orden digno de ser vivido. Tampoco confiar en una grosera “imaginarización” de la trascendencia. “Un platonismo para el pueblo”, definía Nietzsche al cristianismo, no sin alguna verdad. Lentamente la filosofía, tomando una distancia imperceptible e imponderable de un mundo que se hunde, debe aprender a infiltrar, sin recostarse en un trasmundo, la otra escena: la de los límites éticos inmanentes al ejercicio del poder.
Silvio Maresca
martes, 9 de noviembre de 2010
lunes, 8 de noviembre de 2010
¿Hay monopolios buenos y monopolios malos?
Es un hecho cotidiano y reiterado hasta el hartazgo, el acoso oficial a los medios de comunicación que no son adictos al gobierno, se destaca dentro de este accionar el ataque al multimedios Clarín, identificado desde el gobierno como la encarnación misma del mal, un despiadado monopolio que manipula la información con el único objetivo de destruir al gobierno "nacional y popular". Ni tanto, ni tan poco. Lo cierto es que rota luego de la 125, la alianza entre Kirchner y Magneto, el grupo Clarín tomó una posición netamente opositora.
Pero, ¿qué hay del otro lado?
Veamos un listado de los medios estatales o manejados por el estado (lo que todo gobierno, no solo este, considera como propio)
Canal 7, canal de cable Encuentro y sus señales derivadas, Paka Paka, e IncaaTV y TélamTV que se prevé saldrán al aire durante este año.
Radio AM Nacional y las frecuencias FM Folklórica, FM Clásica y FM Rock.
La Agencia de noticias Télam.
Los Canales 22 a 25 de la nueva TV digital, la TV satelital, más los medios de los estados provinciales y municipales.
Como se observa, no es pequeño el aparato comunicacional a disposición del gobierno, pero hay más, están los medios privados que le responden, sostenidos la mayoría, exclusivamente por la pauta oficial, a saber:
Grupo Szpolski: Diarios El Argentino, Tiempo Argentino, Diagonales, Buenos Aires Económico, La Gazeta del Cielo, Radio América, Canal CN23, Semanario Miradas al Sur y las revistas Veintitrés, Veintitrés Internacional, Newsweek Argentina, 7 Días, Contraeditorial, Asterisco y Lonely Planet. Y la agencia de noticias Infofax.
Grupo González González: Canal 9 de Buenos Aires, Canal 43 de la TV Digital y FM Aspen.
Grupo Moneta: Radios Belgrano, Splendid, Libertad, Rock & Pop, FM Blue, FM Metro, FM San Isidro Labrador, FM 106.5 Villa La Angostura, FM 107.5 Ostende, FM 95.3 Metro (Mar del Plata),
FM 98.9 Rock & Pop (Mar del Plata) Revistas El Federal, Bacanal, Jineteando, Dinámica Rural.
Electroingeniería: Radio AM del Plata y una red de 44 radios FM.
Grupo Hadad: Canal C5N, el portal Infobae.com, Radio 10 y las FM Pop Radio, Mega 98.3, FM Vale 97.5, Amadeus 103.7 y TKM Radio.
Grupo Jaime-Katz: Diarios La Unión, de Lomas de Zamora, y La Mañana, de Córdoba y Radios LV2 y FM 99.7, de Córdoba.
Grupo Gvirtz: Productora PPT que produce los programas 6-7-8, en Canal 7 y TVR y Duro de Domar en Canal 9).
Madres de Plaza de Mayo: Radio AM530-La Voz de las Madres. Canal Infomadres, que saldrá al aire este año. Revista sueños compartidos.
Radio Cooperativa, AM 770.
Grupo Santa María (SUTERH). Radio AM 750. Diario Z, Revista Caras y Caretas
Grupo Olmos: Diarios Crónica y El Atlántico -de Mar del Plata-.
Editorial La Página: Diarios Página 12 y Rosario 12.
Revista Debate. (Timerman)
Y para cerrar, uno de los más acabados ejemplos de lo bien que funciona el sistema capitalista en el país (solo así se explica que un humilde chofer haya podido llegar a ser propietario de un multimedios entre otras empresas), el Grupo Rudy Ulloa: Diario El Periódico Austral, los Canales 2, 5 y 10, de Río Gallegos; canal 5, de El Calafate las revistas Actitud y KA y las FM Estación del Carmen y FM El Calafate. Las productoras Cielo Producciones y Sky Productions.
