jueves, 18 de abril de 2013

18 de abril. Por qué salir a la calle


Al cabo de diez años, el Gobierno debe varias asignaturas: subsiste la pobreza estructural, la democracia no está consolidada y valores importantes de nuestra sociedad permanecen amenazados por múltiples causas que van desde fenómenos naturales como inundaciones y lluvias hasta el flagelo del crimen urbano; desde la decadencia educativa hasta la desigualdad social. Pese a ello, el Gobierno está consagrado centralmente a su pervivencia en el poder, cueste lo que cueste.
Hace ya tiempo en las redes sociales se convocó a una movilización para expresar el malestar que circula en la sociedad argentina. La fecha elegida fue el 18 de abril, hoy. La actualidad vertiginosa ha hecho que ella coincidiera con una reforma judicial que el Gobierno intenta imponer de manera drástica, imprevista, sin debate previo. Al mismo tiempo, un medio de comunicación revela que un empresario habría enviado al exterior una impresionante fortuna de dudoso origen, operación que, por la estrecha relación que mantiene el involucrado con el círculo gobernante, inevitablemente salpica a éste. El costado farandulero de los protagonistas de esta opereta puede que la frivolice. Quizás ése sea el costo que se ha debido pagar para que tales hechos , que no son nuevos sino reiterados, perforen la distracción de la opinión pública argentina. Son dos hechos distintos -una reforma, una revelación-, pero están fuertemente entrelazados: intento de reforma judicial y visibilidad mediática de la corrupción se imbrican y explican. Sin embargo, la actualidad argentina es mucho más densa y presenta un entramado donde es fácil perderse.
A fines del año pasado, el Gobierno quiso zanjar la diferencia que lo enfrenta al grupo Clarín mediante un emplazamiento a la justicia, el 7-D. Se profirieron diversas amenazas percibidas como auténticos ukases. El fracaso de esa estrategia fue vivido por el oficialismo como un ultraje. El jefe de Gabinete profirió expresiones cloacales contra los órganos judiciales y el ministro de Justicia equiparó esas resoluciones con un golpe de Estado.
Unos meses después, la iniciativa presidencial retoma aquellas disputas. La reforma judicial que implementa ahora el Gobierno parece una respuesta a aquellas decisiones judiciales, vividas por el poder como un inaceptable desafío. La división de poderes de pronto se ha tornado intolerable para el kirchnerismo. Pero, ¿cuál es la razón de semejante prisa? Resulta indigerible la pretensión oficialista según la cual su único interés es mejorar el sistema judicial. Los cambios estructurales -y el país necesita muchos- no pueden hacerse a tambor batiente, sin reflexión ni consenso. Esta manera de legislar es un dislate, como lo demuestra que los propios partidarios del Gobierno tuvieron que hacerse oír reclamando cambios en la redacción de los proyectos. Dicen, en una metáfora reveladora, que el Gobierno necesita blindar la reforma para que ella perdure.
En tales condiciones, ¿qué otra cosa podemos pensar de la mentada reforma los ciudadanos sino que ella conlleva un propósito oculto? Se ha dicho que esconde una ingeniería electoral tan sofisticada como incomprensible para los legos: los candidatos al Consejo de la Magistratura irían colgados de las boletas del FPV para arrastrar votos oficialistas. Aquí surge como un fantasma omnipresente la nunca desmentida vocación re-reeleccionista. Cualquier medio sirve si el Gobierno necesita ganar las elecciones legislativas de octubre de 2013 con un porcentaje del 47% de los votos para obtener los dos tercios de las legislaturas y forzar una reforma constitucional.
A los ojos de una sociedad desanimada y crítica, este intento reformista resulta una exageración. Un puro uso de las mayorías automáticas que el oficialismo mantiene en la Legislatura. Si las encuestas auguran un resultado diverso a sus expectativas, el Gobierno no puede recurrir a cualquier medio. Esto recuerda la frase de Talleyrand: "En política lo que es exagerado puede volverse insignificante".
