No es cuestión de hacerse los finos y disfrazarnos de epistemólogos. Dos mil quinientos años de filosofía no han podido lograr un consenso sobre qué es la objetividad. Lo que sucede con el periodismo en nuestro país no es parte de esta eterna discusión sobre neutralidad, subjetividad o imparcialidad. Se trata de fascismo. No hay que olvidarse de esta palabra. Hay un capitalismo fascista.
Cuando se elabora el relato fascista del poder, se junta dinero para hacer propaganda mediante un pelotón de mercenarios al servicio de los jerarcas. Frente a ellos no se persignan pegados a un paredón un coro de vírgenes desnudas. Los medios masivos de comunicación no son angelicales: tienen sexo. Constituyen un fenómeno político. Se lo llamaba cuarto o quinto poder. Pero, hace mucho tiempo, una casta de ciudadanos entre el Pireo y Atenas inventó la democracia. Reforzaron la idea en 1668, 1776, 1789 y la extremaron con pobres resultados en 1917.
La idea del inicio no ha variado. Las democracias existen para proteger a la ciudadanía de la arbitrariedad de los poderosos. Los que mandan son los que tienen armas y dinero. Con estos recursos pretenden hacerse dueños de las palabras. Si el mecanismo de defensa de las libertades depende de una burocracia política que distribuye armas y dinero para un bando que la favorece, se desencadena la guerra civil.
La erosión suicida no siempre es un fuego fatuo. Puede ser larvada, constituir un murmullo que se agita o se calma de acuerdo con cada ocasión, una provocación para beneficiarse con la furia descontrolada de un adversario enloquecido, una estrategia a mediano plazo para monopolizar la información.
Por eso es beneficioso que, frente al poder instalado en los gobiernos que manejan sin controles la hacienda pública, como sucede en nuestro país, existan polos empresariales poderosos propietarios de los medios. Es un equilibrio necesario ante los ilegalismos impunes que custodian la manipulación informativa desde el Estado. Mejor varios Leviatanes que uno solo. Mientras los gigantes se miran y miden, los pequeños se infiltran y logran hacer lo suyo.
Un Estado democrático es aquel que, frente a una realidad en la que el dinero manda, pone en funcionamiento la ley que hace porosa la estructura de poder de la sociedad. Fomenta la dispersión de las fuerzas de opinión y posibilita la multiplicación de las fuentes emisoras que dan cuenta de la realidad.
Hasta el momento, la Web es un medio extraestatal democratizador que ahorra trabajo político vertical, diagramación piramidal y gestión ecualizadora. El fascismo se define por la superposición entre información y propaganda. Se basa en el sofisma de que sólo hay propaganda. Que todo es poder. Que nada hay que no sea poder. De este modo el espacio de la información está marcado por una serie de bunkers ocupados por trincheristas que disparan sus avisos y consignas al éter publicitario. Se hacen llamar militantes u operadores. Son soldados de una causa. Frutos natos de la obediencia debida.
La sociedad se convierte en un auditorio ampliado que se divide en sectas a las órdenes de un gran hermano adorado y protector. Los periodistas adulan a su clientela, a sus ramones y rosas, y éstos los obsequian con sus ofrendas de amor.
Esto no es un invento del kirchnerismo y viene de lejos. Lo que hace este gobierno es participar de la fiesta mercenaria y ser uno de sus principales protagonistas. La concentración es un fenómeno mundial como lo es la fusión financiera de medios con otras ramas del mercado de bienes y servicios.
No es en este aspecto que reside la diferencia con otros países. Lo que marca el rasgo distintivo que caracteriza el comportamiento de una colectividad es el promedio educativo de una población y los valores que comparte. El periodismo es una de las ramas de los aparatos educacionales de una sociedad. Es un órgano de producción cultural.
Si la sociedad posee instituciones sólidas y variadas de producción de conocimientos y difusión de obras de valor del pasado y del presente, si la investigación de nuevos problemas y el impulso al desarrollo de fuerzas productivas que necesitan de la ciencia y de la tecnología promueven la diseminación de los espacios de creación, discusión y fundamentación de cada uno de los aportes cognitivos, entonces no hay gigante que se coma toda la realidad y la devuelva maquillada. La sociedad se vuelve exigente y no acepta cosas truchas. Es una cuestión de nivel educativo.
