viernes, 10 de mayo de 2013

La Argentina bajo el riesgo de los Kirchner


Presentamos la traducción de la nota publicada el 9 de mayo en Le Monde sobre la gestión kirchnerista 
La Argentina bajo el riesgo de los Kirchner
Por Paulo A. Paranagua
En diez años de poder, Néstor Kirchner y después su mujer Cristina llevaron adelante una gestión arbitraria e imprevisible de los asuntos de Estado. En línea recta con el populismo peronista que a menudo condujo al país al caos económico y la corrupción.
En mayo de 2003, hace diez años, Néstor Kirchner, ex gobernador peronista de Santa Cruz, una provincia del sur argentino, llegó a la presidencia de la república con un déficit de legitimidad. Elegido casi por defecto, obtuvo el 22 por ciento de los votos en la primera vuelta. El ex presidente Carlos Menem (también peronista), aunque con posibilidades de ganar el ballotage, prefirió retirarse antes que sufrir un revés en la segunda vuelta.
Para fortalecer a una opinión pública sacudida por la crisis de 2001, que condujo al país a la quiebra, Kirchner se dedicó a consolidar la recuperación económica, emprendida con éxito por el ministro de Economía Roberto Lavagna, a quien mantuvo en su cargo. El nuevo presidente apoya los esfuerzos de los defensores de los derechos humanos, los legisladores y algunos magistrados para terminar con la impunidad de los militares implicados en los crímenes de la dictadura (1976-1983). Por último, teje alianzas "transversales" para lograr una mayoría en el Congreso. Su ministro de Cultura, Torcuato Di Tella, eminente sociólogo y asesor del gobierno, veía en esto el esbozo de una nueva centroizquierda, capaz de "superar" al peronismo, fuerza dominante de la vida política desde 1945.
¿Néstor Kirchner, muerto en 2010, era un outsider? "Kirchner no es un dirigente atípico", respondía su esposa Cristina a la pregunta de Le Monde en noviembre de 2003. "Es un puro producto del peronismo". ¡El zorro pierde el pelo pero no las mañas! "No se puede gobernar sin negociar con el inmenso aparato del partido peronista, formado por burócratas de los sindicatos, intendentes corruptos, punteros barriales clientelistas, policías, traficantes y delincuentes, que se oponen a cualquier cambio", confiaba años después el filósofo José Pablo Feinmann, otro asesor del gobierno. "'Si no controlo el aparato, este me va a dominar, no resistiría dos días', me dijo Néstor".
En 2005, el presidente remueve al ministro Lavagna y administra personalmente la economía nacional, de la misma forma que había administrado los recursos de una provincia petrolera débilmente poblada de la Patagonia: decisiones al día tomadas por un grupo cerrado, sin reunión del consejo de ministros ni rendición de cuentas al Congreso ni explicaciones a la prensa. Cuando era gobernador de Santa Cruz, había enviado a Suiza 500 millones de dólares de regalías petroleras sin detallar jamás el itinerario de esa suma ni sus intereses.
Abogados de empresas, los Kirchner habían dedicado los años de plomo a acumular una fortuna. A partir de 2003, sus declaraciones anuales muestran un enriquecimiento vertiginoso, sin que la cuestión de un conflicto de intereses se les pase por la cabeza a los interesados. Para sus detractores, los montos declarados no serían más que la punta del iceberg.
Cuando Cristina Kirchner reemplaza a su marido en 2007, el manejo improvisado de la economía sigue siendo discrecional e imprevisible. Para los amigos, todas las facilidades. Para los demás, el peso de la ley, sin perjuicio de inventar nuevas reglas de acuerdo con las circunstancias. El cambio más espectacular sin duda es el que hubo respecto de Clarín, el principal grupo multimedia de la Argentina. La luna de miel duró hasta el momento en que Néstor Kirchner, que quería una participación en el capital, sufrió un rechazo. De un día para el otro, el grupo se convirtió en el enemigo a derribar. "Clarín miente", gritan los Kirchner en cada acto político. En 2009, se vota una ley de medios con disposiciones hechas a medida, destinadas a desmantelar el grupo. La justicia bloquea su aplicación. Entonces, en 2013, se improvisa una reforma de la justicia y los recursos contra el Estado, para asegurarse de que el poder judicial deje de inmiscuirse en los asuntos del ejecutivo y el legislativo.
Más allá de las peripecias que la Argentina de los Kirchner presenta con la regularidad de un folletín, el balance de estos diez años de gestión con medidas de corto plazo presenta contrastes: Buenos Aires logró renegociar la mayor parte de la deuda, sin restablecer, sin embargo, su crédito internacional. La producción se reactivó, con resultados moderados en la industria. El Estado aumentó el impuesto a la soja, locomotora de las exportaciones, y se apropió de los fondos de pensión, pero el régimen fiscal legado por la dictadura militar no fue modificado.
Mientras que Aerolíneas Argentinas fue nacionalizada, nada se hizo para corregir el deterioro de los transportes ferroviarios, desguazados en los años 90 con la complicidad de los sindicatos peronistas: en 2012, un accidente ocurrido en una estación de Buenos Aires causó 51 muertos y 700 heridos. La empresa petrolera Repsol YPF volvió a manos del Estado, mientras que las compañías mineras gozan de total libertad para operar en perjuicio del medioambiente y el fisco.
Buena parte del empobrecimiento provocado por la crisis de 2001 desapareció pero la miseria sigue presente. Los aumentos de salarios y las jubilaciones revalorizadas se ven recortados por una inflación del 25 por ciento enmascarada por la falsificación de las cifras oficiales. Se adoptó el matrimonio igualitario pero el aborto sigue siendo tabú.
La inseguridad jurídica hace huir a los inversores: el último en retirarse fue el grupo brasileño Vale. El proteccionismo dejó en coma al Mercosur, la unión aduanera sudamericana. Argentina no ha dejado de caer en el índice de percepción de la corrupción de Transparency International y actualmente está en la cola del pelotón. En cuanto al control de cambio, se presta a todo tipo de manipulaciones.
El descaro y la falta de visión, sin embargo, se disfrazan con un discurso épico. Se habla de un "modelo" Kirchner, secundado por un proyecto "nacional y popular". Adaptado al gusto del momento y despojado de los oropeles de la "doctrina justicialista" del general Juan Domingo Perón (presidente de 1946 a 1955 y de 1973 a 1974), este relato no remite menos a la misma ideología: el nacionalismo, que invoca una excepción argentina, una idiosincrasia diferente de cualquier otra, un "ser nacional" cuya esencia se encontraría en el curso de la historia. Eva Perón, la egeria del general, aparece en los nuevos billetes de 100 pesos y su efigie domina la principal avenida de Buenos Aires, aun cuando su libro, La razón de mi vida, ya no es de lectura obligatoria en las escuelas.

