La Argentina tiene un Estado que recauda cada vez más, y al mismo tiempo un enorme déficit de inversión pública en infraestructura. Pero tampoco termina de resolver los problemas sociales. Cuestión de decisión
La economía argentina mantiene signos de fuerte recuperación, de la mano, como se viene insistiendo, de un escenario internacional por ahora muy favorable, de Brasil, y de un sector agrícola que ha superado las desgracias climáticas del año pasado.
Lo complejo, sin embargo, es que el largo ciclo de crecimiento iniciado a finales del 2002, sólo interrumpido por la crisis del 2008/09, muestra cuellos de botella importantes en sectores clave, como la energía, y no ha permitido reducir sustancialmente los núcleos duros de pobreza. Y, lo que es peor, el propio Gobierno reconoce que “no hay recursos públicos para atender, simultáneamente, todas las demandas de gasto de la sociedad”.
Dicho de otra manera, pese a un ciclo de crecimiento muy importante, la Argentina presenta serios déficits de oferta en áreas clave, como la infraestructura energética. Y la distribución del ingreso y la mejora de los sectores más pobres de la población no ha sido proporcional, ni mucho menos, al crecimiento observado.
Cabe, entonces, preguntarse por qué.
En el caso de los problemas energéticos, que se han hecho explícitos en estos días de frío, la razón es evidente. Se ha preferido importar energía cara en lugar de alentar la exploración y producción local. Las razones son diversas y confusas. Por un lado, al igual que lo que sucedió en el caso de la carne, se intentó proteger “el bolsillo de los argentinos”, no reconociendo precios rentables, en términos internacionales, a los productores de gas y petróleo, el primer eslabón de la cadena de precios de la energía, mientras que a lo largo del resto de la cadena se usaron subsidios financiados con impuestos, o se redujo drásticamente la rentabilidad empresaria.
Hubo, también, un objetivo no explicitado: obligar, como pasó ya en algunos casos, a “salir” del negocio a operadores internacionales y permitir el ingreso del “capitalismo nacional”. También este esquema facilitó, como se ha denunciado, el particular negocio con Venezuela, “monopolista” de la oferta de combustible importado, para reemplazar el gas faltante, pese a que la oferta local de combustible bien pudo haber reemplazado dichas importaciones a precios menores y calidades mayores, aunque, debe reconocerse, sin el particular financiamiento del amigo bolivariano. Esta interacción de controles de precios, subsidios y falta de renegociación integral de los contratos de servicios públicos obligó, entonces, a incrementar el gasto público, no sólo para subsidiar precios, sino también para realizar las inversiones indispensables para evitar el colapso de la oferta energética. (Aquí también hay un “subproducto” derivado de los típicos sobrecostos de estas inversiones, cuando se realizan de manera poco transparente.)
Y esto me lleva al segundo problema planteado: la pobreza. Como claramente indicó la Presidenta al oponerse al aumento de las jubilaciones mínimas propuesto por la oposición, “no hay plata para todo”. Pero nunca hubo plata para todo. Cada sociedad y cada gobierno fija prioridades y decide a qué destina sus ingresos y en quiénes los gasta.
Gracias al extraordinario crecimiento de estos años y a un sistema impositivo “brutal”, los ingresos públicos se incrementaron también extraordinariamente. Pero el gobierno “progresista” de los K, apoyado por una sociedad “progresista”, decidió gastar esos mayores ingresos en subsidiar precios de los servicios públicos no sólo a los sectores pobres sino también a los medios y altos y, en muchos casos, como el de las garrafas de gas, les negó esa ventaja a los sectores de menores recursos. Decidió reemplazar, insisto, inversión que pudo ser privada, bajo reglas adecuadas, por inversión pública que debió destinarse a aquéllas cuestiones en dónde el sector privado no quiere, no puede o no debe invertir. Decidió “regalarle” una jubilación no sólo a pobres, sino también a grupos de clase media y alta. Y, encima, como, efectivamente, no alcanza para todos, en los últimos años decidió que una parte de los gastos se financien con inflación, es decir, sacándole a los pobres de un bolsillo parte de lo que le pone en el otro.
