Idealmente, se percibe a la prensa como un contrapoder y se le acusa de no realizar su trabajo crítico y fabricar el consentimiento en torno a los poderes. La crítica tradicional de los medios estima que ahí está la mano de algunos grandes grupos económicos. Pero se puede pensar que el punto de bloqueo es más profundo: reside en la noción misma de «información». Ese término, utilizado con frecuencia, lleva en sí un punto de vista filosófico y una manera de ser en el mundo. La ideología de la información se ha convertido en un instrumento de consentimiento y de sometimiento de las poblaciones.
Contrariamente a lo que parece, la libertad de información es una noción opuesta a la libertad de expresión. La primera consiste en difundir algo conocido y seguro. La segunda en presentar públicamente una visión personal. La libertad de información presupone una verdad objetiva, la libertad de expresión implica que esa verdad lleva a la relación que mantenemos con algo y no a ese propio algo.
El sistema de la objetividad / subjetividad.
Lo que llamamos «información» se presenta como un término técnico: se trata de un dato sobre algo. Ese dato para nosotros tiene un carácter científico: debe ser exacto. Una información puede ser verdadera o falsa. Cuando se presentan dos informaciones contradictorias, una debe dar paso a la otra: «No es posible decirlo todo y lo contrario.» Sin embargo, las informaciones que tenemos sobre algo puede estar incompletas, pero una información en sí misma no puede estar incompleta. Es un dato conocido y seguro que puede completarse con otros datos.
Para describir algo, un acontecimiento, un hecho, debemos suministrar informaciones objetivas al respecto. Ciertamente, nos es difícil escapar a nuestra subjetividad, pero a pesar de todo se debe buscar, con el máximo de fuerza y de honestidad, la objetividad: entrecruzando los diferentes puntos de vista subjetivos y abstrayéndonos, en lo posible, de nuestras propias opiniones. Por ende, la objetividad es un ideal, inaccesible, pero hacia el cual tenemos que tender con tenacidad.
De ese modo, la objetividad es la noción fundamental que acompaña a la información. Si podemos proporcionar informaciones objetivas sobre un hecho, es porque el hecho es objetivo. Un hecho objetivo no necesita de nosotros para existir, existe fuera de cualquier relación que podamos tener con él. Ese hecho se nos dio para observarlo.
La lógica aparente de todo esto no debe suprimir el debate filosófico sobre la objetividad. Con frecuencia, ese debate se vincula con la cuestión de la subjetividad. Estamos de acuerdo en que no es posible conocer un hecho de manera objetiva y en que debemos admitir y dar a conocer la subjetividad con la que lo conocemos. Pero entonces, la subjetividad aparece como la crítica que la objetividad acepta hacerse a sí misma. Se sitúa en el mismo sistema de pensamiento. La objetividad afirma que las cosas están en sí mismas.
La crítica subjetiva es conveniente. Le basta con presentar un método de observación: todo depende del punto de vista con que se mire; por consiguiente debemos decir desde donde hablamos y también, para acercarnos a la verdad objetiva, entrecruzar puntos de vista diferentes. Lo ideal de una verdad objetiva perdura. En su forma más fuerte, la crítica subjetiva hace que parezca imposible conocer esa verdad. En su forma más débil, se limita a dar una opinión, una opinión al respecto, sin ponerla en dudas: «Esto es lo que pienso de lo que todos conocen.» El debate filosófico sobre la información no se limita, por consiguiente, a afirmar subjetividades.
La relación y la cuestión de nuestro lugar en el mundo.
Esta discusión de aparente buen sentido entre la objetividad y la subjetividad crea un impassse sobre un elemento fundamental: la relación. Es cierto que quizás algo no necesite de mí para existir, pero si hablo del tema establezco una relación con él. En un momento determinado, en mi campo de percepción está al mínimo.
