lunes, 19 de marzo de 2012

Desmesura para todos

Llamado a la solidaridad de nuestros lectores: se necesita diálogo de cualquier grupo o factor. Es el producto más escaso. Prácticamente ha desaparecido de las venas por donde circula la democracia y eso produce una peligrosa anemia.

Ya lo dijo Raúl Alfonsín: si la política no es diálogo, es violencia.
El Gobierno perdió la brújula. Es insólito porque tiene una legitimidad del 54% de los votos y una soja que vuela arriba de los 500 dólares. Sus cascotazos contra todos y todas fueron enrareciendo el clima. En su desmesura, Cristina acusó a periodistas de nazis, antisemitas y videlistas y Amado Boudou, de mafiosos. ¿Queda algún insulto peor? ¿Destituyentes y oligarcas ya no alcanza? ¿Qué viene después de esto para castigar a los que piensan distinto? ¿Qué señal se les envía a las bases desde la cumbre del poder?

El colmo es que la Presidenta no siente culpa alguna por desobedecer una orden de la Corte Suprema de Justicia. Sigue discriminando con su pauta que no pauta a Perfil y no registra el daño institucional que produce ese conflicto de poderes.

El oficialismo fue pluralista para repartir cachetazos a toda la dirigencia política. No se salvó nadie. A los radicales los atendió Julio De Vido en el Senado y casi once años después, les pasó la factura del país en llamas que dejó Fernando de la Rúa. Mauricio Macri funciona como los muñecos que reciben todos los pelotazos del subte, los cortes de la autopista Illia y las acusaciones de vago, caprichoso e incapaz de hacerse cargo de la administración del gobierno. El resto fue acusado por la ministra Nilda Garré de producir bloqueos de rutas “extorsivos, salvajes y desestabilizadores”.
Metió en esa bolsa a todo el espectro, desde el centro a la izquierda: Hermes Binner, Pino Solanas, Néstor Pitrola, Juan Carlos Alderete, Vilma Ripoll, Humberto Tumini y Christian Castillo, entre otros. Varios de los apuntados denunciaron macartismo y su preocupación porque la figura de “extorsión”, está incluida en la nefasta Ley Antiterrorista.
En el mismo terremoto está la relación del Gobierno con el mundo empresario y con todos los sindicalismos. Con la CGT de Moyano, hay guerra declarada hasta la caída del camionero. Con la CTA de Pablo Micheli, el objetivo es matarlo con la indiferencia. Y con la de Hugo Yasky, que no gane para sustos. Las tristemente célebres acusaciones reaccionarias de Cristina a los docentes incendiaron el debate en el gremialismo K.Hasta los kirchneristas no automáticos como Daniel Scioli recibieron su merecido. Cristina, en público, defendió los intereses económicos de Daniel Hadad cuando le recriminó a Scioli que le pusiera más dinero en publicidad a Mitre que a Radio 10. Justo un día después del manoseo al que fue sometido Marcelo Longobardi cuando lo sacaron del aire. No es la primera vez que Longobardi acepta eso. En América TV ocurrió algo similar con el programa Fuego cruzado, aunque aquella vez el llamado que dio la orden de Julio De Vido fue para Daniel Vila.

Los familiares de las víctimas de la masacre ferroviaria de Once siguen esperando contención y justicia. No recibieron ni una palabra de consuelo por parte de ninguno de los organismos de derechos humanos que están siempre tan atentos para aplaudir al Gobierno. Miraron para otro lado en la desaparición de Julio López, el asesinato de Mariano Ferreyra y tantos crímenes similares como los de la provincia de Formosa.
Esto abre una necesidad urgente: la de construir otras entidades, pluralistas y prestigiosas que sin camisetas partidarias sean capaces de solidarizarse con los que sufren nuevas violaciones a sus derechos: las Madres del Dolor, las víctimas de accidentes o de la trata de personas, las Madres del Paco, entre otras.
Es tan despiadada la obligación de estar de un lado o del otro que han generado los Kirchner, que el resultado es la fractura o la cooptación de casi todas las organizaciones de la sociedad. Las presiones que padeció Aldo Donzis, presidente de la DAIA, fueron patéticas. Tuvo que apelar a la ambigüedad diplomática para quedar bien con todos y, finalmente, no convenció a nadie. No se recuerda de Cristina una condena similar cuando Hebe de Bonafini caracterizó al periodista Horacio Verbitsky como “un judío pronorteamericano”.

Aquí aparece en forma descarnada la urgente necesitad de edificar un diálogo político. No puede ser que cuando los cortes de ruta son contra Macri, el Gobierno los aliente. Y que los condene sólo cuando son en contra de Cristina. Hay mucha agenda de Estado para acordar en esta Argentina que da volantazos y golpea contra los extremos. Una mesa entre todos los partidos democráticos y los movimientos sociales podría establecer que cualquier reclamo debe ser escuchado de inmediato y que todas las violaciones a la ley deben ser condenadas sin que importe si afectan a Cristina, Macri o Antonio Bonfatti.