Todo esto explica por qué, simultáneamente, la Argentina tiene un Estado que recauda cada vez más y, al mismo tiempo, déficit de inversión pública en infraestructura clave. Menor inversión privada de la que podría tener y graves problemas de pobreza y distribución del ingreso.
Mucha alegría y poca felicidad.
Por Enrique Szewach en Perfil.com
martes, 27 de julio de 2010
domingo, 25 de julio de 2010
Algunas claves del peronismo
Históricamente, el peronismo se presenta ante la sociedad como el partido que toma las grandes decisiones. Las decisiones pueden ser buenas o malas, pero siempre son importantes. Se dice que Perón hizo realidad todas las leyes sociales que los socialistas trajinaban inútilmente en el Parlamento. Es lo que dicen. Según se mire, la afirmación puede ser exagerada, pero como en la metáfora del vaso con agua, también puede ser verdadera; en cualquier caso, nunca es inocente.
Lo que importa es que los derechos sociales se consolidan como institución durante la gestión peronista. Como en la vida nada es gratis, por este beneficio histórico siempre hay un precio que pagar. En este caso, el precio fue soportar el liderazgo de Perón y admitir la existencia de un movimiento obrero corporativo tal como lo había pensado Benito Mussolini. Una mayoría estuvo dispuesta a pagar ese precio; una minoría, no. En todos los casos me estoy refiriendo a militantes preocupados por la situación de las clases populares y de la clase obrera en particular.
Los historiadores suelen debatir si el peronismo representó un avance para el movimiento obrero o un retroceso. El debate no es sencillo, porque tampoco es sencillo ponerse de acuerdo sobre las categorías de “avance y retroceso”. Los partidarios del avance se remiten a los hechos: derechos sociales, organizaciones sindicales, comisiones internas fabriles que -por más controladas que hayan estado- siempre hicieron valer sus reclamos, elevada participación en la renta nacional. Los críticos sostienen que con el peronismo el movimiento obrero perdió autonomía, perdió conciencia social de sus objetivos históricos y quedó sometido a un militar que era un demagogo.
Convengamos que en términos prácticos se impone con más fuerza la opción peronista. A las metas concretas que ofrecen: salarios, vivienda, vacaciones, pleno empleo, la oposición reivindica objetivos ideales de difícil explicitación. ¿Cuáles son los objetivos históricos de la clase obrera? Una pregunta que en los años cuarenta se respondía sola -era el socialismo-, pero que en el 2010 nadie puede contestar satisfactoriamente.
Reitero: una consigna clásica de los peronistas postula que los socialistas hablan pero los peronistas hacen. Los socialistas redactan leyes muy lindas, pero los peronistas las aplican. Ese efecto práctico -que reposa en un clásico discurso antiintelectual-, esa pedagogía eficaz, constituye una de las claves de la vigencia del peronismo y uno de los hilos conductores que explican al peronismo desde sus orígenes hasta la fecha.
Lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo, la izquierda y la derecha, todo parecería expresarse a través del peronismo. Fue militar y antimilitar, clerical y anticlerical, izquierdista y derechista, liberal y proteccionista. Digamos que nunca se privaron de nada. En todos los casos, las soluciones más antagónicas y dispares las realizaron cantando la marchita peronista. Y la mayoría de las veces, los mismos que dijeron una cosa no tuvieron demasiados reparos morales en decir exactamente lo contrario en la etapa siguiente. Lo decía en una nota anterior: el ochenta por ciento de los funcionarios kirchneristas fueron eficaces agentes del menemismo, empezando por los Kirchner.
