Cuando hace treinta años J.F. Lyotard anunciaba el fin de los grandes relatos, no podía imaginar que si bien su diagnóstico era válido para las grandes ideologías del siglo XX, no era aplicable para todo el mundo. En un alejado rincón austral del planeta, en una república sudamericana, los grandes relatos no sólo resistían a “los vientos huracanados de la historia”, sino que se prolongaban como en las Mil y una noches.
No hay duda de que las masas están entusiasmadas. Al menos lo están en algunas asambleas de la Facultad de Ciencias Sociales de Parque Centenario y en la falange que acompaña a los administradores actuales de la Biblioteca Nacional. Lo están los que leen Página/12, también quienes se ofrecen como redactores de periódicos distribuidos gratuitamente, o en folletines bancados por el Gobierno, los televidentes de los programas oficiales y oficialistas, todos ellos tienen derecho a su entusiasmo. Batallar contra Ricardo Alfonsín, Eduardo Duhalde y Mauricio Macri es verdaderamente estimulante. Un par de guantes y a pegarle a la bolsa de arena. Lo que sorprende es que se hayan vuelto tan religiosos, que crean vivir algo inédito, que digan con fervor bíblico que “un flaco y desgarbado muchachito de Santa Cruz vino a catalizar fuerzas visibles y subterráneas de una realidad en estado de intemperie”, y que la presidencia de Cristina inaugura “el espacio del amor generoso materno en el campo patriarcal piadoso”.
Desde aquellos cursillos de la cristiandad que arrasaban con los carritos de la costanera, cerraban hoteles alojamiento, perseguían hippies y echaban a los profesores de la universidad que no se ve una avanzada de teología política de esta intensidad.
Es comprensible que en una historia en la que su tercera parte se nutre de un mito inacabable, que tuvo sus momentos de tragedia y otros de farsa, cualquiera que quiera estar a la altura del pasado pretenda al menos llegar a empardarle la inmortalidad a Perón y Evita. Y si como está de moda decirlo: “¡Vamos por más!”, con el corazón inflado la grey aún se proponga ganarle la partida al mito heredado y apostar por más de sesenta y cinco años de kirchnerismo.
Que por primera vez en décadas nuestro país viva nuevamente de su campo, que nuestro vecino ahora gigante nos compre autopartes, que la cesación de pagos nos habilite a no pagar deudas por un tiempo, que el dinero fresco de hoy permita realizar política social aunque fuera mínima, son detalles prosaicos, ordinarios, la mera apariencia de una realidad celestial que unos pocos elegidos visitan.
Las Madres y las Abuelas son el símbolo vivo de esta nueva fe. No está bien visto pensar que los torturadores y asesinos deben ser juzgados sin adherir al relato setentista. Es poco compromiso asumir una posición que no parece ser más que un recurso jurídico. No alcanza con esa convicción demasiado laica. La conversión debe ser total, así lo establece la Madre Superiora: “Con las nuevas madres y abuelas argentinas ha vuelto a ocupar la escena política esa primera mujer-madre corporal, gozosa y generosa que todos –hombres y mujeres– hemos tenido para poder llegar a la existencia y ahora a la vida política de la que el terror de Estado nos había distanciado”, dice el filósofo León Rozitchner.
Volvió mamá, y con todo. Los polluelos bajo su sombra. El que se aleja será excomulgado: ¿por quién? Mejor preguntarle a Melanie Klein, que inventó eso de la madre devoradora.
Pasa con estos personajes consagrados a la nueva fe que cuando uno se los cruza y afloja tanta tensión condensada, hace un chiste, una bromita, toma un poco de distancia respecto del tabernáculo sagrado, siente que comete un pecado. Nos alertan de que hay cosas con las que no se jode. En seguida salta la recriminación condenatoria en nombre de la muerte, del martirio, de los desaparecidos, de los torturados, y nos vamos al infierno por desacato.
Para quien está acostumbrado a que cada vez que se toma el atrevimiento de criticar la política israelí le arrojen seis millones de cuerpos de las víctimas del Holocausto al grito de “¡traidor!”, este resurgir de la melancólica “idishe mame” ahora fortalecida es un poco preocupante. Tanto amor da espanto. Y si a esta remembranza Rozitchner agrega: “Por eso, tantas mujeres sumisas y ahítas de alta y media clase, tan finas y delicadas ellas, no nos ahorran sus miserias cuando se muestran al desnudo al dirigirle (a Cristina) sus obscenas diatribas: no ven lo que muestran. Son mujeres esclavas del hombre que las ha adquirido –o ellas lo hicieron– y al que se han unido en turbias transacciones, donde el tanto por ciento y las glándulas se han fusionado (…) ¿Y el odio de sus maridos? De esos machos viriles que ven en Cristina, mezclados con sus maduros atractivos femeninos que les hacen cosquillas desde el cerebro hasta sus partes pudendas, a esa mujer que un flaco feo y bizco ha conquistado, no se la tragan”.