Nuevas reglas del juego que permitan bajar los decibeles y la crispación y que faciliten la convivencia y la salida de Cristina de su aislamiento. Es tan claro lo que está pasando, aunque los ministros lo callen por temor, que esta semana la jefa de Estado recibió fuego amigo. Dilma Rousseff dijo que la reina Cristina está desnuda y tiene el 20% de inflación, mas allá de las obligadas desmentidas formales posteriores. Fronteras afuera, también se escuchan las broncas de Pepe Mujica y de Fernando Lugo por las trabas para exportar. Ni que hablar de las relaciones con España y con Inglaterra que por culpa de las espasmódicas decisiones sobre YPF y Malvinas están en el peor momento.Cristina puede perder su lugar en el mundo que no es Calafate, sino el Grupo de los 20.

En el mismo sentido opinó Jose Pablo Feinmann, cuándo no, en un reportaje que le hizo Bonafini para la revista Sueños Compartidos.El mismo que cometió sincericidio cuando confesó lo “incómodo que le resultaba bancar a un matrimonio multimillonario que habla del hambre”, dijo ahora: “Cristina es brillante, inteligente, y ahí se cae en la tentación de poder hacerlo todo y de considerar sobre todo que nadie puede hacer las cosas mejor que ella, lo cual probablemente sea cierto porque es una mina brillante. Pero va a caer en el unicato y en un cristinismo total que la va a aislar.” A confesión de partes, relevo de pruebas.
Alfredo Leuco

sábado, 25 de febrero de 2012

Cuando el relato no alcanza

El kirchnerismo procesa los 51 muertos de Once como hace con todas las noticias incómodas que desnudan sus debilidades: edita la historia. Como quien monta una película, corta fotogramas y empalma un pasado maldito con el presente épico.

Mientras en Buenos Aires crecía la indignación social por el hallazgo del cuerpo de Lucas Menghini Rey a casi 58 horas del accidente, la presidenta Cristina Kirchner salía de escena, en avión, rumbo a Santa Cruz. Pero dejó a su gobierno con la orden de ejecutar un guión conocido: hallar al culpable perfecto.

Claudio Cirigliano fue, sin objeciones conocidas hasta ahora, un hombre del "modelo". Al dueño de TBA lo investigó la Justicia como sospechoso de haberle comprado un jet al hombre que manejó la Secretaría de Transporte del kirchnerismo durante seis años, Ricardo Jaime. Sale en fotos amistosas con Néstor y también con Cristina Kirchner, la última de hace unos meses. Invitó a viajes internacionales a Juan Pablo Schiavi, el actual zar del Transporte. Y multiplicó en nueve años de kirchnerismo los negocios que le habían concedido en los 90. Nunca prometió maravillas: lo suyo fue siempre trenes baratos a cambio de subsidios multimillonarios, cero competencia y vista gorda del Estado.

Ahora van por su cabeza. Lo querellan y amenazan sacarle la concesión y los enormes beneficios que, según se indignan por estas horas los propagandistas del Gobierno, le dieron Menem y la Alianza.

El viejo truco en acción. ¿Que la crisis energética se hace imposible de ocultar? La culpa es de YPF, que no invierte y se lleva los dólares de las ganancias. Hay que cortar las tomas que muestran cómo Kirchner gestionó el ingreso de la familia Eskenazi en la empresa en 2008, cómo Cristina elogió su plan de inversión hace cuatro meses; más difícil aún, cómo los Kirchner defendieron la privatización cuando empezaban a ser menemistas críticos en 1999. Entonces, la película arranca con YPF estatal y próspera, sigue con unos malos que la entregan al colonizador y termina con la gesta actual para recuperar "los recursos de los argentinos y las argentinas".

¿Que la Gendarmería espía a militantes sociales? La ministra Garré prometió "ser inflexible" si descubría lo que ya había admitido el jefe de la fuerza a su cargo desde 2010. No importa que el caricaturesco Proyecto X haya sido creado en la gestión de Aníbal Fernández. Eso se edita (al propio senador también lo sacaron de escena hace tiempo). Si hay espionaje, serán "resabios de la dictadura" entre uniformados, se atajaron en el ministerio. Al final, Garré ayer dijo que era todo una fantasía de opositores.

¿Que hay que aumentar la luz, el gas, el agua? Es para que se terminen "las avivadas" y se pueda redistribuir el ingreso. Un acto de justicia después de lo que hizo el neoliberalismo al que el Gobierno combate desde hace una década.