Desde sus orígenes, el peronismo se identificó con la nación. Nunca se pensó como un partido, sino como un movimiento. En ese movimiento, había y hay lugar para todos y la única entrada que se debe pagar para ingresar es la de admitirse como peronista. Su flexibilidad ideológica es asombrosa. Alejados los fantasmas de los “infiltrados” de los años sesenta, hoy “peronista es todo el que dice serlo”, como me explicara un dirigente peronista de toda la vida.
Con los años y algunos contrastes electorales han aprendido que no pueden invocar una mayoría electoral absoluta, pero lo que han resignando en términos de votos lo han capitalizado en términos de poder. El peronismo puede, en sus mejores momentos, obtener el cincuenta por ciento de los votos, pero esa representación carece de relevancia al lado de la representación corporativa e institucional. Desde esta perspectiva, es legítimo pensar al peronismo como el poder real en la Argentina. Su pretensión de ser los únicos capaces de gobernar reposa en esta lectura de la realidad. Toman decisiones porque se han educado para eso y, al mismo tiempo, son los interlocutores y en más de un caso los representantes de una trama abigarrada y contradictoria de intereses materiales que se interpelan en clave peronista.
Conversando con dirigentes sindicales de izquierda que participaron en los acontecimientos de los años cuarenta, me decían que el peronismo reclutó lo peor del movimiento obrero, a los esquiroles y confidentes policiales y -agregaban- algunos traidores de nuestras filas, como fueron los casos de Borlenghi y Bramuglia. Lo que más destacaban es que ese peronismo, que nació golpista, militarista, clerical y represivo, nunca creyó en las banderas que reivindicó luego. El drama personal de Cipriano Reyes, organizador del 17 de octubre y luego encarcelado y torturado por el régimen que contribuyó a inventar, expresa muy bien esa contradicción entre lo que los dirigentes sindicales pensaban del peronismo y lo que el peronismo era en realidad.
La imputación que se le hizo en su momento de fascista fue exagerada pero no arbitraria. La formación ideológica de Perón -admitida por él mismo- fue fascista, pero un dirigente práctico como Perón no iba a atarse a un decálogo de verdades abstractas, sino que iba a intentar traducirlas a la realidad nacional. Y así lo hizo. El peronismo fue en aquellos años el fascismo posible en la Argentina, como muy bien lo sugirió Tulio Halperín Donghi. O, para decirlo en otros términos, el fascismo después de la derrota del fascismo.
De todos modos, su constitución histórica no fue una extravagancia social. En el peronismo, están presentes las tradiciones del clientelismo conservador, del nacionalismo militar, del populismo radical, de las encíclicas papales de su tiempo y de cierto obrerismo sindicalista y socialista. Todas estas experiencias históricas fueron traducidas y modeladas por Perón que sin duda demostró ser un dirigente excepcional, capaz de construir una fuerza política que pretendió ser algo más que un partido político y, de alguna manera, lo logró. El peronismo es un partido político, pero es también una cultura, una manera de vivir los problemas nacionales y una manera de proponer soluciones a esos problemas.
Lo que le permitió sobrevivir a lo largo de los años fue la conjugación del mito con el poder. El peronismo es una fecunda fábrica de mitos nacionales y, al mismo tiempo, una maquinaria implacable de construir poder. Hoy, la mitología se ha debilitado, pero la vocación voraz por el poder se mantiene intacta. Es esa facultad la que le permite adaptarse a todos los escenarios políticos posibles. Un peronista cree en muchas cosas y al mismo tiempo no cree en nada. En esta actitud, hay mucho de cinismo, pero es esa predisposición la que le permite en el siglo XXI ser inusualmente eficaz, porque es un mundo donde todas las certezas parecen haberse debilitado, y mucho más importante que idolatrar las ideologías es idolatrar al poder. Así pensado, el peronismo es la idolatría del poder en un tiempo donde todas las ilusiones se desvanecen. La certeza de que los peronistas nunca creen en lo que hacen y mucho menos en lo que dicen, recorre toda la literatura crítica respecto de esta fuerza política. ¿Menem cree en el liberalismo y la economía de mercado? ¿Kirchner cree en los derechos humanos, la libertad de prensa y la igualdad de los sexos? Atendiendo a sus trayectorias, a lo que dijeron e hicieron, todo hace pensar que no sólo no creen sino que sus personalidades políticas se fundaron en las antípodas de esos ideales. Sin embargo, el neoliberalismo en los años noventa pertenece a Menem y los derechos humanos y la igualdad de los sexos pertenece a los Kirchner.