Me doy cuenta de que Rozitchner se ha inspirado en la Las viudas de los jueves, pero amigo León: yo te juro que sí me la trago, no pienses mal de mí, nos conocemos hace mucho, yo me la trago y bien doblada, para seguir con tus imágenes místicas. Y mi mujer de clase media te promete borrar de su mente todas las miserias del mundo y no tener más turbias transacciones conmigo.
Vivamos en paz. Empujemos el carro para adelante que los melones se acomodan solos, según el refrán de un conocido pensador de onda corta y amplitud modulada. Con un crecimiento chino desconocido en toda nuestra historia, con un porvenir cristilino por años, y tantas bendiciones más, podemos discurrir en armonía. Como lo dice en sus epifanías el doctor Forster: “Kirchner, su nombre, habilitó, bajo nuevas condiciones, de lenguajes emancipatorios extraviados entre las derrotas y los errores; hizo posible una lectura en espejo de otras circunstancias históricas al mismo tiempo que nos desafió a que encontráramos las palabras que pudieran nombrar lo que permanecía sin nombre de este giro de la historia”. El doctor –que no parece distinguir entre “creersela” y creer en algo– las encontró, y son unas cuantas.
Los que tenemos más de un par de años de vida hemos conocido muchos momentos proféticos en la Argentina. Nos han prometido el ingreso al paraíso si éramos católicos sumisos al Escorial Rosado. Tuvimos la posibilidad de tener una patria socialista al grito de Perón o Muerte. Vinieron luego los que nos auguraron la paz, la reconciliación argentina y la liberación de islas sojuzgadas. Disfrutamos de la modernidad democrática en la que se come y se dialoga con tolerancia y espíritu pluralista. Un señor otrora muy querido nos ofreció el salto al progreso, la definitiva estabilidad de precios y la integración al Primer Mundo ante el aplauso de la platea de Davos. Y ahora esta nueva santidad femenina y la imagen del loco del sur, que nos llevan hacia… La verdad es que no sé, no soy escéptico por naturaleza, no quiero tener el destino de Moisés que muere antes de llegar a la tierra prometida, no me resigno a ser un posmoderno relativista burgués, Dios me libre de ser de derecha. Yo también quiero tener una Pachamama de izquierda, seguro que debe haber algo bien grande detrás de la cortina del presente, el Bien de Platón al salir de la caverna, un sol bien amarillo quizás, grabado en un yuan reluciente.
Tomas Abraham
lunes, 22 de noviembre de 2010
viernes, 19 de noviembre de 2010
El pago al Club de París y el falso crecimiento
La república vive una saturación y un bombardeo de supuesta “información” a la que es cotidianamente sometido. Mucha de esta saturación, es una creación, una técnica de comunicación mediante la cual, desde el mismo poder, desde el Estado, se busca convencer a importantes sectores de la población de que algo ocurrió, está ocurriendo, u ocurrirá, sin que esto se verifique. Es la consabida “construcción del relato”.
¿Qué es la cuenta del Club de París? (una estafa ya varias veces pagada).
Comenzó en mayo de 1956. Los gobiernos acreedores se reunieron y acordaron renegociar la deuda argentina, que entonces sumaba U$S 500 millones.
Entre 1985 y 1992 la deuda pasó de U$S 5.500 millones a U$S 9.000 millones por los intereses impagos. En ese período hubo otras cinco rondas de negociaciones. La deuda aumentó en U$S 2.000 millones, más la revaluación de las monedas europeas.
Durante 10 años, la Argentina pagó unos U$S 9.000 millones, de los cuales U$S 3.200 millones fueron intereses con plata de otros acreedores. El país siguió pagando hasta el 2001, cuando la historia cambió. El 23 de diciembre, en medio de una severa crisis, el país declara el cese de pagos de su deuda soberana. Por el anuncio del entonces presidente Adolfo Rodríguez Saá, la Argentina dejó de pagar también al Club de París.
En 2001, el país le debía unos U$S 1.879 millones a ese grupo acreedor. Cuatro años después, esa deuda trepó a U$S 2.585 millones, por los intereses no pagados y la revaluación del euro y el yen. Por préstamos otorgados de país a país, la deuda bilateral, incluyendo a España, subió de U$S 2.597 millones a U$S 3.861 millones. De esa manera, el pasivo con el Club de París ascendió a U$S 6.450 millones. Como dice el ex diputado Mario Cafiero, la deuda con el Club de París es una verdadera estafa.