Al periodismo no fascista se lo descalifica como liberal. En nuestro país un liberal es un gorila o un oligarca. En otros lugares y otros tiempos, los liberales eran los disidentes que se jugaron la vida para que no hubiera más inquisidores. Así que no tenemos palabras afirmativas para el periodismo no fascista, aquel que aún considera que el análisis de la actualidad sigue siendo una tarea intelectual.
Toda tarea intelectual requiere como condición sine qua non multiplicar las fuentes de información. Es polifónica. Compara, puede tomar posición respecto de cada tema, pero lo hace al tiempo que ofrece un abanico explícito de alternativas que dispone en estado polémico. Si su ambición es mucha, hasta puede crear un espacio de pensamiento.
En un reciente documental, Public Speaking, de Martin Scorsese, sobre la escritora norteamericana Fran Leibovitz, ella decía que el mundo de la información estaba apagado. Sostiene que a nadie le interesan las noticias. Todos quieren opiniones. No hay más noticias, hechos, acontecimientos. La opinología que tantos desprecian se ha convertido en la máxima aspiración comunicacional. Se ha perdido el arte de la construcción de la noticia. La demagogia, la moralina y el culebrón no han dejado restos.
Al parecer, a nadie se le ocurre que el periodismo es una de las ramas de la historia y que el periodista contribuye a pensar la historia del presente.
Cuando una sociedad se constituye en un foro de propagandistas se embrutece. Se vuelve imbécil. Escupe afiches. No piensa más. Elige muñecos y los quema. Se regodea en su fanatismo. Acusa a quien sea de acuerdo a la receta que le entregan los mayordomos del Jefe o Jefa del Castillo. No tiene otro ideal que la servidumbre voluntaria.
Tomas Abraham
sábado, 2 de abril de 2011
viernes, 1 de abril de 2011
El poder de quien usa “la bolsa y la espada”
Oficialismo y oposición comparten un problema, entre tantos otros: escapar de, y no querer ver, la realidad que ellos mismos generan.
El oficialismo y sus analistas ya no reconocen más los hechos sociales .
Ahora se trata, en todos los casos, de “operaciones mediáticas.
Si hay una trama que nos habla de lavado de dinero, dirigentes gremiales ya condenados por la justicia, financiamiento sucio de la política, negocios terroríficos a costa de la salud de los jubilados, nada de eso importa: el objeto de estudio ya no es más la trama, sino la “operación mediática” que torna visible la trama.
¿Por qué ahora, y no hace una semana? ¿Por qué a través del portal de la Corte Suprema y no por otro canal? ¿Por qué vía Suiza y no vía Finlandia? La noticia de fondo ya no está. En la oposición pasa algo parecido. En parte como resultado de una tradición política caudillista-personalista pero, también, como producto de análisis perezosos que llevan a simplificar lo que siempre es más complejo, la atención se concentra en una figura pública corrupta, un funcionario de comportamiento fascista, o un acto vandálico, como los hay tantos, para luego dar el grito de: “escándalo.” La pregunta, en todos los casos, es la misma: ¿qué decimos de la red política, económica, social, que torna posible la producción del exabrupto de hoy, el surgimiento de un nuevo escándalo del que nos olvidaremos en unos días, corriendo detrás de uno nuevo? En todos los casos, frente a acontecimientos semejantes, conviene dar algún paso atrás y salir de la fuerza gravitacional que nos aleja de los hechos, para pensar y cuestionar las estructuras que se construyen, pacientemente, a través de alianzas, subsidios, sanciones, premios y castigos, todos los días. Necesitamos preguntarnos sobre la estructura de relaciones que se ha forjado en todos estos años, y que favorece no la ocasional aparición, sino la permanencia en el tiempo, de graves violaciones de derechos.