Los peronistas no creen en lo que hacen, pero lo hacen. ¿Existe otra manera de pensar la política, el poder y la sociedad?, ¿es posible pensar la política desde otra cultura, desde otra perspectiva que no sea el cinismo, la visión descarnada del poder? Existe, expresa a la mitad de la Argentina que ha decidido hace tiempo no ser peronista. La contradicción peronismo-antiperonismo ha sido superada como contradicción que se resuelve por el camino del exterminio de unas de las partes, pero a mi modesto criterio se mantiene vigente como contradicción cultural, como visión ética, como perspectiva histórica, como concepción del hombre e interpretación de valores. En definitiva, se mantiene vigente como dato de la política y como tarea política.
Rogelio Alaniz
Lo que importa es que los derechos sociales se consolidan como institución durante la gestión peronista. Como en la vida nada es gratis, por este beneficio histórico siempre hay un precio que pagar. En este caso, el precio fue soportar el liderazgo de Perón y admitir la existencia de un movimiento obrero corporativo tal como lo había pensado Benito Mussolini. Una mayoría estuvo dispuesta a pagar ese precio; una minoría, no. En todos los casos me estoy refiriendo a militantes preocupados por la situación de las clases populares y de la clase obrera en particular.
Los historiadores suelen debatir si el peronismo representó un avance para el movimiento obrero o un retroceso. El debate no es sencillo, porque tampoco es sencillo ponerse de acuerdo sobre las categorías de “avance y retroceso”. Los partidarios del avance se remiten a los hechos: derechos sociales, organizaciones sindicales, comisiones internas fabriles que -por más controladas que hayan estado- siempre hicieron valer sus reclamos, elevada participación en la renta nacional. Los críticos sostienen que con el peronismo el movimiento obrero perdió autonomía, perdió conciencia social de sus objetivos históricos y quedó sometido a un militar que era un demagogo.
Convengamos que en términos prácticos se impone con más fuerza la opción peronista. A las metas concretas que ofrecen: salarios, vivienda, vacaciones, pleno empleo, la oposición reivindica objetivos ideales de difícil explicitación. ¿Cuáles son los objetivos históricos de la clase obrera? Una pregunta que en los años cuarenta se respondía sola -era el socialismo-, pero que en el 2010 nadie puede contestar satisfactoriamente.
Reitero: una consigna clásica de los peronistas postula que los socialistas hablan pero los peronistas hacen. Los socialistas redactan leyes muy lindas, pero los peronistas las aplican. Ese efecto práctico -que reposa en un clásico discurso antiintelectual-, esa pedagogía eficaz, constituye una de las claves de la vigencia del peronismo y uno de los hilos conductores que explican al peronismo desde sus orígenes hasta la fecha.
Lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo, la izquierda y la derecha, todo parecería expresarse a través del peronismo. Fue militar y antimilitar, clerical y anticlerical, izquierdista y derechista, liberal y proteccionista. Digamos que nunca se privaron de nada. En todos los casos, las soluciones más antagónicas y dispares las realizaron cantando la marchita peronista. Y la mayoría de las veces, los mismos que dijeron una cosa no tuvieron demasiados reparos morales en decir exactamente lo contrario en la etapa siguiente. Lo decía en una nota anterior: el ochenta por ciento de los funcionarios kirchneristas fueron eficaces agentes del menemismo, empezando por los Kirchner.