El “relato”
Desde el año 2008 el gobierno de Cristina Fernández viene anunciando la cancelación del pago. El lector creerá que, como antecedente, exigirá se aclare porqué los pagos anteriores fueron excesivamente superiores a los préstamos, pero no: la obsesión del gobierno es el “no-control” de las variables económicas argentinas, las que son claramente falsificadas a través de la intervención del organismo público encargado de tales menesteres, el INDEC, que a la postre, durante su intervención, ha logrado uno de los principales objetivos del gobierno: falsear los datos de la inflación, a fin de poder emitir más dinero, realizar gastos fuera del presupuesto, lograr devaluar las rentas, salvo las del mismo Estado, que se mantienen precisamente porque los impuestos de alto impacto recaudatorio (como el IVA) están enganchados con la inflación REAL y no con la inflación mentida.
En concreto: a los proveedores y a los empleados públicos de cualquier pelambre se le ajusta con el índice “Itzcovich” (o sea la inflación trucha) y el Estado, al mismo tiempo, nos cobra el IVA al 21% sobre la inflación real que nos destroza los bolsillos. Plin caja, negocio redondo.
Otro de los cuentos del Relato son las verdaderas intenciones del gobierno de Cristina Kirchner. En realidad, el cuento del “pago” es vidrio para que mastiquen los “giles”: no existirá tal pago, solo será un cambio electrónico de “figuritas” ¿Qué es esto? En realidad, lo que busca el gobierno es salir del default pagando (en una o dos veces) la deuda con el Club de París y, al mismo tiempo, recibir dichos créditos instantáneamente, dado la gran liquidez existente a nivel mundial.
Hoy, por imposición de los EEUU, existe una inundación de dinero a nivel global, sumado ello a la tracción que realiza China a través de compras nunca soñadas por los países proveedores de materias primas (siempre acostumbrados a tener que aceptar transferencia de tecnología en vez de plata por sus commodities). O sea, la situación cambió (y para bien) para todo el tercer mundo.
En este mundo positiva y extrañamente cambiante, elegimos bajarnos… así somos los argentinos. El mundo imperialista que funcionó hasta los ´90, (norte-sur) funcionaba a través precisamente del neo-liberalismo, de forma tal que los pobres del sur le mandábamos vacas y trigo (los chilenos cobre, Bolivia estaño, y así sucesivamente) al norte, luego los norteamericanos y europeos rescataban sus recursos a través de la transferencia de tecnología (siempre de segunda) que nos mandaban en diversas formas.
En consecuencia la situación y relación de dependencia, el “no desarrollo” confirmaba la teoría de Cardozo de la dependencia, el tractor de la historia (el primer mundo) nunca nos traccionaría. No contábamos con mercado de capitales suficientes. No teníamos amplias capas de consumo o no las sabíamos formar; La formación de mercados liberados ha generado mercados fuertes en los países de manera horizontal (léase BRIC y otros) los países ahorran grandes sumas de reservas, y se cuidan de no recibir capitales especulativos, los “grandes” como Rusia, China, India y Brasil lograron crecimiento en pos del desarrollo.
¿Qué papel juega la Argentina en todo esto? Muy modesto, un proveedor de algunas materias primas, aceites de soja y girasol, petróleo y algunos derivados, y poca cosa más, (automóviles fundamentalmente) siempre bajo la tutela de Brasil, siendo un socio “menor” de quien ahora, pretende colocarse en quien nos trasfiere tecnología de segunda.
Cuando viaje en un avión “tucano” de 90 plazas en un vuelo de cabotaje de “Aerolíneas Argentinas recordará estas líneas...
A diferencia de los países emergentes líderes, desde una inocultable marginalidad, Argentina, a través de su gobierno, pretende seguir ocultando su subdesarrollo y postergación, bajo el paraguas del “crecimiento”.
¿Qué es el crecimiento? ¿Qué es el desarrollo? ¿Cómo se logra el desarrollo y porqué si crecemos seguimos tan mal y con un pueblo mal pagado, jubilados postergados, niños sin escuelas y trabajo en negro con salarios de hambre? Veamos: el llamado “Crecimiento económico” es la expansión de la economía de un país (cambio cuantitativo). Así hubo “crecimiento” en los ´90, mientras el país se remataba, y los argentinos pasaban de ser obreros metalúrgicos a remiseros, sin escalas.
El llamado “Desarrollo económico” es un cambio cualitativo y de reestructuración de la economía de un país en relación con el progreso tecnológico y social (lo que acá no se verifica).
El Desarrollo sostenible es el que satisface las necesidades actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para atender sus propias necesidades, o sea, sin destruir los glaciares, los acuíferos, la tierra glifosada de la soja, los recursos ictícolas, las especies animales y minerales, las aguas, los aires, y los bosques. O sea, todo lo que el “mal crecimiento” de la Argentina K está destruyendo.
El desarrollo se logra solo con una clase especial de crecimiento que asegura a un país crecer constantemente y a través del autoimpulso de su economía (un país liberado de intereses foráneos, capitales extranjeros, o consumos de neo-potencias asiáticas).