¿Se paraliza Aerolíneas? La culpa es de los gremios aeronáuticos y de la herencia de Marsans, el operador privado al que el kirchnerismo sacó del medio con la ayuda clave de? los gremios aeronáuticos. La película se ve así: el menemismo privatiza la empresa, el kirchnerismo la reestatiza y unos facciosos extorsionadores quieren boicotear el logro.

¿Corridas bancarias? Culpa de Jorge Brito. "¡Banquero menemista!", gritarán, no sin rigor por una parte del pasado. ¡Al tacho los cuadros en los que aplaude a rabiar cada anuncio kirchnerista y mucho más aquellos en los que le vende un departamento de lujo de la Presidenta!

Adaptaciones similares del guión podrán encontrarse ante casos resonantes de inseguridad, de aliados que se convirtieron en una carga (Duhalde, Pedraza, Moyano) o de relaciones mediáticas que se complicaron por alguna razón.

Los propagadores del relato oficial caminan en puntas de pie. El héroe de hoy puede ser el enemigo de mañana. Tal vez pronto, si siguen apareciendo pruebas del caso Ciccone, el kirchnerismo en coro dirá que Amado Boudou es un neoliberal del CEMA, frívolo y que vive en Puerto Madero.

El truco hasta ahora funcionó. El problema es que con el paso de los años y en momentos trágicos el montaje hace recordar a las películas románticas de los años 50, esas en las que las escenas más ardientes empezaban con un beso y, al cuadro siguiente, nos mostraban a la pareja fumando en la cama. Entonces como ahora todos saben lo que pasa en el medio.
Martin Rodriguez Yebra

martes, 21 de febrero de 2012

Un terrible error de juventud

La violencia revolucionaria de los años 70 y su actual reivindicación en la visión de Julio Bárbaro, publicado en el diario La Nación de Buenos Aires.

Alguien inventó una supuesta teoría según la cual hubo en el país una violencia asesina y nefasta y otra revolucionaria y digna de todo respeto. Las dos violencias -la revolucionaria y la represora- son parte de un pasado sobre el que se fue imponiendo una mezcla de amnesia y de dolor que, a partir de una justa condena, termina en una absurda reivindicación.

Estas cosas son parte, además, de un discurso del que somos rehenes, donde casi el único espacio legítimo está dado por el hecho de haber participado en la violencia revolucionaria de los años 70 (o, en su defecto, por aplaudir a los que lo hicieron). Allí el número de los desaparecidos no puede pronunciarse en vano, como si el mito fuera tan sólo una exageración de la verdad. La justa crítica a la demencia represora se revierte en adulación a la supuesta víctima, que termina siendo un héroe trágico sin culpa alguna que lavar.

Estoy inmerso en este debate debido al papel que me tocó jugar en esa época y al absurdo de que terminen siendo ellos, los revolucionarios, los herederos de un peronismo al que desprecian. Jamás participé ni me relacioné siquiera con los represores, no eran mi mundo ni dejaron nunca de ser mis enemigos. Pero la violencia surgió en mi grupo y se desarrolló en mi espacio: me casé en el 68, y más de la mitad de mis invitados fueron víctimas de esa represión. Ayudaban en misa Norberto Habegger y Horacio Mendizábal, quienes junto con Oscar De Gregorio me regalaron parte de mi luna de miel. Esos tres amigos fueron centrales en la violencia y caminan buena parte del libro Recuerdos de la muerte , de Miguel Bonasso. Una foto de nosotros cuatro cenando con la madre del sacerdote Camilo Torres me recuerda los prolegómenos de aquellas guerras.

Todo se inició con el golpe de Onganía y La noche de los bastones largos: destruir la Universidad implicó impulsar a la juventud hacia la violencia, que pronto se transformó en una práctica de la que me negué a participar. La discusión fue ardua y se fue volviendo agresiva. Sostuve siempre que no se trataba de una cuestión de valentía, sino tan sólo de enfrentar al sistema en su lugar de mayor fortaleza.

Quedamos amigos, pero separados. Con dos de ellos me seguí viendo siempre, aun en sus peores momentos, hasta en el Mundial de fútbol del 78, cuando ya casi nadie aceptaba el riesgo de frecuentarlos. El tiempo resolvió aquella disputa entre violencia y democracia. La resolvió sin dejar dudas, y no se necesita negar el resultado para salvar la dignidad y el heroísmo de sus víctimas.

Fuimos muchos los que enfrentamos aquella práctica violenta, y teníamos razón. Lo importante no es que nos lo reconozcan como personas. Lo imprescindible es que aquello, que tuvo mucho de demencia, no termine ocupando, en el relato que hereden nuestros hijos, el lugar de la sublime rebeldía.