Los socialistas, los socialdemócratas, los comunistas, los de centro, los demócrata-cristianos, los liberales, los conservadores, los demócratas y los republicanos, las principales familias políticas de los dos últimos siglos, en algún momento hicieron su autocrítica, y a menudo varias veces en lugar de una. Los peronistas, jamás. No obstante, no faltan muertos en el ropero.
El regreso del general Perón al poder en 1973 fue una catástrofe que condujo, tres años más tarde, al peor golpe de Estado sufrido por los argentinos. Los Kirchner fomentaron una idealización romántica de ese período de irracionalidad, que no contribuye al respeto por las instituciones de la democracia. En lugar de proceder a una relectura desapasionada de la historia, los peronistas proponen una versión mítica, propicia para los desvíos ideológicos.
La constitución prohíbe un tercer mandato presidencial consecutivo, pero esto no impide a Cristina Kirchner hacer un vacío a su alrededor, mientras que sus partidarios preconizan una reforma de la Ley Fundamental. En una obra reciente, Carlos Gabetta, creador de la edición argentina de Le Monde Diplomatique, llega a una conclusión abrumadora: "Todos los gobiernos del populismo peronista argentino condujeron al país al caos económico; todos llevaron la corrupción a un paroxismo y desembocaron en la tragedia o el Grand-Guignol".
TRADUCCIÓN: Elisa Carnelli

viernes, 3 de mayo de 2013

Sobre ética y política



Max Weber postuló a la “ética de la convicción” y la “ética de la responsabilidad” como las dos vertientes que definen la conducta bajo las cuales deberían regirse los hombres en una sociedad, y explicaba “hay una diferencia abismal entre obrar según la máxima de una ética de la convicción, tal como la que ordena «el cristiano obra bien y deja el resultado en manos de Dios», o según la ética de la responsabilidad, como la que ordena tener en cuenta las consecuencias previsibles de la propia acción” (El político y el científico).

Vale aclarar que no significa que ambas vertientes sean excluyentes, que actuar siguiendo las propias convicciones conlleve una falta de responsabilidad, o viceversa, que el actuar responsablemente signifique ignorar las ideas en las que uno cree, sino que en función del ámbito de acción del individuo (privado o público, según se trate), debe prevalecer la una sobre la otra, en razón de las consecuencias que en tales circunstancias nuestros actos puedan acarrear.

La política (como espacio y como acción) es, por definición, el ejemplo paradigmático de las acciones que involucran a un conjunto en una sociedad o a la sociedad toda. Por tanto, el accionar de los políticos (y más específicamente de los funcionarios públicos), debe conducirse primero por la ética de la responsabilidad, evaluando siempre las consecuencias de sus decisiones, debiendo pensar ante todo en el interés colectivo y en el impacto posible de sus determinaciones en el colectivo social, antes que en sus convicciones, ideología o intereses personales.