Precisamente porque tiene una relación conmigo hablo del tema, de lo contrario, ni siquiera lo conocería. Por otra parte, considero que es útil hablar del asunto porque pienso que eso que tengo en mi campo de percepción incide en mi vida, directa o indirectamente, física o intelectualmente, etc. La relación que mantengo con ese algo del que hablo es ahora el punto fundamental. Lo que diré sobre el tema hablará de nosotros, de la relación que existe entre el asunto y yo.
El debate sobre la objetividad de las cosas y el del punto de vista objetivo o subjetivo no tienen valor alguno si nos colocamos en el campo de la relación. Por el contrario, la cuestión de la relación aporta una claridad nueva sobre el uso de la noción de información y objetividad. Cuando pienso en términos de relación, me pregunto sobre la influencia que ese algo tiene sobre mí y a la inversa, sobre la que yo puedo tener sobre el asunto.
Cuando me sitúo en el sistema de la información y la objetividad, aprendo sobre algo y ese conocimiento, a priori, no tiene ninguna incidencia sobre mí, de igual modo no se plantea mi capacidad de acción. Por consiguiente, el pensamiento de la relación implica la interacción entre el mundo y yo: sondea la influencia, la determinación del mundo con respecto a mí y se interroga sobre mi capacidad de acción.
Pensar en términos de relación hace que aparezca la problemática de nuestro lugar en el mundo. Se percibe entonces que la palabra «información» no es un término técnico, sino una noción filosófica que lleva en sí misma una concepción del mundo. El giro de pensamiento objetivo implica un objeto de estudio. La objetividad supone la objetivización del mundo. Nosotros no vivimos ya en relación con el mundo, vivimos entre las cosas. Nuestra actividad no se piensa en términos de relaciones, sino de gestión de las cosas con respecto a las que conocemos.
De ese modo, el insensible desplazamiento que se produce de la libertad de expresión a la libertad de información es paralelo a la disminución de la capacidad de acción del ciudadano y a la aparición de la figura de gestor. Vemos el mundo como un conjunto de objetos, nuestra vida en el mundo consiste ahora en administrar los objetos. Y si todo lo percibimos como tal, aceptamos también ser transformados en objetos. El triste desencadenamiento del mundo surge entonces como el producto de la ideología de la objetividad. Periodistas, sociólogos y otros expertos objetivos trabajan en ese sentido.
La no posesión del mundo.
Para la lógica de la información, la adquisición de los conocimientos es un fin en sí mismo. Es objeto de atención de todas las universidades y el objetivo de cualquier persona culta.
De ese modo, la formación de un periodista corresponde al aprendizaje de algunas técnicas del oficio y a la absorción de una «cultura general». La figura del sabio, que no existe en la sociedad de la información, es remplazada por la del hombre culto cuyo conocimiento enciclopédico produce admiración, pero mientras «la suma del conocimiento» se infla vertiginosamente, el ser humano pierde el vínculo con el mundo. De El Extranjero de Camus a los personajes de Kafka, la literatura es recorrida por un ser ajeno a su vida.
Perdido en un mundo incoherente y absurdo, lo observa, lo diseca, lo destruye y no encuentra en definitiva nada que lo una a él. El hombre enciclopédico no conoce la experiencia, le interesa todo pero no se implica en nada.
Así, el concepto de información conduce a nuestra desposesión consentida del mundo. A partir de ahí, ya no nos parece intolerable que otros vean la realidad por nosotros y nos digan como es: son simples técnicos que recepcionan y transmiten informaciones. Un periodista objetivo es un intermediario técnico. Sus opiniones no deben transparentarse para no crear interferencias entre nosotros y la información. Los medios no se perciben como mediadores entre nosotros y la realidad, sino como soportes de informaciones neutras. Y sin embargo, como vimos que la «información» no es un término técnico, el «medio» no es tampoco un soporte técnico.
Los medios no conocieron la revolución vivida por el cristianismo con la Reforma. Antes de la protesta de Martín Lutero, los sacerdotes eran percibidos como intermediarios naturales entre los creyentes y la realidad divina. Después de la Reforma, cada cual pudo leer y comprender la Biblia sin necesidad de una autoridad eclesiástica.