Nadie deja de respetar la dignidad y valentía sin límites de las madres y abuelas de los desaparecidos. Pero debemos tener cuidado, porque no es en el amor de los deudos donde explican y encuentran razón las propuestas de sus hijos. Si los jefes responsables de aquella demencia están vivos y no tienen nada que aportar es debido a la pobreza ideológica de aquella causa.

Son decenas los sucesos que viví en aquellos tiempos. Tantos, como silencios guardo de dolores y fracasos, errores y también traiciones. En el exilio o en el retorno, muchos valientes en la guerra no estuvieron presentes cuando había que ayudar al amigo necesitado o herido, sobreviviente de la contienda. Fui casualmente el diputado electo que más tiempo compartió con los presos en Trelew, ni siquiera pude asumir y jurar con mis compañeros al estar ocupado en los viajes de traslado de esos detenidos a esta Capital. Participé en el velatorio clandestino de Fernández Palmeiro, herido de muerte por el custodio de Hermes Quijada. Somos muchos los que no acompañamos la violencia, mientras nos mantuvimos amigos y solidarios con esa entrega en la que no encontrábamos coincidencia ideológica. Por eso defiendo la posición del general Perón cuando enfrentó la violencia con la lucidez que nos hubiera ayudado a evitar esa confrontación; no por el sólo hecho de mantenerme fiel a aquel oficialismo, sino por el daño enorme que implica reivindicar ahora el error que nos llevó a tanto dolor.

La condena a la violencia, el abrazo y encuentro con Ricardo Balbín y la convocatoria a la unidad nacional son ya patrimonio indiscutible de nuestra sociedad. Nada hay más retrógrado que negar la validez de ese aporte.

El encuentro casual entre el pragmatismo de la presidenta Cristina Kirchner y los sobrevivientes de aquella gesta no es un detalle político: implica una peligrosa reivindicación de los errores del pasado con el solo propósito de encontrar culpables en los casuales enemigos del presente.

La violencia pudo haber encontrado justificación durante la dictadura, pero fue un grave error su ejercicio en democracia. Los vericuetos de la historia hicieron que el verdugo, con sus uniformados y sus mandantes, perdiera su derecho a existir por la atrocidad de la represión que ejerció. Pero no es allí donde la violencia encuentra su justificación, ni remotamente ésa la consecuencia buscada.

Jamás olvidaré las palabras de aquel guerrillero que, en plena dictadura, me dijo en charla mesurada: "Se necesita mucha sangre para que se acorten los tiempos". Era mi amigo del alma y estaba comprometido con sus palabras. Errores que se pagaron con demasiadas vidas, donde muchos eligieron el riesgo de la muerte, al asumir el camino equivocado.

Nunca fui parte de la violencia como miembro asumido de esa causa, pero de los amigos presentes en mi casamiento religioso, más de la mitad perdió la vida por ella. Compartí demasiadas etapas sin ser otra cosa que un simple amigo de aquellos con los que no coincidía, desde mi exilio hasta mi secuestro; todo fue simple consecuencia de esa amistad. Los militares asesinos pensaban que quien no estaba con ellos coincidía con sus enemigos, y algunos revolucionarios intentaron opinar algo parecido.

Cada tanto me vuelvo a encontrar con algunos de los más duros de aquellos tiempos y pasamos horas rodeados de recuerdos, de momentos sublimes y también de agachadas, siempre con tantos ausentes, como si tuviéramos más de 100 años. Pero seguimos enamorados del debate, aunque ninguno hace la autocrítica. Eso sí, supimos crear entre unos y otros un ejemplo de mundo solidario. No habremos llegado al socialismo, pero al menos intentamos ser dignos de ocupar el espacio de buenas personas. Son heroicos los que entregaron sus vidas por la noble causa de recuperar la justicia para los que menos tienen, pero con la misma vehemencia hay que decir que estamos obligados a cuestionar el error aquellos que, de una u otra manera, pudimos sobrevivir a esa demencia. Son demasiados los que participaron del sacrificio y se mantienen en silencio con la conciencia de haber sido leales a sí mismos.

Recuerdo la noche en que el maravilloso Tuly brindaba en la mayor pobreza por sus 40 años. Levantó la copa y dijo: "Este es mi segundo exilio y yo nunca fui gobierno". Detrás de tanta hojarasca hay miles de militantes dignos que transitan la madurez en silencio. Respetar a los desaparecidos es tan importante como insistir en el error de sus ideas. A los héroes los define la entrega; a la política, el acierto. Y la historia sólo vale cuando se somete al rigor de la verdad.

Ellos soñaron y lucharon por un mundo mejor, cumplieron dignamente la obligación de toda juventud. Ahora es el tiempo del consejo sabio a los hijos. Aclarémosles a ellos que la entrega fue un regalo de la vida y la violencia, un terrible error de juventud.

Julio Bárbaro