El crecimiento económico es condición necesaria pero no suficiente, para el desarrollo.
Los indicadores convencionales de crecimiento mediante el PIB son insuficientes para medir el desarrollo: no se considera el uso que se hace del incremento productivo registrado, ni la distribución del ingreso, ni las políticas sociales encargadas de enfrentar la pobreza y el atraso.
El desarrollo económico solo puede lograrse mediante el crecimiento armónico y proporcional de los sectores de la economía nacional. Debe ser un proceso de crecimiento balanceado (federal) y auto sostenido de la economía que asegure las transformaciones de la estructura económica y social capaces de garantizar la satisfacción creciente y estable de las necesidades materiales y espirituales de la colectividad humana en cuestión.
No hay desarrollo sin ciertos niveles de industrialización: no puede haber desarrollo económico sin un crecimiento simultáneo —y dentro de ciertos niveles— de las diversas ramas productivas. Por otra parte, se deben romper las relaciones de explotación de unas clases sociales por otras y rescatar los recursos básicos del patrimonio nacional. Solo con un pueblo dueño de su propio destino puede encararse la tarea de lograr un desarrollo económico-social acelerado, que reduzca la enorme brecha que separa a nuestro país de las economías desarrolladas. Llegado el momento de hacerse realidad el famoso “pago” al Club de París, cuando los argentinos se enteren que el mismo es vuelto a tomar y encima, para concluir con obras que se anunciaron y nunca se ejecutaron, nos daremos cuenta (aunque nos hayan advertido) y deberemos hacernos “cargo”.
En concreto, la Argentina mostrará “crecimiento”, pero no “desarrollo”. Cristina Fernández mostrará índices para intentar ganar las elección del 2010, pero la Argentina seguirá tanto o más endeudada que en el default. En la memoria de los argentinos “relatados” quedará un recuerdo falso, el de que el país se desendeuda y eso no será cierto.
¿Qué es la cuenta del Club de París? (una estafa ya varias veces pagada).
Comenzó en mayo de 1956. Los gobiernos acreedores se reunieron y acordaron renegociar la deuda argentina, que entonces sumaba U$S 500 millones.
Entre 1985 y 1992 la deuda pasó de U$S 5.500 millones a U$S 9.000 millones por los intereses impagos. En ese período hubo otras cinco rondas de negociaciones. La deuda aumentó en U$S 2.000 millones, más la revaluación de las monedas europeas.
Durante 10 años, la Argentina pagó unos U$S 9.000 millones, de los cuales U$S 3.200 millones fueron intereses con plata de otros acreedores. El país siguió pagando hasta el 2001, cuando la historia cambió. El 23 de diciembre, en medio de una severa crisis, el país declara el cese de pagos de su deuda soberana. Por el anuncio del entonces presidente Adolfo Rodríguez Saá, la Argentina dejó de pagar también al Club de París.
En 2001, el país le debía unos U$S 1.879 millones a ese grupo acreedor. Cuatro años después, esa deuda trepó a U$S 2.585 millones, por los intereses no pagados y la revaluación del euro y el yen. Por préstamos otorgados de país a país, la deuda bilateral, incluyendo a España, subió de U$S 2.597 millones a U$S 3.861 millones. De esa manera, el pasivo con el Club de París ascendió a U$S 6.450 millones. Como dice el ex diputado Mario Cafiero, la deuda con el Club de París es una verdadera estafa.
El “relato”
Desde el año 2008 el gobierno de Cristina Fernández viene anunciando la cancelación del pago. El lector creerá que, como antecedente, exigirá se aclare porqué los pagos anteriores fueron excesivamente superiores a los préstamos, pero no: la obsesión del gobierno es el “no-control” de las variables económicas argentinas, las que son claramente falsificadas a través de la intervención del organismo público encargado de tales menesteres, el INDEC, que a la postre, durante su intervención, ha logrado uno de los principales objetivos del gobierno: falsear los datos de la inflación, a fin de poder emitir más dinero, realizar gastos fuera del presupuesto, lograr devaluar las rentas, salvo las del mismo Estado, que se mantienen precisamente porque los impuestos de alto impacto recaudatorio (como el IVA) están enganchados con la inflación REAL y no con la inflación mentida.
En concreto: a los proveedores y a los empleados públicos de cualquier pelambre se le ajusta con el índice “Itzcovich” (o sea la inflación trucha) y el Estado, al mismo tiempo, nos cobra el IVA al 21% sobre la inflación real que nos destroza los bolsillos. Plin caja, negocio redondo.
Otro de los cuentos del Relato son las verdaderas intenciones del gobierno de Cristina Kirchner. En realidad, el cuento del “pago” es vidrio para que mastiquen los “giles”: no existirá tal pago, solo será un cambio electrónico de “figuritas” ¿Qué es esto? En realidad, lo que busca el gobierno es salir del default pagando (en una o dos veces) la deuda con el Club de París y, al mismo tiempo, recibir dichos créditos instantáneamente, dado la gran liquidez existente a nivel mundial.