Aquí, quien está en el poder (quien quiera que sea), quien maneja “la bolsa y la espada,” como decía Hamilton, quien controla los recursos públicos y las fuerzas de la coerción, lleva la carga más difícil (lo cual no niega otro tipo de responsabilidades propias de las diversas oposiciones). Quien está en el poder tiene la obligación de dar cuenta prolija de cada uno de sus actos y omisiones, porque maneja las herramientas más sensibles, con los recursos de todos. En cambio hoy, quien está el poder no sólo engaña lastimosamente en la expresión de sus actos (ya sea a través de las estadísticas oficiales, ya sea a través de los portales de noticias públicos), sino que además comienza a sancionar o castigar con la fuerza a quienes se atreven a impugnar su relato .
Urge salir, entonces, de la limitada coyuntura, para preguntarnos sobre las bases materiales que la hacen posible. Doy breves ejemplos. Puede ocurrir que una gobernadora, apenas electa, haga “declaraciones desafortunadas” (en este caso, a favor de lo peor que representó el saadismo, como fuerza política). A cualquiera le pasa. Pero no es esa anécdota lo que importa. La cuestión relevante es si el Gobierno fortalece la gesta cívica que expulsó al saadismo del poder, o por el contrario pacta con éste .
Puede ocurrir, también, la imperdonable muerte de aborígenes, a manos del gobierno formoseño. Un hecho trágico, puntual, que pudo haberse dado en cualquier otro momento de la historia argentina. La pregunta es si el Gobierno desmonta la estructura de desigualdades que, en Formosa, hambrea y criminaliza a los tobas desde hace años; o por el contrario la afirma y respalda, mientras siquiera presenta como problema lo ocurrido.
De manera similar, puede ocurrir la insuperable muerte de un joven de izquierda, a manos de empleados de la Unión Ferroviaria. La pregunta que uno merece hacerse, entonces, es si el Gobierno peleaba, con el joven muerto, contra los resabios criminales que anidaban en ese sector del sindicalismo, o por el contrario negociaba con éste, a costa de los derechos de los terciarizados.
Frente al “escándalo” más cercano, el de este fin de semana -un bloqueo destinado a castigar a la prensa no oficialista - uno podría preguntarse: ¿es que el Gobierno ha tratado de fortalecer, en todo este tiempo, la democracia sindical, la transparencia y el pluralismo del movimiento obrero; o por el contrario ha denegado hasta la personería jurídica a centrales obreras alternativas, ha hostigado al sindicalismo de izquierda , ha establecido alianzas con sectores sindicales enjuiciados por crímenes graves? Si las respuestas, en todos los casos, son las que uno presume, entonces la cuestión no es por qué ocurren hechos como el de este fin de semana, sino cómo vamos a evitar las violaciones futuras de derechos, que las estructuras creadas alimentan, cada día que pasa.
Roberto Gargarella
El oficialismo y sus analistas ya no reconocen más los hechos sociales .
Ahora se trata, en todos los casos, de “operaciones mediáticas.
Si hay una trama que nos habla de lavado de dinero, dirigentes gremiales ya condenados por la justicia, financiamiento sucio de la política, negocios terroríficos a costa de la salud de los jubilados, nada de eso importa: el objeto de estudio ya no es más la trama, sino la “operación mediática” que torna visible la trama.
¿Por qué ahora, y no hace una semana? ¿Por qué a través del portal de la Corte Suprema y no por otro canal? ¿Por qué vía Suiza y no vía Finlandia? La noticia de fondo ya no está. En la oposición pasa algo parecido. En parte como resultado de una tradición política caudillista-personalista pero, también, como producto de análisis perezosos que llevan a simplificar lo que siempre es más complejo, la atención se concentra en una figura pública corrupta, un funcionario de comportamiento fascista, o un acto vandálico, como los hay tantos, para luego dar el grito de: “escándalo.” La pregunta, en todos los casos, es la misma: ¿qué decimos de la red política, económica, social, que torna posible la producción del exabrupto de hoy, el surgimiento de un nuevo escándalo del que nos olvidaremos en unos días, corriendo detrás de uno nuevo? En todos los casos, frente a acontecimientos semejantes, conviene dar algún paso atrás y salir de la fuerza gravitacional que nos aleja de los hechos, para pensar y cuestionar las estructuras que se construyen, pacientemente, a través de alianzas, subsidios, sanciones, premios y castigos, todos los días. Necesitamos preguntarnos sobre la estructura de relaciones que se ha forjado en todos estos años, y que favorece no la ocasional aparición, sino la permanencia en el tiempo, de graves violaciones de derechos.
