viernes, 20 de diciembre de 2013

Nada


Era la fiesta de ella y nadie se la iba a arruinar, cayera quien tuviese que caer. Este mecanismo puede ser considerado como acontecimiento excepcional, porque en verdad lo es. El capricho imperial atrasa a escala mundial, a menos que se compita con el venezolano Nicolás Maduro, el nicaragüense Daniel Ortega, el sirio Hafez Assad o el norcoreano Kim Jong-Un. Consiste en que lo que se exhibe como algo determinado, es todo lo contrario. Mueca poderosa e inquietante: se propone como celebración lo que es apenas un simulacro. La frialdad profunda es maquillada como goce apasionado.

¿Fue la “fiesta” del 10 de diciembre una maniobra histérica? Podría describírsela así, aunque ese mecanismo suele funcionar de manera más instintiva que deliberada. En los hechos, el histeriqueo es más una operación incontenible de la psiquis que un plan cerebralmente alevoso. Pero son mecanismos similares, el casamiento perfecto entre la mentira y la verdad.

El gobierno de la Argentina siempre necesita comunicar alegría. Su pulsión incontrolable es proyectar felicidad, como sea. Patrocina la difusión de una luminosidad casi religiosa. Milita en pos de una dicha obligatoria, a la que lubrica con ingentes recursos económicos. Esta gente ama la espectacularidad y por eso el regisseur de la Casa Rosada es un señor poderoso que concreta las puestas en escena más extravagantes que el grupo gobernante necesita. El escenario cívico argentino se ha convertido en el tinglado montado para desplegar un show de luz y sonido a la carta, a pura fuerza bruta, tamboriles y hasta sartenes para cacerolear, como las que zamarreó la presidenta. 
Motivos siempre habrá: la ley de medios, el Bicentenario, la democracia. Lo importante no es el qué, sino el cómo. Es la misma ideología del asueto serial. Así, la quincena final del año será un interminable feriado. Todo vale para “disfrutar”, el verbo organizador central de esta época. La Argentina bate records mundiales de días sin trabajar, a-puro-disfrute. Somos ricos y tenemos de sobra, ¿para qué mezquinarle tiempo al ocio? Hay que festejar. Pasarla bien es el nombre de la religión nacional en una Argentina enganchada al feriado eterno, al proverbial por-cuatro-días-locos-que-vamos-a-vivir, por-cuatro-días locos-nos-tenemos-que-divertir.

Los que celebran sin remilgos ni complejos, son también maestros de la negación cuando la visita truculenta resulta ser la muerte de argentinos. Contrita en sus interminables 36 meses de riguroso pero elegante luto, Cristina Kirchner no ha querido nunca complicarse con otras muertes. Este 10 de diciembre le importaba, más que nada, empañar a su objeto del deseo, medirse con Raúl Alfonsín, para demostrar que le ganaba, un abrazo avieso que pretendía nada más que ocupar el cetro de un republicanismo en el que ella no cree y al que no practica.
La otra cara de esa desasosegante alegría oficializada es la gelidez concreta que el poder ejecutivo de la Argentina dispensa, sin pestañear, al caído. Es una heladera que ha petrificado no pocos corazones. Cuando fue secuestrado Julio López (aún hoy desaparecido), Hebe Bonafini pareció congratularse. Dio a entender que por algo sería. Ahora la empardó la antes respetable señora de Carlotto, para quien hay dudas sobre la decena de muertos de esta semana. “Hay que ver quiénes son” balbuceó. No existe el sufrimiento cuando no afecta a los que mandan. El de los otros ni siquiera se lo admite.

Por cuerda separada, reina la fiesta. Cortejada por su falange de proveedores “artísticos”, jugosamente remunerados por la Casa Rosada, la presidenta expresa con meritoria franqueza sus preferencias estéticas y éticas. Invitados VIP al 10 de diciembre, Sofía Gala se roza con Ricardo Forster. Moria Casán con José Luis Manzano, Florencia de la V con Andrea del Boca y Pablo Echarri con Bonafini. En el escenario, los contratados hacen su delivery. León Gieco, el que pedía que la muerte no le sea indiferente, perpetra conscientemente su derrape: con argentinos muertos en uno saqueos tenebrosos, él proclama que esta vez sí es indiferente.