Con el criterio usado para cambiar la composición del Consejo de la Magistratura, ¿cuál sería el próximo paso del Gobierno? Además de recomponer la estructura electoral, la reforma inevitablemente hace pensar en la búsqueda de una indemnidad para la corrupción que aflora apenas se rasca la realidad. ¿Acaso se buscan jueces complacientes para el futuro? En las elecciones de 2011, el electorado no fue sensible a la corrupción, un flagelo que, parece, sólo conmueve cuando encuentra una sociedad golpeada por problemas económicos. Está pasando en España, donde los medios de comunicación destapan la financiación oscura de los partidos políticos y la propia casa real resulta involucrada. ¿Tendrían la misma repercusión esas denuncias si los españoles navegaran en la bonanza de las últimas décadas? De pronto, irrumpe un hecho mediático y recuerda a propios y ajenos tantas denuncias que cayeron en saco roto, desde los albores del actual régimen, cuando el gobierno de Néstor Kirchner nombró a la esposa de un ministro controladora de las acciones de éste.
La oportunidad de la reforma también suscita sospechas. El país apenas se ha recuperado de un trance amargo: una inundación dejó decenas de muertos, pero al bajar las aguas se vio que ellas eran turbias. Nunca se hicieron las reformas estructurales que hubieran evitado la catástrofe. Los especialistas en materias ambientales lo habían anticipado, pero nadie les hizo caso. ¿Es que pensar en el futuro no es rentable para el corto término en el cual vive el Gobierno?
Que tras diez años de gobierno kirchnerista el índice de pobreza estructural aún alcance el 27% de la población es una pobre performance. Son cifras aportadas por la UCA. Serán cuestionadas, pero pueden ser corroboradas por quien camine las calles de las grandes urbes argentinas.
Es esa realidad desgraciada la que torna provocativa la reforma intentada, más allá de lecturas ideológicas. Para el Gobierno, el salario es ganancia. Para el Gobierno, el diálogo es rendición y la tolerancia, una cobardía inadmisible. Cuando todo el país se alegró por la elección de un papa argentino, la reacción primaria, visceral, de la Presidenta y su entorno fue de disgusto. Después, se recompusieron los gestos. Pero los hechos de hoy desmienten el discurso que proviene del Vaticano. Nada hay más ajeno a la humildad y la conciliación con el prójimo desamparado, mensaje primordial de Francisco, que la arrogancia con la que se erige un gobierno que se pretende amo y señor de la ley.
En estas condiciones, bajar a la calle se torna un desafío, pero también un incentivo. No es una fatiga inútil. Las movilizaciones del año pasado dieron sus frutos. Gracias a la fortaleza que mostraron las manifestaciones callejeras, un tercio de los legisladores actualmente en ejercicio se ha comprometido a no votar nunca por la re-reelección. Puede ser un instrumento importante y habla de que la oposición, cuya impotencia tanto se alega, es capaz de lograr objetivos. La Justicia, animada por la voluntad que se demostró en cada esquina del país, frenó algunas formulaciones antidemocráticas. Al Gobierno se le estrechan los caminos. Como ha dicho Marcos Novaro, el Gobierno "se va quedando sin ideas ni vías de escape y sólo habla ya con el lenguaje del capricho". Bajar a la calle puede demostrar que una sociedad está viva. Quizás parezca a muchos un recurso antiguo e ineficaz. Es volver a fuentes arcaicas, en una época en la que el marketing es omnipresente. Sin embargo, también a la calle recurren los trabajadores organizados, que el 15 de mayo marcharán como lo hicieron el pasado 20 de noviembre.
Ir a la calle puede ser el mejor camino, si se lo recorre con tres virtudes, que, para estar a tono con la época, son franciscanas: fuerza para no desanimarse, coraje para eludir las provocaciones y alegría para demostrar a los demás y a nosotros mismos que hay algo mejor que caer y llorar: levantarse para seguir adelante.
Alvaro Abos