Aquí, quien está en el poder (quien quiera que sea), quien maneja “la bolsa y la espada,” como decía Hamilton, quien controla los recursos públicos y las fuerzas de la coerción, lleva la carga más difícil (lo cual no niega otro tipo de responsabilidades propias de las diversas oposiciones). Quien está en el poder tiene la obligación de dar cuenta prolija de cada uno de sus actos y omisiones, porque maneja las herramientas más sensibles, con los recursos de todos. En cambio hoy, quien está el poder no sólo engaña lastimosamente en la expresión de sus actos (ya sea a través de las estadísticas oficiales, ya sea a través de los portales de noticias públicos), sino que además comienza a sancionar o castigar con la fuerza a quienes se atreven a impugnar su relato .
Urge salir, entonces, de la limitada coyuntura, para preguntarnos sobre las bases materiales que la hacen posible. Doy breves ejemplos. Puede ocurrir que una gobernadora, apenas electa, haga “declaraciones desafortunadas” (en este caso, a favor de lo peor que representó el saadismo, como fuerza política). A cualquiera le pasa. Pero no es esa anécdota lo que importa. La cuestión relevante es si el Gobierno fortalece la gesta cívica que expulsó al saadismo del poder, o por el contrario pacta con éste .
Puede ocurrir, también, la imperdonable muerte de aborígenes, a manos del gobierno formoseño. Un hecho trágico, puntual, que pudo haberse dado en cualquier otro momento de la historia argentina. La pregunta es si el Gobierno desmonta la estructura de desigualdades que, en Formosa, hambrea y criminaliza a los tobas desde hace años; o por el contrario la afirma y respalda, mientras siquiera presenta como problema lo ocurrido.
De manera similar, puede ocurrir la insuperable muerte de un joven de izquierda, a manos de empleados de la Unión Ferroviaria. La pregunta que uno merece hacerse, entonces, es si el Gobierno peleaba, con el joven muerto, contra los resabios criminales que anidaban en ese sector del sindicalismo, o por el contrario negociaba con éste, a costa de los derechos de los terciarizados.
Frente al “escándalo” más cercano, el de este fin de semana -un bloqueo destinado a castigar a la prensa no oficialista - uno podría preguntarse: ¿es que el Gobierno ha tratado de fortalecer, en todo este tiempo, la democracia sindical, la transparencia y el pluralismo del movimiento obrero; o por el contrario ha denegado hasta la personería jurídica a centrales obreras alternativas, ha hostigado al sindicalismo de izquierda , ha establecido alianzas con sectores sindicales enjuiciados por crímenes graves? Si las respuestas, en todos los casos, son las que uno presume, entonces la cuestión no es por qué ocurren hechos como el de este fin de semana, sino cómo vamos a evitar las violaciones futuras de derechos, que las estructuras creadas alimentan, cada día que pasa.
Roberto Gargarella
Marchas de la bronca
Bronca sin fusiles y sin bombas. Bronca con los dos dedos en ve. La crónica de Miguel Cantilo, el Discépolo de los 70, en su legendaria marcha ayuda a definir algunas cosas que están pasando detrás de las noticias. En el ala izquierda del kirchnerismo se está librando una fuerte batalla ideológica para establecer cuál es la mejor manera de pararse frente a lo que definen como la derecha de su movimiento. Estas peleas por espacios de poder tienen reminiscencias desarmadas (por suerte y por ahora) de las que ocurrieron en los años 70.