Desde sus orígenes, el peronismo se identificó con la nación. Nunca se pensó como un partido, sino como un movimiento. En ese movimiento, había y hay lugar para todos y la única entrada que se debe pagar para ingresar es la de admitirse como peronista. Su flexibilidad ideológica es asombrosa. Alejados los fantasmas de los “infiltrados” de los años sesenta, hoy “peronista es todo el que dice serlo”, como me explicara un dirigente peronista de toda la vida.
Con los años y algunos contrastes electorales han aprendido que no pueden invocar una mayoría electoral absoluta, pero lo que han resignando en términos de votos lo han capitalizado en términos de poder. El peronismo puede, en sus mejores momentos, obtener el cincuenta por ciento de los votos, pero esa representación carece de relevancia al lado de la representación corporativa e institucional. Desde esta perspectiva, es legítimo pensar al peronismo como el poder real en la Argentina. Su pretensión de ser los únicos capaces de gobernar reposa en esta lectura de la realidad. Toman decisiones porque se han educado para eso y, al mismo tiempo, son los interlocutores y en más de un caso los representantes de una trama abigarrada y contradictoria de intereses materiales que se interpelan en clave peronista.
Conversando con dirigentes sindicales de izquierda que participaron en los acontecimientos de los años cuarenta, me decían que el peronismo reclutó lo peor del movimiento obrero, a los esquiroles y confidentes policiales y -agregaban- algunos traidores de nuestras filas, como fueron los casos de Borlenghi y Bramuglia. Lo que más destacaban es que ese peronismo, que nació golpista, militarista, clerical y represivo, nunca creyó en las banderas que reivindicó luego. El drama personal de Cipriano Reyes, organizador del 17 de octubre y luego encarcelado y torturado por el régimen que contribuyó a inventar, expresa muy bien esa contradicción entre lo que los dirigentes sindicales pensaban del peronismo y lo que el peronismo era en realidad.
La imputación que se le hizo en su momento de fascista fue exagerada pero no arbitraria. La formación ideológica de Perón -admitida por él mismo- fue fascista, pero un dirigente práctico como Perón no iba a atarse a un decálogo de verdades abstractas, sino que iba a intentar traducirlas a la realidad nacional. Y así lo hizo. El peronismo fue en aquellos años el fascismo posible en la Argentina, como muy bien lo sugirió Tulio Halperín Donghi. O, para decirlo en otros términos, el fascismo después de la derrota del fascismo.
De todos modos, su constitución histórica no fue una extravagancia social. En el peronismo, están presentes las tradiciones del clientelismo conservador, del nacionalismo militar, del populismo radical, de las encíclicas papales de su tiempo y de cierto obrerismo sindicalista y socialista. Todas estas experiencias históricas fueron traducidas y modeladas por Perón que sin duda demostró ser un dirigente excepcional, capaz de construir una fuerza política que pretendió ser algo más que un partido político y, de alguna manera, lo logró. El peronismo es un partido político, pero es también una cultura, una manera de vivir los problemas nacionales y una manera de proponer soluciones a esos problemas.
Lo que le permitió sobrevivir a lo largo de los años fue la conjugación del mito con el poder. El peronismo es una fecunda fábrica de mitos nacionales y, al mismo tiempo, una maquinaria implacable de construir poder. Hoy, la mitología se ha debilitado, pero la vocación voraz por el poder se mantiene intacta. Es esa facultad la que le permite adaptarse a todos los escenarios políticos posibles. Un peronista cree en muchas cosas y al mismo tiempo no cree en nada. En esta actitud, hay mucho de cinismo, pero es esa predisposición la que le permite en el siglo XXI ser inusualmente eficaz, porque es un mundo donde todas las certezas parecen haberse debilitado, y mucho más importante que idolatrar las ideologías es idolatrar al poder. Así pensado, el peronismo es la idolatría del poder en un tiempo donde todas las ilusiones se desvanecen. La certeza de que los peronistas nunca creen en lo que hacen y mucho menos en lo que dicen, recorre toda la literatura crítica respecto de esta fuerza política. ¿Menem cree en el liberalismo y la economía de mercado? ¿Kirchner cree en los derechos humanos, la libertad de prensa y la igualdad de los sexos? Atendiendo a sus trayectorias, a lo que dijeron e hicieron, todo hace pensar que no sólo no creen sino que sus personalidades políticas se fundaron en las antípodas de esos ideales. Sin embargo, el neoliberalismo en los años noventa pertenece a Menem y los derechos humanos y la igualdad de los sexos pertenece a los Kirchner.