Hoy, por imposición de los EEUU, existe una inundación de dinero a nivel global, sumado ello a la tracción que realiza China a través de compras nunca soñadas por los países proveedores de materias primas (siempre acostumbrados a tener que aceptar transferencia de tecnología en vez de plata por sus commodities). O sea, la situación cambió (y para bien) para todo el tercer mundo.
En este mundo positiva y extrañamente cambiante, elegimos bajarnos… así somos los argentinos. El mundo imperialista que funcionó hasta los ´90, (norte-sur) funcionaba a través precisamente del neo-liberalismo, de forma tal que los pobres del sur le mandábamos vacas y trigo (los chilenos cobre, Bolivia estaño, y así sucesivamente) al norte, luego los norteamericanos y europeos rescataban sus recursos a través de la transferencia de tecnología (siempre de segunda) que nos mandaban en diversas formas.
En consecuencia la situación y relación de dependencia, el “no desarrollo” confirmaba la teoría de Cardozo de la dependencia, el tractor de la historia (el primer mundo) nunca nos traccionaría. No contábamos con mercado de capitales suficientes. No teníamos amplias capas de consumo o no las sabíamos formar; La formación de mercados liberados ha generado mercados fuertes en los países de manera horizontal (léase BRIC y otros) los países ahorran grandes sumas de reservas, y se cuidan de no recibir capitales especulativos, los “grandes” como Rusia, China, India y Brasil lograron crecimiento en pos del desarrollo.
¿Qué papel juega la Argentina en todo esto? Muy modesto, un proveedor de algunas materias primas, aceites de soja y girasol, petróleo y algunos derivados, y poca cosa más, (automóviles fundamentalmente) siempre bajo la tutela de Brasil, siendo un socio “menor” de quien ahora, pretende colocarse en quien nos trasfiere tecnología de segunda.
Cuando viaje en un avión “tucano” de 90 plazas en un vuelo de cabotaje de “Aerolíneas Argentinas recordará estas líneas...
A diferencia de los países emergentes líderes, desde una inocultable marginalidad, Argentina, a través de su gobierno, pretende seguir ocultando su subdesarrollo y postergación, bajo el paraguas del “crecimiento”.
¿Qué es el crecimiento? ¿Qué es el desarrollo? ¿Cómo se logra el desarrollo y porqué si crecemos seguimos tan mal y con un pueblo mal pagado, jubilados postergados, niños sin escuelas y trabajo en negro con salarios de hambre? Veamos: el llamado “Crecimiento económico” es la expansión de la economía de un país (cambio cuantitativo). Así hubo “crecimiento” en los ´90, mientras el país se remataba, y los argentinos pasaban de ser obreros metalúrgicos a remiseros, sin escalas.
El llamado “Desarrollo económico” es un cambio cualitativo y de reestructuración de la economía de un país en relación con el progreso tecnológico y social (lo que acá no se verifica).
El Desarrollo sostenible es el que satisface las necesidades actuales sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para atender sus propias necesidades, o sea, sin destruir los glaciares, los acuíferos, la tierra glifosada de la soja, los recursos ictícolas, las especies animales y minerales, las aguas, los aires, y los bosques. O sea, todo lo que el “mal crecimiento” de la Argentina K está destruyendo.
El desarrollo se logra solo con una clase especial de crecimiento que asegura a un país crecer constantemente y a través del autoimpulso de su economía (un país liberado de intereses foráneos, capitales extranjeros, o consumos de neo-potencias asiáticas).
El crecimiento económico es condición necesaria pero no suficiente, para el desarrollo.
Los indicadores convencionales de crecimiento mediante el PIB son insuficientes para medir el desarrollo: no se considera el uso que se hace del incremento productivo registrado, ni la distribución del ingreso, ni las políticas sociales encargadas de enfrentar la pobreza y el atraso.
El desarrollo económico solo puede lograrse mediante el crecimiento armónico y proporcional de los sectores de la economía nacional. Debe ser un proceso de crecimiento balanceado (federal) y auto sostenido de la economía que asegure las transformaciones de la estructura económica y social capaces de garantizar la satisfacción creciente y estable de las necesidades materiales y espirituales de la colectividad humana en cuestión.
No hay desarrollo sin ciertos niveles de industrialización: no puede haber desarrollo económico sin un crecimiento simultáneo —y dentro de ciertos niveles— de las diversas ramas productivas. Por otra parte, se deben romper las relaciones de explotación de unas clases sociales por otras y rescatar los recursos básicos del patrimonio nacional. Solo con un pueblo dueño de su propio destino puede encararse la tarea de lograr un desarrollo económico-social acelerado, que reduzca la enorme brecha que separa a nuestro país de las economías desarrolladas. Llegado el momento de hacerse realidad el famoso “pago” al Club de París, cuando los argentinos se enteren que el mismo es vuelto a tomar y encima, para concluir con obras que se anunciaron y nunca se ejecutaron, nos daremos cuenta (aunque nos hayan advertido) y deberemos hacernos “cargo”.