La lógica cortoplacista y sectaria que tiñe hoy a las decisiones políticas está a contramano de la ética que debe imperar en el desempeño de la función pública y ese es el gran problema irresoluto en nuestro país, pues genera imprevisión e irresponsabilidad. Sucede entonces que ante una tragedia anunciada, por ejemplo cuando mueren 51 personas en un accidente ferroviario o 60 en una inundación, nadie es responsable.

Y cuando no hay responsables crece la impunidad, no se investiga nada o se ocupa de ello un juez amigo, esto se observa sobre todo cuando se trata de malversación de los fondos públicos con intención de hacer “caja” para la política y/o enriquecerse en forma personal. Sería muy largo enumerar todos los ejemplos existentes, pero vale destacar que la mayor parte de ellos ocurren bajo la vista complaciente cuando no el apoyo abierto, de gran parte de la sociedad.

Es imperioso construir una verdadera ética pública, entendida como el ejercicio de la función pública a partir de la responsabilidad, no como el ejercicio mezquino de las convicciones y de los intereses personales o del partido. No es menor la disyuntiva, se trata sencillamente de definir en qué sociedad queremos vivir y fundamentalmente que futuro estamos dispuestos a construir para nuestros hijos.

Claudio Brunori

lunes, 29 de abril de 2013

El simulacro kirchnerista

El oficialismo construye una realidad paralela y autosuficiente a través de un discurso vacío que se desentiende de la verdad; así, logra sus objetivos, pero destruye el idioma común.
 
El kirchnerismo ha fracasado. Es suficiente con observar en torno nuestro: la pobreza, los malos resultados de la educación; las infraestructuras, inútiles, arruinadas e incapaces de prestar los servicios que se esperan de ellas; la producción, concentrada fundamentalmente en industrias extractivas y en manufacturas ineficientes y subsidiadas por el Estado o por los consumidores; la riqueza de la sociedad, cada vez peor distribuida. No hay más que mirar las turbias aguas en las que alguien muere, ahogado por la incapacidad y por la corrupción. Basta con observar para sacar la única conclusión posible: el Gobierno ha fracasado. No han fracasado, claro, los kirchneristas. Ellos tienen poder y tienen riquezas. Un poder que disfrutan, en cuyo ejercicio encuentran un goce que seguramente no se reduce al dinero que obtienen por estar allí, enquistados en el Estado y en sus dependencias, pero que posiblemente se alimenta también de ese dinero.
 
Resulta cuando menos inquietante esa combinación del fracaso de las políticas públicas y el éxito privado de los dirigentes, los funcionarios y sus socios. Especialmente inquietante, dado que esa combinación ha sido convalidada por la sociedad en elecciones democráticas. Inquietante porque, más allá del hecho evidente de que las oposiciones no supieron convertirse en alternativas, y más allá también de la cuota que los clientes electorales del Gobierno le aportan, lo cierto es que a una parte significativa de la sociedad esa convivencia entre el fracaso de lo público y el éxito privado de los funcionarios no parece provocarle rechazo. Es más: le inspira aprecio. Suficiente aprecio cuando menos para votar, una y otra vez, a los responsables de los fracasos colectivos.
 
¿Qué hay, entonces, en el kirchnerismo que convoca esos votos? ¿Cuál es el rasgo distintivo que vuelve atractivo a un gobierno incapaz de reducir la pobreza, controlar la inflación, asegurar la calidad de la educación, incluir a los jóvenes en la sociedad o brindar electricidad suficiente? Un gobierno incapaz -peor, indiferente- de evitar que los trenes choquen, que los barrios se inunden.
 
Para muchos, la incompetencia y la corrupción marcan la gestión kirchnerista, pero ésos no son sus rasgos distintivos. No es más incompetente, por caso, de cuanto lo fue el gobierno de la Alianza, y la corrupción fue, hace ya tiempo, la marca particular del menemismo. Lo que parece caracterizar al gobierno actual, lo que parece introducir una diferencia, un sello original, eso que lo hace distinto y singular, es la mentira. El kirchnerismo ha hecho de la mentira un arte: miente las biografías de sus líderes, miente las estadísticas públicas, miente en sus intenciones y en sus hechos, en las obras inexistentes que inaugura dos veces, en las cifras que dan cuenta de la pobreza y en el costo que tiene alimentarse siendo pobre. El kirchnerismo, principalmente, miente.
 