Los peronistas no creen en lo que hacen, pero lo hacen. ¿Existe otra manera de pensar la política, el poder y la sociedad?, ¿es posible pensar la política desde otra cultura, desde otra perspectiva que no sea el cinismo, la visión descarnada del poder? Existe, expresa a la mitad de la Argentina que ha decidido hace tiempo no ser peronista. La contradicción peronismo-antiperonismo ha sido superada como contradicción que se resuelve por el camino del exterminio de unas de las partes, pero a mi modesto criterio se mantiene vigente como contradicción cultural, como visión ética, como perspectiva histórica, como concepción del hombre e interpretación de valores. En definitiva, se mantiene vigente como dato de la política y como tarea política.
Rogelio Alaniz
lunes, 19 de julio de 2010
KIRCHNER Y MENEM, MÁS PARECIDOS QUE NUNCA
¿Cuáles son las diferencias sustanciales entre el menemismo y el kirchnerismo? En el discurso, muchísimas; en los hechos, bien pocas. Salvo el avance que los Kirchner han iniciado contra los jerarcas de la dictadura militar de los años 70, lo demás es sólo más de lo mismo.
Solamente por dar un ejemplo, Carlos Menem entregó las empresas del Estado a puntuales personeros foráneos, mientras que el matrimonio gobernante hizo lo propio con amigos que ostentan fuerte llegada a Casa de Gobierno.
En el mismo sentido, ambos han abusado del efectivo servicio de espionaje de la ex SIDE para presionar a propios y ajenos y ninguno de los dos puede explicar cabalmente cuál es el origen de su fortuna. Respecto a este último punto, no casualmente los Kirchner y Menem poseen suculentas cuentas bancarias en Suiza.
Los escándalos de corrupción del menemismo —imperdonables, desde ya— parecen minimizarse frente al saqueo de los últimos años de los Kirchner. Sólo lo ocurrido con los evaporados fondos de Santa Cruz amerita cárcel segura para Néstor y Cristina.
A eso debe agregarse el crecimiento del juego, el narcotráfico y la prostitución, tópicos que jamás serán combatidos por el Estado, ya que el mismísimo Poder Ejecutivo tiene una segura caja dineraria allí, la cual es manejada por el ministro más poderoso del kirchenrismo.
¿Es este el célebre progresismo K? ¿O tiene que ver con las valijas con cocaína de Southern Winds? Nadie habla ya de este último escándalo, en el cual aparece involucrado de manera directa el matrimonio gobernante.
Tampoco se habla ya del escándalo de las coimas de Skanska, expediente que ha sido vergonzosamente manipulado por los Kirchner para que muera en la prescripción judicial.
El kirchnerismo ha desmantelado todos los controles, ya sea en el Consejo de la Magistratura, en el fuero de la Justicia Federal —donde se investigan todas las causas sensibles a la política—, en la Aduana Nacional, en la Oficina Anticorrupción y/o en la mismísima Sindicatura General de la Nación. ¿Es este el progresismo que ostentan los Kirchner?
Los escándalos de corrupción que envuelven a los funcionarios K, se suman de a docenas, pero nadie jamás hará nada al respecto, porque la presión oficial es más fuerte que cualquier voluntad por hacer real justicia.
Es realmente sencillo gobernar de esta manera, sentándose sobre las “cajas” más rentables de la política y sin que nadie pueda controlar nada.