Una alfombra de helado cinismo transita el escenario nacional, en paralelo a unas celebraciones murgueras totalmente desprovistas de espontaneidad. Ya desde 2010, el kirchnerismo copó el mercado de la movida bullanguera. Como quien compra sexo porque odia las incertidumbres que implica la seducción, el Gobierno se enfiesta con murgas alquiladas. Allá va la presidenta, con una rígida sonrisa facial que mucho tiene de rictus pétreo y aderezo quirúrgico.

Baile de mascaras en el país donde todo lo que parece ser, en realidad no lo es, y en el que nada de lo importante pareciera ser visible. Binomio espantoso: estamos festejando la nada, mientras hay cadáveres todavía calientes.

Pepe Eliaschev

miércoles, 18 de diciembre de 2013

La Argentina, encallada en la historia

Hegel soñaba el proceso histórico como una forma de síntesis y superación de cada etapa precedente. En el reverso de esta concepción, la Argentina vive una forma regresiva del tiempo y una retroversión de la historia. De hecho, pareciera que el motor de nuestra historia se hubiera detenido. El presente, en nuestro caso, no es superación ni síntesis, sino la zona de acumulación del pasado, sin poder dejarlo atrás. En los pliegues del presente aparece una y otra vez el déjà vu . No es una excepción este final de ciclo kirchnerista, que se está convirtiendo en una ultraantología de escenas del pasado. La tendencia a la repetición, en sus aspectos más nocivos, muestra que bajo la proclama de la revolución hemos tenido un simulacro conservador, y un profundo respeto y arraigo en el statu quo . Porque la Argentina es el cambio en la superficie y la permanencia en lo profundo.

En efecto, la tensión social de estos días nos ha retrotraído a lo más nefasto de principios de siglo. Hordas primitivas invadiendo el Obelisco con la excusa de un festejo, ante la indolencia e impasividad de los poderes públicos; saqueos e incendios en más de una docena de provincias, en las cuales los vecinos debieron armarse en defensa propia ante la ausencia del Estado y la huelga policial. Estas escenas han mostrado nuevamente la fragilidad del tejido social, porque denotan que sólo la fuerza pública parece evitar el delito de gente que convive una al lado de la otra. A su vez, la corrupción, como emblema de los años 90, sigue teniendo una vigencia absoluta. Su volumen y descaro no sólo se ha repetido sino que ha ido in crescendo , con su complemento de impunidad, como lo muestra la suspensión del fiscal Campagnoli, mensaje cuasi mafioso para jueces y fiscales que se animen a investigar el poder.

Yendo más atrás aún, nos visitan nuevamente la inflación y las políticas de parche de los años 80, con emisión monetaria, déficit fiscal, controles de precios, cortes de luz y riesgo de default . Problemas que, al igual que en aquella época, son enfrentados con improvisaciones infantiles. De hecho, bastaría una brusca caída de la demanda de dinero y un aumento de su velocidad de circulación para espiralizar del todo la inflación. Podría continuarse la enumeración también hacia atrás, porque se hicieron presentes numerosos rasgos del autoritarismo predemocrático, como la imposición del temor para toda expresión de ideas diferentes. La matriz autoritaria de producción de iluminados sigue intacta, zona de donde brotan tanto la evangelización como las herejías, de derecha y de izquierda.

En suma, la sensación es que, en el plano sustancial, la Argentina es un barco encallado en la historia. Nada logra mover nuestras cuestiones más profundas de su estancamiento. Nietzsche, aunque en términos de orden metafísico, concibió la noción del eterno retorno de lo mismo como la carga más pesada: "Vamos a suponer que cierto día o cierta noche un demonio se introdujera furtivamente en la soledad más profunda y te dijera: esta vida tal como tú la vives y la has vivido tendrás que vivirla todavía otra vez y aún innumerables veces". Éste es el demonio que atormenta a la Argentina desde hace años. Es la impresión onírica de haber vivido todo lo que estamos viviendo. Y es, probablemente, la carga más pesada para el ánimo de los argentinos y la mayor razón para su desesperanza.

Que los restos de nuestra historia se reciclen una y otra vez tiene un correlato en una política que carece de inspiración e innovación y de visión del futuro. La vaca, viva o muerta, es una acertada figura para nuestros recursos dormidos. Nuestros gobernantes tienen una función rumiante frente a lo que necesita ser resuelto: emprenden una masticación indefinida, sin digestión ni expurgación. Es por eso que nuestro país sufre una monumental indigestión histórica.