La prensa ha llevado a las poblaciones de las democracias a una situación anterior a la Reforma. Ya no es posible conocer la realidad sin la ayuda de un tercero. En la mente de cada cual, el periodista no es el que nos vincula con la realidad, sino alguien sin el cual es imposible conocerla.
Esta situación se justifica por la contradicción entre nuestra falta de tiempo o de medios y la sed de conocimientos que tenemos. Quisiéramos conocer lo que sucede de un extremo al otro del mundo, pero no disponemos de los medios para ir a esos lugares, tanto más cuanto que nos interesan otros temas. Pero ¿qué significa ese «interés»?
El interés se manifiesta hacia las cosas con las que no somos capaces de relacionarnos: no podemos ir al lugar, y no tenemos tiempo para dedicarle al asunto..., pero pretendemos que influya en nuestra vidas, incluso que podamos tener una influencia en el mismo.
¿Cómo puede ser posible? ¿Cómo podríamos actuar sobre algo que no podemos ni siquiera ver con nuestros propios ojos y con lo que no podemos relacionarnos? Delegando, por supuesto que sí. Confiamos una vez más en otros para que actúen por nosotros. Ya no son periodistas, cuya función se limita a reportar, sino, por ejemplo, políticos humanitarios o militares. De esa manera, actuamos por delegación sobre las cosas que conocemos por intermediarios.
Podríamos calificar nuestro margen de maniobras como sigue: consentimos en que se actúe a nuestro nombre según lo que otros nos han asegurado. La información no produce la acción sino el consentimiento.
Los intelectuales de los Estados Unidos Noam Chomsky y Edward S. Herman analizaron principalmente la fabricación del consentimiento por parte de la prensa como resultado del sistema económico (Manufacturing Consent, Pantheon Books, 1988. Éd. francesa: La Fabrique de l’opinion publique, Le Serpent à plumes, 2003). Además, la formación del consentimiento no es un derivado del periodismo de información, sino su propia función.
Que los diarios sean sometidos a firmas multinacionales y a anunciantes publicitarios poco importa. Fueron concebidos para informar y no pueden hacer otra cosa que fabricar consentimiento. Han constituido un proceder intelectual de sumisión a terceros. El hombre enciclopédico es ajeno a la acción.
Es receptáculo pasivo de informaciones abstractas. Como espectador educado, a veces no consiente y critica. Critica sin alcance, y su efecto es darle seguridad en sí mismo al propio espectador. El estado de espectáculo en que nos encontramos puede analizarse entonces como provocado por la ideología de la información.
Debemos tomar conciencia de las implicaciones fundamentales de la noción banal de «información». La ideología de la información implica un estado de ánimo, una manera de ser en el mundo: conocimiento abstracto, alejado de cualquier relación personal o colectiva; conversión del mundo en un simple objeto de estudio; gestión de las cosas; gestión de los seres reducidos al estado de cosas; pasividad en la adquisición del conocimiento; sumisión con respecto a terceros y delegación, también, de la capacidad de actuar sobre el mundo; estado de espectáculo; consentimiento; crítica de espectador; pasividad...
La salvaguarda de la ideología de la información es el método utilizado para mantener a los ciudadanos en el estado de espectadores que consienten o critican. No se puede llevar a cabo ninguna lucha democrática aceptando esa ideología que le es fundamentalmente opuesta. Para la democracia, la información -y por consiguiente «la libertad de información»- debe combatirse como ideología de servilismo. En su lugar, debemos defender la libertad de expresión que implica la relación, la acción, el compromiso.
Hablar del mundo no es un acto descriptivo, es una acción con resultados: no nos contentamos con decir algo tal como es, lo hacemos existir de una manera particular. La información, a través de una descripción seudo científica, reduce al mundo a una aparente objetividad. La expresión hace que el mundo exista para nosotros de mil maneras.