En concreto, la Argentina mostrará “crecimiento”, pero no “desarrollo”. Cristina Fernández mostrará índices para intentar ganar las elección del 2010, pero la Argentina seguirá tanto o más endeudada que en el default. En la memoria de los argentinos “relatados” quedará un recuerdo falso, el de que el país se desendeuda y eso no será cierto.
jueves, 18 de noviembre de 2010
Las falencias del “modelo”
Pocos presidentes han ejercido el poder con el vigor y la intensidad de Néstor Kirchner, no sólo en las áreas de la política exterior, sino también en todos los aspectos de la política interna, particularmente la política económica. Por esto, no ha sorprendido que dentro de los núcleos del peronismo vinculados al gobierno nacional (gobiernos provinciales y municipales) comience a debatirse la necesidad de “profundizar” el denominado “modelo de acumulación y distribución del ingreso”. Más allá de enunciados retóricos, partamos de la afirmación de Perón, quien siempre insistía en que “la única verdad es la realidad”. Nos concentraremos entonces en las cosas tal cual vienen ocurriendo.
La base de la acumulación de capital productivo se genera en el proceso ahorro-inversión, y lo que se observa es que este proceso está siendo orientado hacia la fuga del ahorro hacia el exterior. Un régimen que expulsa ahorro al exterior desacumula capital productivo. Es decir, “los otros viven ahora con lo nuestro”. Destaquemos que las inversiones directas externas productivas son hoy en Brasil diez veces superiores a las nuestras. En la década anterior, la diferencia a favor de Brasil era mínima. Hoy la confianza sobre el futuro es distinta: en los últimos cuatro años ingresaron en Brasil 60.000 millones de dólares y se fueron del nuestro, vía fuga de ahorros privados, más de 40.000 millones. Las inversiones productivas en Brasil tienen asegurado financiamiento a largo plazo y bajo interés, cosa que no ocurre entre nosotros. Influye el hecho de que Brasil tiene un riesgo país menor a la tercera parte del nuestro, a pesar de que su endeudamiento público es mayor.
La explicación a esta paradoja se encuentra en el primitivismo de persistir, por ejemplo, en presentar cifras estadísticas oficiales que no reflejan la realidad. También influye negativamente que nuestra inflación sea cinco veces superior a la de Brasil. Tenemos la segunda inflación en el mundo, superada únicamente por Venezuela. Con una inflación creciente no será fácil sustentar un proceso de inversiones sostenidas.
El sector productivo debe estar asentado sobre un sector energético sólido, y lamentablemente se nos evaporan mes tras mes las reservas de petróleo y gas por falta de inversiones. El capitalismo competitivo le ha permitido a Brasil expandir en esta década sus reservas de gas, mientras que las nuestras cayeron 55%; además, ellos incrementaron sus reservas de petróleo y las nuestras cayeron 20%. Por eso Brasil cada vez produce más gas y petróleo, mientras que nuestra producción cae y cada vez se explora menos. La razón es la reforma constitucional de 1995 de Fernando Henrique Cardoso, que abolió el tradicional monopolio de Petrobras, la convirtió en una empresa abierta a la inversión de accionistas privados y al mismo tiempo convocó, a través de licitaciones competitivas e internacionales, a las empresas líderes en el mundo para explorar más de 130 millones de hectáreas marítimas. En cambio, nuestro capitalismo de amigos tiene como exponente la irregular adjudicación de más de siete millones de hectáreas potencialmente petroleras en Santa Cruz a dos conocidos empresarios vinculados al poder.
Algo similar está ocurriendo con el stock ganadero, que ha disminuido en varios millones de cabezas y ya viene comprometiendo el abastecimiento interno, además de impulsar una inflación de costos vía aumento de precios de la carne por escasez en la oferta interna. La versión vigente del “modelo” no entiende la revolución de los alimentos del siglo XXI, impulsada por el 80% de la población mundial, que sigue demandando proteínas animales y lo seguirá haciendo por las próximas décadas; además, es incapaz de diseñar una política que promueva la transformación de proteínas vegetales en proteínas animales, fortaleciendo la cadena agroindustrial. De esta manera nos condenan a exportar pocas materias primas agrícolas, profundizando la primarización sojera. El desarrollo de una vasta red de unidades industriales en las zonas productoras del interior dedicadas a incorporar valor agregado a estas materias primas sería la mejor receta para tener un país federal y regionalmente equilibrado gracias a estas nuevas actividades.