domingo, 10 de marzo de 2013

Morenizar y chavizar


Cristina decidió “chavizar” la política y “morenizar” la economía. Eso obliga a debatir, una vez más, el contenido de palabras como “progresista” o “izquierda”. Reaparece multiplicada la vieja pulseada entre equidad y libertad. ¿No es posible encontrar un modelo inclusivo e igualitario que además no intente eliminar al que piensa distinto porque lo considera un enemigo de la patria? ¿El arco iris de ideas es una profundización de la democracia o una jactancia de los sectores medios con la panza llena? ¿Cuál postura tiene el ADN socialista, la disciplina vertical o la pluralidad que cuestiona? ¿De qué material está hecha la utopía ideológica? ¿Qué pesa más en la balanza? ¿Darle dignidad y sacar de prepo de la pobreza a miles de venezolanos como hizo Chávez o buscar la forma de hacer lo mismo sin sovietizar la formas y evitando la persecución del Estado, como hizo Lula o Michelle Bachelet?
¿Se siente de izquierda una persona que ovaciona a tiranos de la peor calaña, que encarnan los comportamientos más fascistas como Mahmoud Ahmadinejad o Alexander Lukashenko? ¿Es progre mirar para otro lado cuando en Irán o en Bielorrusia se fusilan homosexuales, se lapidan y mutilan mujeres o se torturan disidentes? Se podrían agregar a criminales de lesa humanidad de Siria como Bashar Al Assad o de Guinea Ecuatorial como Teodoro Obiang a los que Hugo Chávez caracterizaba como “hermanos revolucionarios”. 
Muchos en Argentina actúan como si repudiar a los Estados Unidos e Israel extendiera un certificado de líder emancipador. Aunque Chávez haya espantado el olor a azufre que tenía el diablo George Bush pero a su vez tenga al gobierno norteamericano como su principal socio económico, al que le vendió en diciembre pasado la friolera de 197 mil barriles de petróleo por día. “Nunca fue de izquierda. Toda la izquierda está en su contra salvo el Partido Comunista”, dijo el ex candidato a presidente por el MAS (Movimiento al Socialismo), Teodoro Petkoff. El periodista y ex guerrillero definió de esa manera a Chávez. Pero podría haber dicho lo mismo de Néstor Kirchner.
Esa dificultad para medir tiempos con las categorías de los 70 lo llevó a decir que el chavismo “no es una dictadura pero tampoco una democracia”. Se podría agregar que no es un sistema socialista, pero tampoco sostuvo el capitalismo salvaje que los partidos tradicionales de Venezuela hicieron implosionar con tanta corrupción e injusticia social que fue la que parió el liderazgo de Chávez.
En nuestras pampas pasan cosas parecidas. ¿Quién iba a pensar que Claudio Lozano iba a coincidir con Julio De Vido? ¿O que Hermes Binner lo iba a hacer con la diputada Paula Bertol, del macrismo? Todo comenzó cuando les dije que les iba a hacer una pregunta con trampa, pero que el que avisa no es traidor: “¿A quién hubieran votado en Venezuela?”. El presidente del FAP dijo: “A Capriles”, y la dirigente del PRO, también. El cajero nacional y también de la embajada paralela y las relaciones carnales con Venezuela, Julio De Vido, dijo: “No me sorprende lo de Binner. Representa lo mismo que Capriles”. Lozano, integrante de la misma coalición de Binner, y que además viajó a Caracas para participar del homenaje, le salió al cruce y levantó la bandera de Chávez: “Me parece una expresión desafortunada. Detrás de Capriles está el viejo sistema político venezolano que jamás favoreció al pueblo”.
¿Quién es el verdadero progre? ¿ De Vido, Petkoff, Binner o Lozano? Es la confirmación de que lo que deben refundarse son los instrumentos para analizar lo que pasa. Caído a pedazos el muro de Berlín, con China convertida en potencia capitalista-socialista, con Cuba exportando tristeza y dinosaurios conceptuales, con el excesivo lugar que dieron al mercado las socialdemocracias europeas y su consiguiente fracaso, hay mucho que repensar. Hay confusión en el mundo y en la Argentina. ¿Cómo caracterizar la metodología violenta y extorsiva para cometer delitos como la malversación de las estadísticas públicas de Guillermo Moreno? ¿Entraría en el equipo de Chávez o en el de la derecha pejotista en la que se formó? ¿Las patotas armadas con las que intervino el INDEC, tal como denunció Horacio Verbitsky, son brigadas rojas o camisas negras? ¿Embalsamar a Chávez o en el futuro a Moreno, igual que a un terrorista de Estado como Kim Il Sung, es un tributo al hombre nuevo del marxismo? Ni realismo socialista ni realismo mágico. La única verdad es la realidad.
No puede ser progresista quien ni siquiera cumple con los mínimos requisitos democráticos. Alguien que amenaza, extorsiona, prohíbe y lo hace solo con el poder que le delega Cristina, y sin ninguna ley ni papel a la vista, rompe las reglas de funcionamiento de cualquier sociedad civilizada. Los autoritarismos no son de izquierda ni de derecha. Son despreciables y mesiánicos. Enemigos de la democracia popular y la construcción colectiva. Son militantes de la odiosa idea de que hay que cooptar o boicotear, o que todo se puede comprar con corrupción o espiar con metodología dictatorial desde gendarmería. De los que dicen como reyes “exprópiese” o de los que no sienten ni la obligación de presentar balances en Aerolíneas Argentinas pero levantan el dedito dando clases de moral a medio mundo.
Es una mentira histórica que no se puedan quebrar los privilegios, igualar posibilidades y repartir el poder sin apelar a la mano dura o a pisotear la legalidad. O a reemplazar las viejas oligarquías por las propias, como la boliburguesía o los amigopolios K. Lagos-Bachelet; Lula-Dilma y Tabaré Vázquez-Mujica demuestran que es posible. Muchos de sus indicadores sociales son superiores a los de Argentina y Venezuela, que comparten el podio de la mayor inflación mundial. No son traidores ni tibios. Construyen poder popular y democrático y consolidan grandes avances para los más necesitados, pero lo hacen con la legalidad y la profundidad necesarias para que no se pueda volver atrás. No fomentan jurásicos cultos a la personalidad ni venganzas ni fracturan las sociedades. No van por todo porque saben que después todo eso quedará en la nada. Van por más justicia social y más libertad. Dan el ejemplo. Y valoran todas las voces. Como dijo Dilma Rousseff: “Prefiero el ruido de los medios críticos que el silencio de las dictaduras”. Es lo que diferencia a una estadista de un autócrata de impronta totalitaria con ínfulas de prócer eterno. Así en Venezuela como en Argentina.
Alfredo Leuco