La libertad de expresión lleva a una realidad mucho más rica, más densa y más compleja que la instituida por la ideología de la información. Sobre todo, nos vuelve a dar un lugar en el mundo y hace que nuestra capacidad de acción sea efectiva.
Raphaël Meyssan
martes, 31 de agosto de 2010
Reglas de conducta para tiempos oscuros
Como muchos otros argentinos (aunque el rating de la transmisión en directo fue más bajo que el esperado por el Gobierno) seguí este último martes 24 de agosto la performance televisiva de la señora Presidenta. Me acordé de la expresión consagrada –primero por Pink Floyd y luego por Queen– “the show must go on”: el espectáculo debe continuar. Desde el punto de vista de la dramaturgia televisiva fue interesante: tuvo tiempos densos y tiempos calmos bien ritmados, un juego convincente con los expedientes del caso sobre la tarima, una mirada selectiva a los presentes en la sala y alguna interpelación directa a fulano o a mengano. Las expresiones irónicas o sarcásticas “cerraban” cada momento discursivo provocando, como era de esperar, el aplauso inmediato del público. Es verdad que las panorámicas de la cámara parecían estar buscando a las muchas caras que faltaban, pero no importa: la Presidenta transmitía comodidad y convicción en su rol. Ella misma aludió a su entrenamiento de abogada para estas puestas en escena. Planos fijos reiterados de una mesa cubierta de expedientes: materialización, claro, de un formidable trabajo de investigación. No podrá competir para los Grammy, pero me hizo pensar en la heroína de The Good Wife: allí, también, la brillante abogada tiene que ejercer su profesión permanentemente perturbada por los serios problemas del marido. Terminado, el show me pareció un toque de atención (con perdón de la fórmula) sobre lo que se viene. Pensé entonces, en algunas reglas de conducta que someto a la consideración de aquellos conciudadanos que comparten, en mayor o menor medida, mis inquietudes.
1. Poner punto final a la inatención, la falta de interés o la indiferencia. Nos esperan tiempos difíciles, la tensión política y social va a ir en aumento y la ciudadanía será reiteradamente invitada a ocupar el lugar de espectadores pasivos de malabarismos destinados a generar asociaciones mentales sin razonamientos, climas afectivos sin argumentos, convicciones sin hechos ni pruebas. La voluntad de manipulación de la opinión pública no tendrá límites.
2. Ante la propaganda oficial, que será cada vez más intensa y omnipresente (y sin tandas publicitarias, puesto que está financiada con el dinero público), preparemos el estado de ánimo y la distancia crítica necesarios para poder ejercer nuestra capacidad de formular los juicios morales que correspondan: las trampas nos esperan a la vuelta de cada esquina. La voluntad de manipulación de la opinión pública no tendrá límites.
3. No demorarnos en tal o cual frase, en el pronunciamiento puntual de éste o de aquél, en la afirmación aislada de uno u otro ministro, en la focalización en tal o cual dato estadístico; la construcción discursiva del kirchnerismo es global, y los dispositivos de persuasión sólo se vuelven visibles a nivel macroscópico. En su show del día martes, la señora Presidenta pasó largos minutos recreando el clima del Proceso, leyendo uno tras otro los artículos del Acta Número 1 de la Junta Militar, publicada el 29 de marzo de 1976 –que nada tenían que ver con el tema en cuestión– para poder inducir, con la ayuda de la original categoría de “libertad ambulatoria”, la asociación entre la venta de Papel Prensa y la represión militar, la tortura y la violación de los derechos humanos. La voluntad de manipulación de la opinión pública no tendrá límites.
4. Prepararnos para ir desarticulando, con paciencia y sentido común, una larga lista de golpes de efecto destinados a invadir el espacio público. Fibertel y Papel Prensa son apenas los dos primeros episodios. Los Kirchner son nuestro Lost nacional: están perdidos, pero cada nuevo episodio será más sensacional que el precedente. La voluntad de manipulación de la opinión pública no tendrá límites.