Todos coinciden en colgarse de las polleras y las encuestas de Cristina Fernández de Kirchner. La Presidenta, astuta, tiene algo muy claro: sumar todo lo que pueda y de donde sea para evitar la segunda vuelta, donde podría desmoronarse su proyecto. Por eso hizo un llamamiento a no preguntarle a nadie de dónde viene. Ese pragmatismo hace crujir el rompecabezas oficialista y genera tensiones y acusaciones a la luz del día. Es importante seguir de cerca estas escaramuzas porque son las únicas que por ahora pueden evitar la reelección de Cristina: el fuego amigo. Hay movimientos telúricos que se están incubando y que suelen anticipar los terremotos políticos que afectan a todos los argentinos. La confrontación en su propia cancha puede generar que el oficialismo se consuma en su propio fuego. Los misiles entre Hugo Moyano y Cristina fueron (y “son”, porque no terminaron) el ejemplo más contundente, aunque luego se haya querido maquillar el acontecimiento. ¿O quiénes son los políticos que se apropian de las listas y dejan afuera a los negritos?
De hecho, las más grandes derrotas históricas tanto del peronismo como del kirchnersimo fueron autoinflingidas por su gran capacidad de construir y destruir al mismo tiempo.
En este contexto, Luis D’Elía acusó a Emilio Pérsico de haber estado cerca del menemismo en los 90. Ambos dirigentes vienen de la militancia social y viven en villas o asentamientos. Pero representan dos concepciones de acumulación distintas y por eso el pase de factura chicanero. Pérsico, desde el Movimiento Evita, es uno de los motores principales del kirchnerismo auténtico que se agrupa en la Corriente Nacional de la Militancia, que incluye al peronismo y a varias autoridades partidarias. D’Elía y Hebe de Bonafini, entre otros, encarnan a los sectores más extremos y blindados del kirchnerismo antipejotista.
Hebe está convencida de que Hugo Moyano es un traidorazo y patotero al que hay que tener lejos y que hay intendentes fachos que después se dan vuelta. Según D’Elía, no hay que apoyar a Scioli como hace Pérsico porque “tiene convicciones neoliberales y conservadoras a las que nunca renunció. Si fuera presidente, tendríamos un nuevo indulto y se derogaría la Ley de Servicios Audiovisuales”.
Por el contrario, los muchachos de Pérsico vienen trabajando hace tiempo para suturar una herida criminal muy profunda que tienen con la ultraderecha peronista y otra brecha que los separa de los ex menemistas. Por eso aportan sus columnas militantes en todas las convocatorias de la CGT y fomentan el noviazgo entre la JP Evita y la Juventud Sindical Peronista. Son los más claros herederos de aquella guerra “con fusiles y con bombas” que se dio entre el espacio liderado por Montoneros y las distintas vertientes del gremialismo ortodoxo de derecha que en muchos casos alimentaron la Triple A.
De esto último se acusa a Hugo Moyano. Un antiguo dirigente trotskista lo denunció anta la Justicia por su militancia en la Concentración Nacional Universitaria (CNU), un grupo de choque que se sumó a las huestes de José Lopez Rega. Sin embargo, después de 35 años, Moyano fue el principal orador en el homenaje a Jorge Di Pasquale, el combativo secretario general del gremio de empleados de farmacia que fue secuestrado y asesinado. Di Pasquale fue secretario adjunto en la legendaria CGT de los Argentinos de Raimundo Ongaro. En ese cuenco abrevó uno de los hombres más cercanos a Moyano: Juan Carlos Schmid, que estaba sentado a su lado.
Es un gran avance hacia la convivencia pacífica entre los que en los 70 quisieron dirimir a los tiros sus diferencias. En aquella época, nadie se hubiera imaginado esta confluencia civilizada entre fachos y zurdos.
Con menor intensidad ocurre algo parecido respecto de la relación que mantiene la Corriente de la Militancia con Scioli y hasta con Sergio Massa. De hecho, el gobernador de Buenos Aires estuvo en el estadio de Huracán al lado de la Presidenta, y Luis D’Elía fue expresamente excluído de la lista de invitados.