El periodismo no está exento de culpa: muchos colegas —la mayoría de ellos a cambio de suculentos sobres de dinero— apoyan el pseudoprogresismo oficial y atacan al periodismo, no ya independiente, sino meramente crítico de la política K.
Semejante cúmulo de “desprolijidades” —por dar una definición amable— no pueden si no acarrear una inevitable situación de descontrol y corrupción, más allá de quien se encuentre en el poder.
Por eso el menemismo es, en su matriz, tan parecido al kirchnerismo, sobre todo en lo que a saqueo respecta. No casualmente, el mejor interlocutor del gobierno en el Senado hoy es Carlos Menem. Todo un síntoma.
Por todo lo dicho, y mucho más, hoy la Argentina se encuentra atrapada bajo las garras de uno de los gobiernos más corruptos de la historia vernácula.
Christian Sanz
Solamente por dar un ejemplo, Carlos Menem entregó las empresas del Estado a puntuales personeros foráneos, mientras que el matrimonio gobernante hizo lo propio con amigos que ostentan fuerte llegada a Casa de Gobierno.
En el mismo sentido, ambos han abusado del efectivo servicio de espionaje de la ex SIDE para presionar a propios y ajenos y ninguno de los dos puede explicar cabalmente cuál es el origen de su fortuna. Respecto a este último punto, no casualmente los Kirchner y Menem poseen suculentas cuentas bancarias en Suiza.
Los escándalos de corrupción del menemismo —imperdonables, desde ya— parecen minimizarse frente al saqueo de los últimos años de los Kirchner. Sólo lo ocurrido con los evaporados fondos de Santa Cruz amerita cárcel segura para Néstor y Cristina.
A eso debe agregarse el crecimiento del juego, el narcotráfico y la prostitución, tópicos que jamás serán combatidos por el Estado, ya que el mismísimo Poder Ejecutivo tiene una segura caja dineraria allí, la cual es manejada por el ministro más poderoso del kirchenrismo.
¿Es este el célebre progresismo K? ¿O tiene que ver con las valijas con cocaína de Southern Winds? Nadie habla ya de este último escándalo, en el cual aparece involucrado de manera directa el matrimonio gobernante.
Tampoco se habla ya del escándalo de las coimas de Skanska, expediente que ha sido vergonzosamente manipulado por los Kirchner para que muera en la prescripción judicial.
El kirchnerismo ha desmantelado todos los controles, ya sea en el Consejo de la Magistratura, en el fuero de la Justicia Federal —donde se investigan todas las causas sensibles a la política—, en la Aduana Nacional, en la Oficina Anticorrupción y/o en la mismísima Sindicatura General de la Nación. ¿Es este el progresismo que ostentan los Kirchner?
Los escándalos de corrupción que envuelven a los funcionarios K, se suman de a docenas, pero nadie jamás hará nada al respecto, porque la presión oficial es más fuerte que cualquier voluntad por hacer real justicia.
Es realmente sencillo gobernar de esta manera, sentándose sobre las “cajas” más rentables de la política y sin que nadie pueda controlar nada.
El periodismo no está exento de culpa: muchos colegas —la mayoría de ellos a cambio de suculentos sobres de dinero— apoyan el pseudoprogresismo oficial y atacan al periodismo, no ya independiente, sino meramente crítico de la política K.
Semejante cúmulo de “desprolijidades” —por dar una definición amable— no pueden si no acarrear una inevitable situación de descontrol y corrupción, más allá de quien se encuentre en el poder.
Por eso el menemismo es, en su matriz, tan parecido al kirchnerismo, sobre todo en lo que a saqueo respecta. No casualmente, el mejor interlocutor del gobierno en el Senado hoy es Carlos Menem. Todo un síntoma.
Por todo lo dicho, y mucho más, hoy la Argentina se encuentra atrapada bajo las garras de uno de los gobiernos más corruptos de la historia vernácula.
Christian Sanz
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