Se insiste en gravar con retenciones a todas las exportaciones, incluso de manufacturas industriales (caso único en América latina). Esto contribuye a que apenas ocupemos el 11° lugar en América latina en crecimiento de las exportaciones. En esta década, nuestras exportaciones más que se duplicaron y eso es una buena noticia, pero el caso es que las brasileñas más que se triplicaron. La principal explicación de este distinto comportamiento se encuentra en el hecho de que a nadie en Brasil se le ocurriría desalentar y ponerle obstáculos a la difícil tarea de ganar nuevos mercados con impuestos antiproductivos propios del Imperio Romano (diezmos antes, hoy retenciones). Nuestros impuestos al comercio exterior son siete veces mayores a los brasileños.
El “modelo” vigente invierte mal los recursos públicos dedicados a la inversión. Utiliza mecanismos oscuros para ejecutar las obras públicas, mecanismos que son compatibles con un aumento injustificado en los sobrecostos. No puede “acumular” un modelo que desalienta la inversión de riesgo y sólo ampara las que encuadran en el denominado “capitalismo de amigos”. La ausencia de inversiones debilitará en el futuro nuestro crecimiento porque aparecerán estrangulamientos de capacidad en sectores estratégicos. En el mundo moderno, las inversiones productivas a largo plazo requieren normas que pueden ser estrictas y rigurosas, pero deben ser transparentes y estables. Un “modelo” que utiliza indicadores falseados por el Indec como termómetro básico de todas las actividades económicas no puede promover la acumulación de capital productivo.
Finalmente, el modelo no “acumula” con sentido federal porque no asegura una adecuada coparticipación de impuestos, ya que transfiere automáticamente a las provincias por debajo del mínimo legal del 34%. Es el valor más bajo de los últimos 50 años, incluso menor a la época de la última dictadura militar. Recordemos que la ley negociada por Alfonsín-Cafiero en 1988 establecía una coparticipación automática a favor de las provincias del 56,6%.
Sin federalismo fiscal no hay federalismo político y los gobernadores son meros delegados del Ejecutivo Nacional. El modelo vigente no puede ser muy inclusivo porque ignora la pobreza que afecta hoy a uno de cada cuatro argentinos.
Pero como se manipulan las estadísticas, el “modelo” cree que ha reducido la pobreza, sin advertir que la inflación de los últimos años ha creado más de tres millones de nuevos pobres. Si el Gobierno cree en sus propias cifras no podrá tener nunca una política social inclusiva en serio. El modelo vigente no es realmente inclusivo porque ha concentrado enormes subsidios, principalmente en el sector energético, en los sectores medios altos de la sociedad, en lugar de implementar una verdadera tarifa social que asegure el consumo de los más pobres.
Hoy más de la mitad de los pobres son niños y más de la mitad de los niños son pobres. Pero el “modelo” no tiene hasta ahora propuestas efectivas para mejorar no sólo la cobertura, sino también la calidad de la escuela pública, que es la única chance que tienen los núcleos humildes de quebrar la “reproducción intergeneracional de la pobreza”.
Por todo esto es urgente fortalecer un verdadero modelo de acumulación y distribución. Este es el desafío que enfrenta hoy el peronismo.
Alieto Guadagni
La base de la acumulación de capital productivo se genera en el proceso ahorro-inversión, y lo que se observa es que este proceso está siendo orientado hacia la fuga del ahorro hacia el exterior. Un régimen que expulsa ahorro al exterior desacumula capital productivo. Es decir, “los otros viven ahora con lo nuestro”. Destaquemos que las inversiones directas externas productivas son hoy en Brasil diez veces superiores a las nuestras. En la década anterior, la diferencia a favor de Brasil era mínima. Hoy la confianza sobre el futuro es distinta: en los últimos cuatro años ingresaron en Brasil 60.000 millones de dólares y se fueron del nuestro, vía fuga de ahorros privados, más de 40.000 millones. Las inversiones productivas en Brasil tienen asegurado financiamiento a largo plazo y bajo interés, cosa que no ocurre entre nosotros. Influye el hecho de que Brasil tiene un riesgo país menor a la tercera parte del nuestro, a pesar de que su endeudamiento público es mayor.
La explicación a esta paradoja se encuentra en el primitivismo de persistir, por ejemplo, en presentar cifras estadísticas oficiales que no reflejan la realidad. También influye negativamente que nuestra inflación sea cinco veces superior a la de Brasil. Tenemos la segunda inflación en el mundo, superada únicamente por Venezuela. Con una inflación creciente no será fácil sustentar un proceso de inversiones sostenidas.