A la Argentina le cabe la línea que Marx destinara a la filosofía: nos hemos dedicado a interpretarla, pero de lo que se trata es de transformarla. Cada diez años un gobierno convierte a la población en conejo de Indias de un experimento político que la devolverá a los casilleros iniciales de su avance. Así, el movimiento de la Argentina no es lineal y ascendente, sino errático y circular, destinado a mantener su statu quo más profundo. En nuestro caso, nuevamente invirtiendo los dichos de Hegel, no es la repetición de la historia lo que la convierte en farsa, sino la farsa lo que lleva, una y otra vez, a la repetición de la historia.

Ahora bien, ¿cuál es la consecuencia, en una sociedad, de repetir una y otra vez la historia? ¿Es inocuo que los hechos vuelvan una y otra vez? ¿Estamos simplemente frente a un lucro cesante de nuestro destino, o tiene esto secuelas más graves? La primera secuela es que la evidencia de lo inmutable genera altos niveles de frustración en la población, cosa que opera como uno de los combustibles de la violencia. Pero la otra consecuencia de la repetición indefinida es la impermeabilización de la conciencia y la destrucción de los umbrales de reacción de la gente. En esto radica la perversión de lo que se repite.

En efecto, hace 12 años, dos muertos eran suficientes para hacer caer un gobierno. Hoy, 13 muertos no son suficientes para suspender una fiesta en la que baila, en desconexión con la realidad, la Presidenta. Imaginemos también lo que siente el argentino medio cuando se alimenta nuestro reino del oxímoron al enviar a uno de los ejemplares más encumbrados de la viveza criolla como representante argentino a las exequias de Mandela. El fármaco que hemos ingerido para que esto sea posible es el de la reiteración y vaciamiento de sentido.

Es que lo más grave del vale todo de características exponenciales que estamos viviendo hoy en la Argentina es que genera una devaluación masiva de los hechos. Vemos que pasan decenas de eventos graves en pocas semanas, sin que a la larga se produzcan consecuencias. El tsunami de impunidad que observamos hace perder las referencias, y la velocidad de los acontecimientos hace que no tengan tiempo de producirse como significado. Y que no alcancen a adquirir valor. Así como se lavan los activos en efectivo visibilizándolos y depositándolos en el sistema bancario, un lavado de valores colectivo se produce también cuando se habilita la exteriorización de la ausencia de Derecho en la vida pública en forma crónica, sostenida e impune. Con hechos fabricados en material descartable es muy difícil avanzar en nuestra historia y dar un paso decisivo hacia adelante.

A su vez, de la banalización de los hechos a no asumir la responsabilidad sobre los propios actos hay un pasaje inmediato. El movimiento generalizado de irresponsabilidad se ve también liderado por el Estado, como lo muestra la reciente ley que aniquila el derecho a las reparaciones que le debe el Estado a los ciudadanos, la ley de auto-amnistía para lo ocurrido en estos años. Esa tendencia a la no responsabilidad se observa en cómo todo lo que ocurre se imputa a una conspiración o a un agente externo. Es la imposibilidad de asumir error alguno y, por lo tanto, la imposibilidad de modificarse a sí mismo.

Pero nunca se señalará lo suficiente que el misterio insondable no radica en la obscenidad del poder, sino en la ausencia de una insurrección profunda frente a este estado de cosas. El misterio es la debilidad de la rebeldía colectiva, probablemente horadada por la gota que cae una y otra vez. En cualquier caso, se ve que la energía de nuestra desdicha no ha sido suficiente todavía para producir un cambio. Ojalá ocurra en 2015, aunque todavía falta mucho para eso. Ya que antes de llegar se impone otra pregunta: ¿estamos en vías de experimentar una nueva crisis, a pesar de ser evitable? No lo sabemos, pero no se puede descartar que las produzcamos, aún innecesarias, porque es el único mecanismo de cambio que hasta ahora parece haber funcionado. En este sentido, la repetición más sutil es que la Argentina cede, cada tanto, al encanto de su desplome.

Enrique Valiente Noailles

lunes, 28 de octubre de 2013

Esta vez es distinto


Las urnas dieron una lección al kirchnerismo. Todos los liderazgos emergentes tienen una matriz dialoguista.