La mentira nunca está ausente de la vida política. Pero en una jerarquía de los vicios no ocupa el lugar principal: nadie espera de los políticos una absoluta sinceridad pública. Es más: algunos pensadores, como Hobbes o Mandeville, han incluso argumentado a favor de un cierto grado de hipocresía. Judith Shklar, en su clásico libro sobre los Vicios ordinarios , reserva el peor lugar, el más infame, a la crueldad, y señala que la hipocresía es inevitable en la política: la política democrática sólo es posible, afirma, con algo de disimulo y pretensión.
Como alguien famosamente dijo: "Es difícil creerles a dos millonarios que hablan de los pobres". Pero, aunque la hipocresía sea sin dudas un rasgo prominente del discurso y de las prácticas kirchneristas, de su permanente doble estándar, no es su característica principal. Así como la sucesión permanente de mentiras es algo distinto que una gran mentira, la sucesión interminable de conductas hipócritas no es una gran hipocresía. Es un simulacro, y el simulacro, a diferencia de la mentira y de la hipocresía, carece de toda conexión con la verdad, es indiferente a cómo son las cosas en la realidad.
 
Al simulador, a diferencia del mentiroso, la verdad lo tiene sin cuidado y, por ello, su discurso es lo que en inglés se denomina bullshit : cháchara, palabrería, charlatanería. Al simulador no le interesa mentir respecto de algo en particular (las cifras de la inflación, por ejemplo, o su heroico pasado revolucionario). Le interesa satisfacer sus objetivos y, para eso aspira a manipular las opiniones y actitudes de su público, sin poner ninguna atención a la relación entre su discurso y la verdad. Se trata, como escribió Harry Frankfurt en un ensayo ya clásico sobre el concepto de bullshit , "de un discurso vacío, que no tiene ni sustancia ni contenido". Cuando el discurso del Gobierno se construye con una sucesión de mentiras, lo importante no es que intenta engañar respecto de cada una de las cosas que tergiversa, sino que intenta engañar respecto de las intenciones de lo que hace. El problema del Gobierno no es informar la verdad ni ocultarla. Decir la verdad o falsearla exige tener una idea de qué es verdadero, y tomar la decisión de decir algo verdadero y ser honesto o de decir algo falso y ser un mentiroso. Pero para el Gobierno éstas no son las opciones: el kirchnerismo no está del lado de la verdad ni del lado de lo falso. Su mirada no está para nada dirigida a los hechos, no le importa si las cosas que dice describen la realidad correctamente: sólo las elige o las inventa a fin de que le sirvan para satisfacer sus objetivos.
 
¿Por qué, entonces, un gobierno con semejante discurso persuade a tanta gente para que lo vote?
 
En tiempos en que las pertenencias partidarias y las identidades ideológicas son frágiles, y en que las personas actúan cada vez más como consumidores y menos como ciudadanos; en tiempos en los que el abismo entre la riqueza privada y la pobreza de los bienes públicos no deja de aumentar, en los que el voto se decide, mayoritariamente, por la coyuntura de la economía, el simulacro sirve al poder como un almacén de coartadas al que sus votantes acuden para elegir los argumentos que justifican su elección.
Infinito repertorio de frases hechas y lugares comunes, clasificados en grandes estanterías bajo nombres que resultan pomposos porque han perdido su sentido -inclusión social, soberanía, poderes fácticos, modelo, matriz productiva diversificada, derechos humanos, democratización de la palabra, derechos de las minorías, democratización de la Justicia, proyecto nacional-, el simulacro con el que el Gobierno ha sustituido lo real permite disfrutar de los beneficios inmediatos del presente sin por ello sentir traicionados los principios.
 
El simulacro produce votos para el Gobierno, al mismo tiempo que crea una zona de confort para sus votantes. Zona de confort que se extiende también a quienes no lo votan, porque, así como para muchos resulta cómodo permanecer bajo la hueca burbuja de la retórica gubernamental, muchos otros también hallan ventajas en colocar en el Gobierno la fuente de todo mal y de toda desgracia. Las responsabilidades colectivas se desvanecen en la autocomplacencia: el simulacro ha resultado exitoso para el Gobierno porque ha resultado útil a la sociedad.
El simulacro kirchnerista es adecuado para una sociedad que vive el presente sin querer enterarse de que lo hace consumiendo futuro. Pero el éxito del simulacro anticipa el fin de lo social, porque el bullshit corrompe las bases mismas de existencia de la sociedad: el idioma común. Al haber destruido toda relación con la verdad y, más aún, con la realidad, ese idioma está muerto. El simulacro es impune, porque su promesa no puede nunca ser medida contra las evidencias de la realidad: las aguas en las que se hunde el futuro de ciudadanos que están más allá de toda esperanza no tienen la capacidad de ahogar el discurso vacío que produce el poder. Así, el simulacro instala un presente perpetuo, un presente que cancela -muchas veces, de las que hay tristes evidencias, de forma literal- toda promesa de porvenir. Continuar viviendo bajo el simulacro es condenarse a no tener futuro.
 
Alejandro Katz