A todo lo antes citado deben sumarse los sitios Web que la mayoría de los medios tienen.
Manipulación y mentira, recursos comunes a ambos sectores enfrentados, la verdad en tanto, agoniza en el altar del sectarismo.
Claudio Brunori
Pero, ¿qué hay del otro lado?
Veamos un listado de los medios estatales o manejados por el estado (lo que todo gobierno, no solo este, considera como propio)
Canal 7, canal de cable Encuentro y sus señales derivadas, Paka Paka, e IncaaTV y TélamTV que se prevé saldrán al aire durante este año.
Radio AM Nacional y las frecuencias FM Folklórica, FM Clásica y FM Rock.
La Agencia de noticias Télam.
Los Canales 22 a 25 de la nueva TV digital, la TV satelital, más los medios de los estados provinciales y municipales.
Como se observa, no es pequeño el aparato comunicacional a disposición del gobierno, pero hay más, están los medios privados que le responden, sostenidos la mayoría, exclusivamente por la pauta oficial, a saber:
Grupo Szpolski: Diarios El Argentino, Tiempo Argentino, Diagonales, Buenos Aires Económico, La Gazeta del Cielo, Radio América, Canal CN23, Semanario Miradas al Sur y las revistas Veintitrés, Veintitrés Internacional, Newsweek Argentina, 7 Días, Contraeditorial, Asterisco y Lonely Planet. Y la agencia de noticias Infofax.
Grupo González González: Canal 9 de Buenos Aires, Canal 43 de la TV Digital y FM Aspen.
Grupo Moneta: Radios Belgrano, Splendid, Libertad, Rock & Pop, FM Blue, FM Metro, FM San Isidro Labrador, FM 106.5 Villa La Angostura, FM 107.5 Ostende, FM 95.3 Metro (Mar del Plata),
FM 98.9 Rock & Pop (Mar del Plata) Revistas El Federal, Bacanal, Jineteando, Dinámica Rural.
Electroingeniería: Radio AM del Plata y una red de 44 radios FM.
Grupo Hadad: Canal C5N, el portal Infobae.com, Radio 10 y las FM Pop Radio, Mega 98.3, FM Vale 97.5, Amadeus 103.7 y TKM Radio.
Grupo Jaime-Katz: Diarios La Unión, de Lomas de Zamora, y La Mañana, de Córdoba y Radios LV2 y FM 99.7, de Córdoba.
Grupo Gvirtz: Productora PPT que produce los programas 6-7-8, en Canal 7 y TVR y Duro de Domar en Canal 9).
Madres de Plaza de Mayo: Radio AM530-La Voz de las Madres. Canal Infomadres, que saldrá al aire este año. Revista sueños compartidos.
Radio Cooperativa, AM 770.
Grupo Santa María (SUTERH). Radio AM 750. Diario Z, Revista Caras y Caretas
Grupo Olmos: Diarios Crónica y El Atlántico -de Mar del Plata-.
Editorial La Página: Diarios Página 12 y Rosario 12.
Revista Debate. (Timerman)
Y para cerrar, uno de los más acabados ejemplos de lo bien que funciona el sistema capitalista en el país (solo así se explica que un humilde chofer haya podido llegar a ser propietario de un multimedios entre otras empresas), el Grupo Rudy Ulloa: Diario El Periódico Austral, los Canales 2, 5 y 10, de Río Gallegos; canal 5, de El Calafate las revistas Actitud y KA y las FM Estación del Carmen y FM El Calafate. Las productoras Cielo Producciones y Sky Productions.
A todo lo antes citado deben sumarse los sitios Web que la mayoría de los medios tienen.
Manipulación y mentira, recursos comunes a ambos sectores enfrentados, la verdad en tanto, agoniza en el altar del sectarismo.