Esta vez la responsabilidad de Cristina como mariscal de la derrota es mas grave porque apareció un quiebre cultural y el tan negado fin de ciclo. Ayer la inmensa mayoría del pueblo argentino confirmó el fracaso de su estilo de conducción maltratador hacia adentro y hacia afuera de su tropa y de un nivel inédito de concentración del poder.

La ausencia de la Presidenta dejó a sus ministros girando en falso, sin saber hacia dónde ir, tomando medidas contradictorias, con extraños niveles de autonomía y con una actitud menos agresiva. Parecían más herederos de Fernando de la Rúa que de Cristina. Son los costos que hay que pagar cuando no se deja que florezca ninguna flor y cuando se elige la fidelidad y el verticalismo a la capacidad y la eficiencia. Suele decir Alberto Fernández (la tercera pata de la mesa del poder matrimonial durante años) que la Presidenta castiga a aquellos que tienen la osadía de expresar alguna disidencia por mas suave que sea. Son condenados a la Siberia y a una catarata descalificadora y permanente del oligopolio mediático que edificaron con nuestros dineros.

Su política de fabricar enemigos a toda hora como una manera de construir poder también se vino a pique, pese a que encontró justificación ideológica en los libros neopopulistas de Ernesto Laclau. En realidad su autoritarismo no viene de los libros. No es una actitud racional y militante. Tiene tres vertientes menos heroicas. La generacional, que en los 70 le ponía apellido a la democracia (burguesa, partidocrática, etc) pero que no creía en sus valores profundos, la territorial que los transformó en señores feudales y patrones de una estancia propia llamada Santa Cruz, y la personal surgida del carácter tanto de Néstor como de Cristina, incapaces de cosechar amigos o lealtades mas allá de la subordinación de la política. Siempre eligieron ser temidos a ser queridos. Eso fracasa porque todos los nuevos liderazgos que surgieron en las urnas son la contracara del estilo de Cristina. Tanto Massa, Macri, Binner, Cobos, Scioli si califica y hasta Capitanich tienen una matriz mas dialoguista, sin afiliarse a la lógica perversa que solo divide el mundo entre amigos y enemigos.

La composición social del voto es también un daño terrible al relato presuntamente progre nacional y popular. Massa en la provincia ganó en lugares del Conurbano donde solo es posible hacerlo con un gran respaldo de, por lo menos, un sector popular entre los habitantes más necesitados. Massa no es un fenómeno de derecha clase mediera y cacerolera. Es el capo de una nueva generación de peronistas que aprovechan el poder que nace de esa democracia de proximidad llamada intendencia. Y Néstor tampoco es Perón. A tres años de su fallecimiento no se registra su foto en las casas de los mas pobres como ocurrió con el general y con Evita. 

Cristina fue votada por fragmentos de trabajadores y excluídos y por eso llegó al 54% de los sufragios en el 2011, pero no se instaló eternamente en el corazón de los humildes. Néstor y Cristina son una referencia para militantes neofrepasistas y peronistas impresentables que necesitaban una locomotora que los empujara. Es difícil que el kirchnerismo supere el desafío y no se diluya en la historia como le pasó al menemismo y el duhaldismo. No hubo posibilidades de organizar un acto por Néstor realmente masivo y la celebración del 17 de octubre fue módica en presencia y sin llegar al mínimo acuerdo de un orador que los representara.

No solo hay fin de ciclo. También hay un nuevo proyecto de liderazgo que en 120 días sacó más de 4 millones de votos en la provincia y se convirtió en el candidato mas apoyado en las urnas. La autoestimulación que generó el Frente para la Victoria con un Amado Boudou exaltado de mentirita resultó patética. Una mueca propia de entierro de carnaval. Es cierto que en el 2009 también se anunció erróneamente que terminaba la etapa K del peronismo. Pero esta vez es distinto. Porque no hay posibilidades de que Cristina sea candidata y no existe nadie medianamente confiable para el núcleo duro que los represente en la competencia electoral. Hoy el kirchnerismo pinta mas para un partido de cuadros que de masas. Para un círculo cerrado que ahorrará años pero que difícilmente vuelva al poder después de 2015. Han sembrado mucho odio y división.



Alfredo Leuco