5. Convencernos de que tenemos una Argentina para desarmar y no para armar: esa Argentina exitosa que la comunicación oficial irá construyendo a lo largo de los próximos meses, apropiándose de todos los factores, presentes y pasados, propios y ajenos, controlables y no controlables, que permitan presentarla como el producto del “modelo” kirchnerista. La voluntad de manipulación de la opinión pública no tendrá límites.
Recordar, ante esta voluntad del Gobierno, que toda manipulación de la opinión tiene, en democracia, límites: los que la ciudadanía, manifestándose de múltiples maneras en el espacio público, decida ponerle.
Eliseo Verón
1. Poner punto final a la inatención, la falta de interés o la indiferencia. Nos esperan tiempos difíciles, la tensión política y social va a ir en aumento y la ciudadanía será reiteradamente invitada a ocupar el lugar de espectadores pasivos de malabarismos destinados a generar asociaciones mentales sin razonamientos, climas afectivos sin argumentos, convicciones sin hechos ni pruebas. La voluntad de manipulación de la opinión pública no tendrá límites.
2. Ante la propaganda oficial, que será cada vez más intensa y omnipresente (y sin tandas publicitarias, puesto que está financiada con el dinero público), preparemos el estado de ánimo y la distancia crítica necesarios para poder ejercer nuestra capacidad de formular los juicios morales que correspondan: las trampas nos esperan a la vuelta de cada esquina. La voluntad de manipulación de la opinión pública no tendrá límites.
3. No demorarnos en tal o cual frase, en el pronunciamiento puntual de éste o de aquél, en la afirmación aislada de uno u otro ministro, en la focalización en tal o cual dato estadístico; la construcción discursiva del kirchnerismo es global, y los dispositivos de persuasión sólo se vuelven visibles a nivel macroscópico. En su show del día martes, la señora Presidenta pasó largos minutos recreando el clima del Proceso, leyendo uno tras otro los artículos del Acta Número 1 de la Junta Militar, publicada el 29 de marzo de 1976 –que nada tenían que ver con el tema en cuestión– para poder inducir, con la ayuda de la original categoría de “libertad ambulatoria”, la asociación entre la venta de Papel Prensa y la represión militar, la tortura y la violación de los derechos humanos. La voluntad de manipulación de la opinión pública no tendrá límites.
4. Prepararnos para ir desarticulando, con paciencia y sentido común, una larga lista de golpes de efecto destinados a invadir el espacio público. Fibertel y Papel Prensa son apenas los dos primeros episodios. Los Kirchner son nuestro Lost nacional: están perdidos, pero cada nuevo episodio será más sensacional que el precedente. La voluntad de manipulación de la opinión pública no tendrá límites.
5. Convencernos de que tenemos una Argentina para desarmar y no para armar: esa Argentina exitosa que la comunicación oficial irá construyendo a lo largo de los próximos meses, apropiándose de todos los factores, presentes y pasados, propios y ajenos, controlables y no controlables, que permitan presentarla como el producto del “modelo” kirchnerista. La voluntad de manipulación de la opinión pública no tendrá límites.
Recordar, ante esta voluntad del Gobierno, que toda manipulación de la opinión tiene, en democracia, límites: los que la ciudadanía, manifestándose de múltiples maneras en el espacio público, decida ponerle.
Eliseo Verón
lunes, 23 de agosto de 2010
Hablar antes de que vengan
Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.
Esta declaración con forma de poema, que suele atribuírsele a Bertold Bretch, la escribió Martin Niemoller, un pastor protestante alemán encarcelado de 1937 a 1945 por el gobierno de Hitler.
Es pertinente recordarlo al transitar estos tiempos de cerrazón ideológica e intolerancia ante el disenso, tiempos en los que quienes gobiernan se hallan empeñados en una búsqueda implacable de control sobre lo que se dice y quien lo dice, todo en pos de construir un relato uniforme que permita disciplinar al otro, al que comete la osadía de pensar distinto. La discrepancia es traición, la crítica es ofensa, la oposición es destituyente, todo el que no ceda ante los deseos del poder es el enemigo y esa lógica binaria rige en toda acción de gobierno.