El sector productivo debe estar asentado sobre un sector energético sólido, y lamentablemente se nos evaporan mes tras mes las reservas de petróleo y gas por falta de inversiones. El capitalismo competitivo le ha permitido a Brasil expandir en esta década sus reservas de gas, mientras que las nuestras cayeron 55%; además, ellos incrementaron sus reservas de petróleo y las nuestras cayeron 20%. Por eso Brasil cada vez produce más gas y petróleo, mientras que nuestra producción cae y cada vez se explora menos. La razón es la reforma constitucional de 1995 de Fernando Henrique Cardoso, que abolió el tradicional monopolio de Petrobras, la convirtió en una empresa abierta a la inversión de accionistas privados y al mismo tiempo convocó, a través de licitaciones competitivas e internacionales, a las empresas líderes en el mundo para explorar más de 130 millones de hectáreas marítimas. En cambio, nuestro capitalismo de amigos tiene como exponente la irregular adjudicación de más de siete millones de hectáreas potencialmente petroleras en Santa Cruz a dos conocidos empresarios vinculados al poder.
Algo similar está ocurriendo con el stock ganadero, que ha disminuido en varios millones de cabezas y ya viene comprometiendo el abastecimiento interno, además de impulsar una inflación de costos vía aumento de precios de la carne por escasez en la oferta interna. La versión vigente del “modelo” no entiende la revolución de los alimentos del siglo XXI, impulsada por el 80% de la población mundial, que sigue demandando proteínas animales y lo seguirá haciendo por las próximas décadas; además, es incapaz de diseñar una política que promueva la transformación de proteínas vegetales en proteínas animales, fortaleciendo la cadena agroindustrial. De esta manera nos condenan a exportar pocas materias primas agrícolas, profundizando la primarización sojera. El desarrollo de una vasta red de unidades industriales en las zonas productoras del interior dedicadas a incorporar valor agregado a estas materias primas sería la mejor receta para tener un país federal y regionalmente equilibrado gracias a estas nuevas actividades.
Se insiste en gravar con retenciones a todas las exportaciones, incluso de manufacturas industriales (caso único en América latina). Esto contribuye a que apenas ocupemos el 11° lugar en América latina en crecimiento de las exportaciones. En esta década, nuestras exportaciones más que se duplicaron y eso es una buena noticia, pero el caso es que las brasileñas más que se triplicaron. La principal explicación de este distinto comportamiento se encuentra en el hecho de que a nadie en Brasil se le ocurriría desalentar y ponerle obstáculos a la difícil tarea de ganar nuevos mercados con impuestos antiproductivos propios del Imperio Romano (diezmos antes, hoy retenciones). Nuestros impuestos al comercio exterior son siete veces mayores a los brasileños.
El “modelo” vigente invierte mal los recursos públicos dedicados a la inversión. Utiliza mecanismos oscuros para ejecutar las obras públicas, mecanismos que son compatibles con un aumento injustificado en los sobrecostos. No puede “acumular” un modelo que desalienta la inversión de riesgo y sólo ampara las que encuadran en el denominado “capitalismo de amigos”. La ausencia de inversiones debilitará en el futuro nuestro crecimiento porque aparecerán estrangulamientos de capacidad en sectores estratégicos. En el mundo moderno, las inversiones productivas a largo plazo requieren normas que pueden ser estrictas y rigurosas, pero deben ser transparentes y estables. Un “modelo” que utiliza indicadores falseados por el Indec como termómetro básico de todas las actividades económicas no puede promover la acumulación de capital productivo.
Finalmente, el modelo no “acumula” con sentido federal porque no asegura una adecuada coparticipación de impuestos, ya que transfiere automáticamente a las provincias por debajo del mínimo legal del 34%. Es el valor más bajo de los últimos 50 años, incluso menor a la época de la última dictadura militar. Recordemos que la ley negociada por Alfonsín-Cafiero en 1988 establecía una coparticipación automática a favor de las provincias del 56,6%.
Sin federalismo fiscal no hay federalismo político y los gobernadores son meros delegados del Ejecutivo Nacional. El modelo vigente no puede ser muy inclusivo porque ignora la pobreza que afecta hoy a uno de cada cuatro argentinos.
Pero como se manipulan las estadísticas, el “modelo” cree que ha reducido la pobreza, sin advertir que la inflación de los últimos años ha creado más de tres millones de nuevos pobres. Si el Gobierno cree en sus propias cifras no podrá tener nunca una política social inclusiva en serio. El modelo vigente no es realmente inclusivo porque ha concentrado enormes subsidios, principalmente en el sector energético, en los sectores medios altos de la sociedad, en lugar de implementar una verdadera tarifa social que asegure el consumo de los más pobres.
Hoy más de la mitad de los pobres son niños y más de la mitad de los niños son pobres. Pero el “modelo” no tiene hasta ahora propuestas efectivas para mejorar no sólo la cobertura, sino también la calidad de la escuela pública, que es la única chance que tienen los núcleos humildes de quebrar la “reproducción intergeneracional de la pobreza”.
Por todo esto es urgente fortalecer un verdadero modelo de acumulación y distribución. Este es el desafío que enfrenta hoy el peronismo.
Alieto Guadagni
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