Claudio Brunori
domingo, 7 de noviembre de 2010
Esa palabra
Se usa demasiado la palabra “odio” en la Argentina. Muchos se quejan del odio de los otros. Afirman sin descanso que en la oposición hay seres deleznables, hipócritas, degradados, amorales, y de derecha, que odian al gobierno. El odio antiK no ha sido menor en la magnitud de su rencor. Existe una fuerte pasión por denunciar el odio de los otros. El escritor César Aira inventó en uno de sus relatos el concepto de “narapoia”. Define con este nuevo vocablo clínico a la compulsión por perseguir al otro. Abundan los narapoicos en nuestro país. Conocemos esa psicopatía que prende en esos seres que corren coléricos detrás del prójimo gritándole al oído que el odio debe acabar. Hay quienes demuelen todo en nombre del amor, de la justicia, de la verdad y de Dios. El daño más grave que le hace al país el kirchnerismo con y sin jefe es su fanatismo y sectarismo. La retórica revolucionaria ya no se usa para crear un hombre nuevo generoso y solidario sino para señalar opositores al “modelo”. Esa es la función del cuidado decorado en el velorio con la foto del Ché sobre el féretro. No se estimula a la juventud a tomar las armas pero se emplea la misma mística que justificó la violencia “maravillosa” de los baños de sangre históricos. En el 2004 en el acto de la Esma se humilló la figura de Raúl Alfonsín sin tener en cuenta que juzgó a los criminales de Estado con un fusil en la cabeza y no frente a un cuadro en un colegio militar. Se endiosó a la juventud del sesenta en lugar de guardar silencio en su homenaje y reflexionar sobre la dimensión ética y política del Nunca Más. Años después se redobló la afrenta cuando el ministro Aníbal Fernández insultó con bajeza al fiscal J.C Strassera. El Campo era la fuente de desarrollo tecnológico de nuestro país y la vanguardia en su integración en el mercado mundial que le daba los dólares al Banco Central y llenaba la caja de los Kirchner. Cuando con la 125 la población salió a la calle, todos, tanto los que eran parte de la protesta, como los críticos al accionar irresponsable del gobierno y los que pedían bajar los decibeles, fueron tratados de procesistas, destituyentes y oligarcas. El Monopolio que fue socio del gobierno y construyó durante años su imagen positiva se convirtió por decreto de necesidad y conveniencia en el holding manipulador de nuestras consciencias a la vez que enemigo público de la libertad de prensa.
Hacer del fallecimiento de Néstor Kirchner un martirologio, ungirlo en una pira sacrificial en el que un hombre muere para redimir a su pueblo, esta nueva escena de la crucifixión sin duda tiene un rendimiento rápido y fácil. Profundiza el modelo del fanatismo, la intolerancia y la culpabilización hacia quienes se atreven a pensar de otro modo. Pero no hay muertos!, nos dicen – lo que ya no es cierto después de Mariano Ferreira – “todavía estás vivo a pesar de lo que pienses!” nos recuerdan para subrayar nuestra ingratitud. En lugar de abrir la discusión, encontrar un terreno común para reflexionar sobre los problemas no resueltos de la pobreza, el trabajo en negro, la crisis educativa, la desocupación juvenil, la desnutrición infantil, el aborto clandestino, una estrategia de desarrollo integral a mediano plazo, etc, la energía está puesta en una supuesta guerra contra interminables demonios.
Luego de la muerte del ex presidente si un opositor al gobierno manifestaba su respeto por el mandatario desaparecido, era un hipócrita. Si señalaba después de su muerte sus deficiencias, era un fabricante de odio. Si guardaba silencio, seguramente se reía como un monstruo en su casa. Los narapoicos insistieron con entusiasmo en denunciar a los que se alegraron con la muerte de Néstor Kirchner. Ésta es la cultura política a la que nos acostumbró el kirchnerismo, la que dice poner en la agenda de los argentinos el tema de los derechos humanos, la distribución de la riqueza, la libertad de prensa y la solidaridad con los pueblos latinoamericanos. Así se fabrica el espíritu revolucionario en nuestro país.
