En la década que los Kirchner pusieron de moda, la palabra progresista no existía. Lo más parecido era la “música progresiva”, signo del rock nacional. Los años ’70 desbordaban de pasiones políticas. Había marxistas, liberales, maoístas, trotskistas, conservadores, socialdemócratas, nacionalistas. Pero progresistas, lo que se dice progresistas, no. Estaban los que querían hacer la revolución guevarista y los que apostaban a revitalizar el capitalismo de la mano de la Trilateral Commission. Más un millón y pico de variantes. Ninguna parecida a un “progre”.
Quizás si a aquellos jóvenes setentistas, que hoy conforman el deseo imaginario del progresista tipo, les hubieran contado cómo serían en el futuro sus herederos progres, lo habrían entendido. Eso sí, probablemente responderían con cierta desazón: “Ah, ¿eso quedó de nuestras utopías?”.
Qué otra cosa podrían pensar esos jóvenes que fantaseaban con socializar los medios de producción de quienes hoy celebran como una revolución repartir 180 pesos por mes a los hijos de los más pobres. Seguro que por lo menos se sorprenderían si vieran a estos neosetentistas abrazarse con Hugo Moyano como si en él se corporizara Agustín Tosco. O si descubrieran que el encargado del proyecto progresista bonaerense es alguien que basa su ideología en su increíble habilidad para mencionar, sin repetir y sin soplar, 50 sinónimos de las palabras deporte, esperanza y trabajo. ¡En sólo un minuto!
Al menos se mostrarían escépticos si se enteraran de que empresarios como Daniel Hadad, Diego Gvirtz y Sergio Szpolski deben cargar sobre sus espaldas con el enorme peso de comunicar las actualizaciones doctrinarias de aquellas utopías. Y seguro que les parecería un exceso cubrir de responsabilidad en materia de difusión revolucionaria, a personajes buenos en otras artes, como Florencia Peña, Eduardo Feinmann o Daniel Tognetti.
Pero eso no sería lo peor: imagínense si supieran que los jóvenes Cristina y Néstor, a quienes ellos un día vieron partir hacia el sur para prosperar económicamente, se convertirían 30 años después en los líderes de una revolución progresista. Cómo explicarles que esos abogados que en lugar de presentar habeas corpus por los presos políticos se dedicaban a litigar contra los deudores hipotecarios de la 1.050, resultarían ser los nuevos defensores de los derechos humanos.
Este es el riesgo de usar a la historia para juzgar al presente. Una seguidilla inacabable de “chicanas” aprovechadas más para lastimar al otro que para sustentar argumentos. El retroprogresismo cae en esa terrible tentación de analizar el ayer con los ojos actuales y manipularlo en provecho propio. Bajo el amparo de una tranquilizadora, y nada rebelde, corrección política.
Convertir al pasado en un garrote del presente encierra otros dilemas. Porque es imprescindible no olvidar los errores ni los crímenes (los primeros para no repetirlos; los segundos para que se sepa que hay castigo).
Pero el uso a repetición de esa herramienta puede dar la sensación de que lo único que se persigue es mantener el foco sólo en los derechos humanos del ayer porque no se sabe qué hacer con los derechos humanos de hoy.
Hay un peligro adicional para los controladores de la historia: la pasión revisionista los coloca a ellos mismos en el centro de la revisión. Y no todos los retroprogresistas resisten un archivo. Al margen de que algunas comparaciones entre lo que pasó y lo que se dice que pasó resulten sorprendentes: ¿cuántas veces se puede reescribir la historia? ¿Todas las necesarias hasta que coincida con nuestros intereses?
La última característica de los progres K es sentirse eternos deudores de los reales protagonistas de aquel pasado épico. Al punto de necesitar siempre su aprobación para saber qué es lo correcto y lo incorrecto.
Hacen mal. No deberían preocuparse demasiado por parecer una caricatura ante quienes formaron parte de aquella “juventud maravillosa”. Porque los setentistas ya no son jóvenes. Y hay dudas de que hayan sido de verdad maravillosos. A muchos de ellos también les resultaría complejo explicar cómo pasaron del nacionalismo ultracatólico al marxismo, por qué se levantaron contra un gobierno democrático (que era peronista) y mataban a inocentes, o discriminaban a los gays, o encarcelaban a sus compañeros adúlteros, o tenían pulsiones armadas disfrazados con uniformes y grados militares, o tomaban a la militancia como una aventura pequeño burguesa recubierta de compromiso social.
Es cierto que la década del ’70 es una tentación legítima y apasionante repleta de errores y tragedias de las que conviene aprender. Pero el hoy es una deuda urgente imposible de disimular con más palabras.
Gustavo González
martes, 12 de octubre de 2010
jueves, 7 de octubre de 2010
Propaganda
6,7,8, como TVR, son mera propaganda. Panfletos del siglo XXI, editados y a colores. Machacan sobre alguien hasta que lo instalan como el gran enemigo.
Cuando Lanata les dice “lo hacen por plata, te mienten por plata” suena como un desesperado llamado a la coherencia. No lo escuchan.