Pero nada es lineal. La única que tiene el “kirchnerómetro” es Cristina y ella prefiere a La Cámpora y a Amado Boudou. Pero por ahora, hasta las elecciones, no veta a nadie. Mediante un video le dio la bienvenida al nuevo partido de D’Elía, que en el Luna Park destacó la presencia y el apoyo del cuasi embajador de Irán, Ali Pakdaman. El ministro de Economía fue la estrella del acto que hicieron Bonafini y Sergio Schoklender en el Mercado Central, donde se agradeció la instalación de la mayor planta transmisora de AM para la radio de las Madres de Plaza de Mayo. Boudou, militante del partido de Alvaro Alsogaray hasta hace unos años y profesor de la universidad más ortodoxa y liberal, es reinvindicado por D’Elía pese a ese origen con una explicación muy particular: “Boudou y Jorge Capitanich también venían de esa procedencia ideológica, pero ellos abjuraron de esas ideas. En cambio Scioli, las mantiene”.
El actor Federico Luppi expresó su preocupación porque “una parte del país sigue apostando por las viejas soluciones fachistas antidemocráticas” y puso como ejemplo que “en estos días le interrumpieron un acto a Martín Sabbatella al grito de ‘zurdos de mierda’”. Dijo Luppi que “esa es la parte del espolón de proa que la derecha argentina coloca siempre como apelativos para descuajeringar el proceso democrático”.
En efecto, una patota de cuatro hombres que se conducían en dos autos sin chapa –que no eran Falcon– le dieron una paliza terrible a algunos militantes de Sabbatella en San Antonio de Padua, partido de Merlo. Uno de los agredidos, Alejandro Mileto, tuvo que ser hospitalizado. Sabbatella responsabilizó por la violencia al intendente kirchnerista Raúl Othacehe y lo instó a “desactivar esas patotas”. La diputada Victoria Donda repudió a esos matones que sobreviven “gracias a los favores mutuos entre ellos y el actual gobierno nacional”. Tal vez Othacehe sea uno de esos intendentes fachos que se dan vuelta a los que apuntó Bonafini. Cantilo y Discépolo rematarían diciendo: “Bronca cuando a plena luz del día, sacan a pasear su hipocresía”. Y en el mismo lodo, todos manoseados.
Alfredo Leuco
Todos coinciden en colgarse de las polleras y las encuestas de Cristina Fernández de Kirchner. La Presidenta, astuta, tiene algo muy claro: sumar todo lo que pueda y de donde sea para evitar la segunda vuelta, donde podría desmoronarse su proyecto. Por eso hizo un llamamiento a no preguntarle a nadie de dónde viene. Ese pragmatismo hace crujir el rompecabezas oficialista y genera tensiones y acusaciones a la luz del día. Es importante seguir de cerca estas escaramuzas porque son las únicas que por ahora pueden evitar la reelección de Cristina: el fuego amigo. Hay movimientos telúricos que se están incubando y que suelen anticipar los terremotos políticos que afectan a todos los argentinos. La confrontación en su propia cancha puede generar que el oficialismo se consuma en su propio fuego. Los misiles entre Hugo Moyano y Cristina fueron (y “son”, porque no terminaron) el ejemplo más contundente, aunque luego se haya querido maquillar el acontecimiento. ¿O quiénes son los políticos que se apropian de las listas y dejan afuera a los negritos?
De hecho, las más grandes derrotas históricas tanto del peronismo como del kirchnersimo fueron autoinflingidas por su gran capacidad de construir y destruir al mismo tiempo.
En este contexto, Luis D’Elía acusó a Emilio Pérsico de haber estado cerca del menemismo en los 90. Ambos dirigentes vienen de la militancia social y viven en villas o asentamientos. Pero representan dos concepciones de acumulación distintas y por eso el pase de factura chicanero. Pérsico, desde el Movimiento Evita, es uno de los motores principales del kirchnerismo auténtico que se agrupa en la Corriente Nacional de la Militancia, que incluye al peronismo y a varias autoridades partidarias. D’Elía y Hebe de Bonafini, entre otros, encarnan a los sectores más extremos y blindados del kirchnerismo antipejotista.
Hebe está convencida de que Hugo Moyano es un traidorazo y patotero al que hay que tener lejos y que hay intendentes fachos que después se dan vuelta. Según D’Elía, no hay que apoyar a Scioli como hace Pérsico porque “tiene convicciones neoliberales y conservadoras a las que nunca renunció. Si fuera presidente, tendríamos un nuevo indulto y se derogaría la Ley de Servicios Audiovisuales”.