Diré algo personal. Viví varias veces al margen de las grandes manifestaciones populares. No me integré a la recepción a Ezeiza en el 72. No fui a recibir a Perón. A pesar de ser un futbolero nato, no estuve en la calle en la demostraciones de millones personas por el logro de la Copa en el Mundial del 78. Me quedé en mi casa. En la euforia generalizada por la invasión y la guerra de Malvinas, tampoco participé de aquel acontecimiento patriótico. No estuve junto a otros millones en el golpe de estado popular en el 2001 ante un gobierno “ineficiente” luego de diez años de algarabía por la eficiencia del anterior. Por eso no es ésta ni la primera ni la última vez que me encuentro fuera del foco aglutinante.
El kirchnerismo no ha sido víctima de nada. Por el contrario, ha sido agraciado con la bendición de los dioses. Gobernó años junto a un Congreso con quórum propio. Poderes especiales. Presupuestos aprobados ya antes de la votación. Demanda mundial de nuestros productos. Un Consejo de la Magistratura con mayoría y poder de veto. Una prensa “monopólica” adicta. Una sociedad aliviada por la recuperación económica luego de la debacle del 2001. La integración transversal de partidos como el Frente Grande, el Partido Radical, el Ari. Un peronismo unido con Scioli y Solá en el gobierno, y Duhalde retirado en el Mercosur. La CGT con una dirigencia sobada y protegida. Organizaciones sociales controladas con subsidios y vigilancia política. Gobernadores subordinados por necesidades de caja. Una vida feliz hasta marzo del 2008. Luego el kirchnerismo decidió que todo era una mentira y que el país está rodeado de confabuladores.
Hay un fascismo sentimental. Lo hemos vivido con el uso del dolor en beneficio del poder y de todo tipo de víctimas propiciatorias para legitimar la dominación de un grupo político. Los pobres, la bandera mancillada, los desaparecidos, los muertos idolatrados, la voluntad de hacer callar al otro persiste.
La democracia es un invento para proteger a las minorías y a los débiles, un dique jurídico y político contra el poder de las armas y el dinero. No es el gobierno de las mayorías. El despotismo más bárbaro puede tener su consenso mayoritario. La democracia se decide por las garantías y los derechos de las minorías, desde la ley antimonopólica en defensa de la pequeña empresa, hasta la libertad de las minorías religiosas. De lo contrario el sistema no es más que una caza de brujas.
No se trata de liberalismo sino de democracia. Y de violencia. No hay que ser un profeta para ver que si en algún momento falla la paz social obtenida con prebendas y sobrantes de recursos, la festejada y frágil paz social se termina. La palabra “militancia” se pretende idealista. Pero no se trata sólo de jugarse por una causa. El compromiso político exige no sólo convicciones sino lucidez y no excluye la honestidad. Más aún en la gente que dice ser parte del mundo de la cultura y de los aparatos educacionales. La “ militancia” integrada a una visión del mundo apocalíptica basada en guerras santas o de clases arrasa con los cuerpos y degrada las almas. Esa militancia, ahí sí, es una fábrica de odio.
Por eso el cambio de tono y la necesidad de diálogo es vital. Hasta que la cultura política argentina no entienda esto que es básico para una convivencia nacional, las calles podrán estar llenas de gente que la libertad seguirá sola y el coqueteo con la muerte que tanto atrae, mostrará una vez más su verdadero rostro.
Tomás Abraham
Hacer del fallecimiento de Néstor Kirchner un martirologio, ungirlo en una pira sacrificial en el que un hombre muere para redimir a su pueblo, esta nueva escena de la crucifixión sin duda tiene un rendimiento rápido y fácil. Profundiza el modelo del fanatismo, la intolerancia y la culpabilización hacia quienes se atreven a pensar de otro modo. Pero no hay muertos!, nos dicen – lo que ya no es cierto después de Mariano Ferreira – “todavía estás vivo a pesar de lo que pienses!” nos recuerdan para subrayar nuestra ingratitud. En lugar de abrir la discusión, encontrar un terreno común para reflexionar sobre los problemas no resueltos de la pobreza, el trabajo en negro, la crisis educativa, la desocupación juvenil, la desnutrición infantil, el aborto clandestino, una estrategia de desarrollo integral a mediano plazo, etc, la energía está puesta en una supuesta guerra contra interminables demonios.