Y es verdad que el método es Goebbels puro, me atrevería a decir que es Goebbels corregido y aumentado. Porque a la propaganda que se instala de manera periodísticamente económica, con videos editados hasta la completa desnaturalización, se le agrega el supuesto debate de los supuestos periodistas supuestamente inteligentes.
Los seguidores del oficialismo que se sinceran en conversaciones privadas admiten el problema de la inédita corrupción del régimen, y hasta llegan a reconocer la inexistente calidad de los medios utilizados para la propaganda. Hasta que son disciplinados por los “cuadros”.
¿Qué pasó acá? se pregunta Estela de Carlotto en el Disney Channel de la TV Pública cuando escucha a Jorge Lanata criticando a los Kirchner y al programita de marras.
Y los soldados de la causa van y empiezan a odiar a Lanata.
“Turros coimeros que apoyaron a la dictadura” les dice Hebe a los jueces de la Corte Suprema, la misma que nombró el kirchnerismo y de la cual estaban orgullosos hasta ayer nomás esos soldaditos, pero no importa; baja la orden de odiar a la Corte y entonces ellos van y odian.
Pérez Esquivel, símbolo de la lucha por los derechos humanos si los hay, se anima a criticar las palabras de Hebe; baja la orden y los soldaditos van y empiezan a odiar a Pérez Esquivel.
Y sucesivamente van pasando a engrosar las filas de los enemigos a odiar Martín Caparrós, Ernesto Tenembaum, El fiscal Strassera y es casi seguro que seguirán las firmas.
Es lo mismo que entre ellos, el que se atreve a opinar en disenso es inmediatamente degradado.
El enorme problema es que ya están comenzando a señalar como enemigos a gente de la que no puede dudarse que tenga un pensamiento progresista, lo cual implica que en la lucha de la ideología patotera no hay lealtades ni mucho menos reflexión.
Por esfuerzos que se realicen, uno no consigue imaginar a Martín Caparrós ni a Ernesto Tenembaum militando en las filas de la derecha recalcitrante.
Nadie se pregunta: “si nos critica esta gente, ¿no estaremos haciendo algo mal?” No hay margen para eso. Lo viven cono una guerra y en la guerra el que duda es finado.
Fabián Ferrante
Cuando Lanata les dice “lo hacen por plata, te mienten por plata” suena como un desesperado llamado a la coherencia. No lo escuchan.
Y es verdad que el método es Goebbels puro, me atrevería a decir que es Goebbels corregido y aumentado. Porque a la propaganda que se instala de manera periodísticamente económica, con videos editados hasta la completa desnaturalización, se le agrega el supuesto debate de los supuestos periodistas supuestamente inteligentes.
Los seguidores del oficialismo que se sinceran en conversaciones privadas admiten el problema de la inédita corrupción del régimen, y hasta llegan a reconocer la inexistente calidad de los medios utilizados para la propaganda. Hasta que son disciplinados por los “cuadros”.
¿Qué pasó acá? se pregunta Estela de Carlotto en el Disney Channel de la TV Pública cuando escucha a Jorge Lanata criticando a los Kirchner y al programita de marras.
Y los soldados de la causa van y empiezan a odiar a Lanata.
“Turros coimeros que apoyaron a la dictadura” les dice Hebe a los jueces de la Corte Suprema, la misma que nombró el kirchnerismo y de la cual estaban orgullosos hasta ayer nomás esos soldaditos, pero no importa; baja la orden de odiar a la Corte y entonces ellos van y odian.
Pérez Esquivel, símbolo de la lucha por los derechos humanos si los hay, se anima a criticar las palabras de Hebe; baja la orden y los soldaditos van y empiezan a odiar a Pérez Esquivel.
Y sucesivamente van pasando a engrosar las filas de los enemigos a odiar Martín Caparrós, Ernesto Tenembaum, El fiscal Strassera y es casi seguro que seguirán las firmas.
Es lo mismo que entre ellos, el que se atreve a opinar en disenso es inmediatamente degradado.
El enorme problema es que ya están comenzando a señalar como enemigos a gente de la que no puede dudarse que tenga un pensamiento progresista, lo cual implica que en la lucha de la ideología patotera no hay lealtades ni mucho menos reflexión.
Por esfuerzos que se realicen, uno no consigue imaginar a Martín Caparrós ni a Ernesto Tenembaum militando en las filas de la derecha recalcitrante.
Nadie se pregunta: “si nos critica esta gente, ¿no estaremos haciendo algo mal?” No hay margen para eso. Lo viven cono una guerra y en la guerra el que duda es finado.
Fabián Ferrante
miércoles, 6 de octubre de 2010
No mentir
“La libertad no consiste en decir cualquier cosa y en multiplicar los periódicos escandalosos, ni en instaurar la dictadura en nombre de una libertad futura. La libertad consiste, en primer lugar, en no mentir. Allí donde prolifere la mentira, la tiranía se anuncia o se perpetúa. Está por construirse la verdad, como el amor, como la inteligencia. Nada es dado ni prometido, pero todo es posible para quien acepta empresa y riesgo. Es esta apuesta la que hay que mantener en esta hora en que nos ahogamos bajo la mentira, en que estamos arrinconados contra la pared. Hay que mantenerla con tranquilidad, pero irreductiblemente, y las puertas se abrirán.”
Albert Camus
Albert Camus
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