miércoles, 6 de febrero de 2013

Los argentinos estamos socialmente divorciados



El odio como factor clave del modelo

Si algo tiene el gobierno de Cristina Kirchner es previsibilidad. Todas las amenazas que formulan desde hace años, van en serio. Todas las batallas que entablaron, para afuera y para adentro, son de verdad.
Todo el odio que bajaron a la sociedad era genuino. Consiguieron hacer lo que fracasó en los 70. Inocularon a un tercio del país con su veneno, y fabricaron una nueva generación de resentidos, militantes del odio. Y generaron la reacción inevitable de parte de los odiados: el repudio y la bronca. Acaso odio, también.

Siempre se sostuvo que, el principal problema de este tipo de manejos por parte de los Kirchner, no estaba tanto en insuflarles odio a sus seguidores respecto de determinado actor político del país, sino en el riesgo cierto de que ese odio lo enfocaran sobre la sociedad que no los acompaña.
La gente que marchó el 13S y el 8N manifestó su bronca contra el Gobierno, no contra los seguidores del Gobierno. Pero los seguidores del Gobierno mostraban su bronca sobre la gente común.
Estaba muy claro el riesgo que corríamos. La desintegración social.

Asistimos por estos días, a un festival de escraches. En resumidas cuentas, el escrache no es otra cosa que la foto del divorcio. “Con vos no me siento ni en el bondi”, “acá no te sirvo ni un café”.
Divorcios que ya se venían verificando entre amistades y parientes. Entre vecinos que se cruzan por la calle y no se saludan. Muchachos treintañeros que cuando se asomaron a la política padecieron kirchnerismo, y se creyeron que el enemigo de la patria era el cuñado que se queja de la inflación y le prende la luz del living a Lapegüe.

La Presidenta alienta estos comportamientos cuando arenga a la tropa propia con aquello de "es bueno que estén cerca, por si pasa algo", y los chiquitos cantan a coro "si la tocan a Cristina qué quilombo se va a armar". Manipulación elemental, básica. Manual del alumno bonaerense Kapelusz.
La diferenciación entre “ellos” y “nosotros” se advierte hasta en los actos públicos. Ponen vallas y cordones policiales para que asistan únicamente los del palo. Dejan al resto lejos.
Estamos cerca tal vez de que los opositores al kirchnerismo deban llevar en el saco una estrella donde se lea "Fachen", y que se diferencien colectivos, bares, plazas y mingitorios públicos.

Los argentinos no estamos distanciados, estamos socialmente divorciados.
No nos pasamos la cuota alimentaria, nos denunciamos y no nos dejamos ver los pibes. Nos peleamos hasta por los veladores del casamiento. Nos hablamos mediante los bogas, que se juntan a cenar para ver cómo nos pueden esquilmar mejor a todos. Alguna conventillera del barrio nos ha llenado la cabeza contra el hermano. Hemos pasado de desconfiarnos, a tenernos bronca.
Hay que entender que la crispación no es una casualidad. Ha sido hábilmente instalada para dividir voluntades y, así, poder reinar.
El fanatismo tampoco es casual. Casi que les resulta imprescindible.
Al gobierno de Cristina Kirchner no le sirve tener adherentes, sino fanáticos. Porque los adherentes pueden cuestionar. Mientras que los fanáticos espiralizan sus argumentos hacia abajo, pero siempre terminan defendiendo lo indefendible.
Así se justifica el latrocinio, así se va logrando la “talibanización” del sentido común. Así el ladrón puede ser beatificado, o nombrado vicepresidente, así se logra que aclamen la liberación de Barrabás, crucificándolo a usted, porque denuncia la cueva de ladrones.

Salta a la vista que, para “el modelo”, todo este odio es altamente necesario.
Acaso el destino marcaba que, alguna vez, debían gobernar aquellos enamorados del odio de los 70. Acaso haya sido una etapa que la Argentina, de uno u otro modo, tenía que cumplir, vaya a saber. Pero no se retornará con elegancia de este asunto. No nos saldrá gratis este nuevo pleito social prefabricado. Por eso, es importante no olvidar y tener siempre bien en claro quién lo instaló y para qué fin.
Por eso esta revolución de opereta indefectiblemente debe terminar, dentro de tres años, en la Justicia. Para que permanezca suficientemente expuesto que, además de inocular vilmente su odio, se robaron el país.
Será la única forma de que los argentinos podamos explicarnos, por una vez, alguna historia verdadera.

Fabián Ferrante