Luego de la muerte del ex presidente si un opositor al gobierno manifestaba su respeto por el mandatario desaparecido, era un hipócrita. Si señalaba después de su muerte sus deficiencias, era un fabricante de odio. Si guardaba silencio, seguramente se reía como un monstruo en su casa. Los narapoicos insistieron con entusiasmo en denunciar a los que se alegraron con la muerte de Néstor Kirchner. Ésta es la cultura política a la que nos acostumbró el kirchnerismo, la que dice poner en la agenda de los argentinos el tema de los derechos humanos, la distribución de la riqueza, la libertad de prensa y la solidaridad con los pueblos latinoamericanos. Así se fabrica el espíritu revolucionario en nuestro país.
Diré algo personal. Viví varias veces al margen de las grandes manifestaciones populares. No me integré a la recepción a Ezeiza en el 72. No fui a recibir a Perón. A pesar de ser un futbolero nato, no estuve en la calle en la demostraciones de millones personas por el logro de la Copa en el Mundial del 78. Me quedé en mi casa. En la euforia generalizada por la invasión y la guerra de Malvinas, tampoco participé de aquel acontecimiento patriótico. No estuve junto a otros millones en el golpe de estado popular en el 2001 ante un gobierno “ineficiente” luego de diez años de algarabía por la eficiencia del anterior. Por eso no es ésta ni la primera ni la última vez que me encuentro fuera del foco aglutinante.
El kirchnerismo no ha sido víctima de nada. Por el contrario, ha sido agraciado con la bendición de los dioses. Gobernó años junto a un Congreso con quórum propio. Poderes especiales. Presupuestos aprobados ya antes de la votación. Demanda mundial de nuestros productos. Un Consejo de la Magistratura con mayoría y poder de veto. Una prensa “monopólica” adicta. Una sociedad aliviada por la recuperación económica luego de la debacle del 2001. La integración transversal de partidos como el Frente Grande, el Partido Radical, el Ari. Un peronismo unido con Scioli y Solá en el gobierno, y Duhalde retirado en el Mercosur. La CGT con una dirigencia sobada y protegida. Organizaciones sociales controladas con subsidios y vigilancia política. Gobernadores subordinados por necesidades de caja. Una vida feliz hasta marzo del 2008. Luego el kirchnerismo decidió que todo era una mentira y que el país está rodeado de confabuladores.
Hay un fascismo sentimental. Lo hemos vivido con el uso del dolor en beneficio del poder y de todo tipo de víctimas propiciatorias para legitimar la dominación de un grupo político. Los pobres, la bandera mancillada, los desaparecidos, los muertos idolatrados, la voluntad de hacer callar al otro persiste.
La democracia es un invento para proteger a las minorías y a los débiles, un dique jurídico y político contra el poder de las armas y el dinero. No es el gobierno de las mayorías. El despotismo más bárbaro puede tener su consenso mayoritario. La democracia se decide por las garantías y los derechos de las minorías, desde la ley antimonopólica en defensa de la pequeña empresa, hasta la libertad de las minorías religiosas. De lo contrario el sistema no es más que una caza de brujas.
No se trata de liberalismo sino de democracia. Y de violencia. No hay que ser un profeta para ver que si en algún momento falla la paz social obtenida con prebendas y sobrantes de recursos, la festejada y frágil paz social se termina. La palabra “militancia” se pretende idealista. Pero no se trata sólo de jugarse por una causa. El compromiso político exige no sólo convicciones sino lucidez y no excluye la honestidad. Más aún en la gente que dice ser parte del mundo de la cultura y de los aparatos educacionales. La “ militancia” integrada a una visión del mundo apocalíptica basada en guerras santas o de clases arrasa con los cuerpos y degrada las almas. Esa militancia, ahí sí, es una fábrica de odio.
Por eso el cambio de tono y la necesidad de diálogo es vital. Hasta que la cultura política argentina no entienda esto que es básico para una convivencia nacional, las calles podrán estar llenas de gente que la libertad seguirá sola y el coqueteo con la muerte que tanto atrae, mostrará una vez más su verdadero rostro.
Tomás Abraham
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