Por el contrario, los muchachos de Pérsico vienen trabajando hace tiempo para suturar una herida criminal muy profunda que tienen con la ultraderecha peronista y otra brecha que los separa de los ex menemistas. Por eso aportan sus columnas militantes en todas las convocatorias de la CGT y fomentan el noviazgo entre la JP Evita y la Juventud Sindical Peronista. Son los más claros herederos de aquella guerra “con fusiles y con bombas” que se dio entre el espacio liderado por Montoneros y las distintas vertientes del gremialismo ortodoxo de derecha que en muchos casos alimentaron la Triple A.
De esto último se acusa a Hugo Moyano. Un antiguo dirigente trotskista lo denunció anta la Justicia por su militancia en la Concentración Nacional Universitaria (CNU), un grupo de choque que se sumó a las huestes de José Lopez Rega. Sin embargo, después de 35 años, Moyano fue el principal orador en el homenaje a Jorge Di Pasquale, el combativo secretario general del gremio de empleados de farmacia que fue secuestrado y asesinado. Di Pasquale fue secretario adjunto en la legendaria CGT de los Argentinos de Raimundo Ongaro. En ese cuenco abrevó uno de los hombres más cercanos a Moyano: Juan Carlos Schmid, que estaba sentado a su lado.
Es un gran avance hacia la convivencia pacífica entre los que en los 70 quisieron dirimir a los tiros sus diferencias. En aquella época, nadie se hubiera imaginado esta confluencia civilizada entre fachos y zurdos.
Con menor intensidad ocurre algo parecido respecto de la relación que mantiene la Corriente de la Militancia con Scioli y hasta con Sergio Massa. De hecho, el gobernador de Buenos Aires estuvo en el estadio de Huracán al lado de la Presidenta, y Luis D’Elía fue expresamente excluído de la lista de invitados.
Pero nada es lineal. La única que tiene el “kirchnerómetro” es Cristina y ella prefiere a La Cámpora y a Amado Boudou. Pero por ahora, hasta las elecciones, no veta a nadie. Mediante un video le dio la bienvenida al nuevo partido de D’Elía, que en el Luna Park destacó la presencia y el apoyo del cuasi embajador de Irán, Ali Pakdaman. El ministro de Economía fue la estrella del acto que hicieron Bonafini y Sergio Schoklender en el Mercado Central, donde se agradeció la instalación de la mayor planta transmisora de AM para la radio de las Madres de Plaza de Mayo. Boudou, militante del partido de Alvaro Alsogaray hasta hace unos años y profesor de la universidad más ortodoxa y liberal, es reinvindicado por D’Elía pese a ese origen con una explicación muy particular: “Boudou y Jorge Capitanich también venían de esa procedencia ideológica, pero ellos abjuraron de esas ideas. En cambio Scioli, las mantiene”.
El actor Federico Luppi expresó su preocupación porque “una parte del país sigue apostando por las viejas soluciones fachistas antidemocráticas” y puso como ejemplo que “en estos días le interrumpieron un acto a Martín Sabbatella al grito de ‘zurdos de mierda’”. Dijo Luppi que “esa es la parte del espolón de proa que la derecha argentina coloca siempre como apelativos para descuajeringar el proceso democrático”.
En efecto, una patota de cuatro hombres que se conducían en dos autos sin chapa –que no eran Falcon– le dieron una paliza terrible a algunos militantes de Sabbatella en San Antonio de Padua, partido de Merlo. Uno de los agredidos, Alejandro Mileto, tuvo que ser hospitalizado. Sabbatella responsabilizó por la violencia al intendente kirchnerista Raúl Othacehe y lo instó a “desactivar esas patotas”. La diputada Victoria Donda repudió a esos matones que sobreviven “gracias a los favores mutuos entre ellos y el actual gobierno nacional”. Tal vez Othacehe sea uno de esos intendentes fachos que se dan vuelta a los que apuntó Bonafini. Cantilo y Discépolo rematarían diciendo: “Bronca cuando a plena luz del día, sacan a pasear su hipocresía”. Y en el mismo lodo, todos manoseados.
Alfredo Leuco
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