Los simuladores y falsarios al arribar al poder han sabido construir una imagen de fábula, apropiándose de las banderas reivindicadas por sectores ideológicos postergados, que ansiaban hallar el merecido (y en su momento pagado con sangre) reconocimiento.
Dicen ser lo que no son ni nunca fueron, reescriben y distorsionan su historia para aparecer como campeones de las viejas luchas, cuando en los años de plomo acumulaban riqueza al amparo de las leyes de la dictadura, mientras sus compañeros eran desaparecidos o forzados al exilio.
Parafraseando a Lincoln, se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo, llegará el día en que el pueblo haga tronar el escarmiento, como dijera el general Perón y los mentirosos y corruptos habrán de pagar con la cárcel su condición de infames traidores a la patria.
Cerramos esta exposición con un párrafo tomado del Ensayo sobre el Gobierno Civil de Locke: La tiranía es un poder que viola lo que es de derecho y un poder así nadie puede tenerlo legalmente. Y consiste en hacer uso del poder que se tiene, mas no para el bien de quienes están bajo ese poder, sino para propia ventaja de quien lo ostenta. Así ocurre cuando el que le gobierna, por mucho derecho que tenga el cargo, no se guía por la ley, sino por su voluntad propia; y sus mandatos y acciones no están dirigidos a la conservación de las propiedades de su pueblo, sino a satisfacer su propia ambición, venganza, avaricia o cualquier otra pasión irregular.
Semejanzas y coincidencias quedan a criterio del lector.
Claudio Brunori
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.
Esta declaración con forma de poema, que suele atribuírsele a Bertold Bretch, la escribió Martin Niemoller, un pastor protestante alemán encarcelado de 1937 a 1945 por el gobierno de Hitler.
Es pertinente recordarlo al transitar estos tiempos de cerrazón ideológica e intolerancia ante el disenso, tiempos en los que quienes gobiernan se hallan empeñados en una búsqueda implacable de control sobre lo que se dice y quien lo dice, todo en pos de construir un relato uniforme que permita disciplinar al otro, al que comete la osadía de pensar distinto. La discrepancia es traición, la crítica es ofensa, la oposición es destituyente, todo el que no ceda ante los deseos del poder es el enemigo y esa lógica binaria rige en toda acción de gobierno.
Los simuladores y falsarios al arribar al poder han sabido construir una imagen de fábula, apropiándose de las banderas reivindicadas por sectores ideológicos postergados, que ansiaban hallar el merecido (y en su momento pagado con sangre) reconocimiento.
Dicen ser lo que no son ni nunca fueron, reescriben y distorsionan su historia para aparecer como campeones de las viejas luchas, cuando en los años de plomo acumulaban riqueza al amparo de las leyes de la dictadura, mientras sus compañeros eran desaparecidos o forzados al exilio.
Parafraseando a Lincoln, se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo, llegará el día en que el pueblo haga tronar el escarmiento, como dijera el general Perón y los mentirosos y corruptos habrán de pagar con la cárcel su condición de infames traidores a la patria.
Cerramos esta exposición con un párrafo tomado del Ensayo sobre el Gobierno Civil de Locke: La tiranía es un poder que viola lo que es de derecho y un poder así nadie puede tenerlo legalmente. Y consiste en hacer uso del poder que se tiene, mas no para el bien de quienes están bajo ese poder, sino para propia ventaja de quien lo ostenta. Así ocurre cuando el que le gobierna, por mucho derecho que tenga el cargo, no se guía por la ley, sino por su voluntad propia; y sus mandatos y acciones no están dirigidos a la conservación de las propiedades de su pueblo, sino a satisfacer su propia ambición, venganza, avaricia o cualquier otra pasión irregular.
Semejanzas y coincidencias quedan a criterio del lector.
Claudio Brunori
Suscribirse a:
Entradas (Atom)