lunes, 30 de mayo de 2011

Por qué el kirchnerismo ensucia todo lo que toca

En sus últimos días de vida, a Kirchner lo llamaban “Susej” (Jesús, al revés) ya que mientras el hijo de Dios se sacrificó por todos, Néstor quería que todos se sacrificaran por él. Por su propia candidatura presidencial.
También le cabe, a esta altura, luego del escándalo de Shocklender y las Madres de Plaza de Mayo, el calificativo de “Dasmi”, ya que, a diferencia del rey de Frigia Midas, que convertía en oro todo lo que tocaba, el ex presidente degradaba con su contacto hasta las personas más probas y reconocidas.
Hagamos un breve repaso —con solo cuatro ejemplos— de la contaminación que produjo el kirchnerismo en sus controvertidas relaciones.

1-El ex gobernador de Santa Cruz nunca quiso ayudar a la causa de los Derechos Humanos, negándose a acompañar, por ejemplo, al ex diputado nacional Rafael Flores en plena dictadura cuando éste le pedía que no lo dejara en su travesía hasta Trelew donde debía plantear amparos a favor de los detenidos-desaparecidos, ya que el Cels porteño se los imploraba. “No te pagan un mango, Rafa”, le decía con sorna el "Lupo".
Tampoco colaboró jamás con la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos de Rio Gallegos ni puso un solo peso como intendente o primer mandatario provincial para colaborar con el desembarco de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo en la Patagonia Austral.
Sin embargo, cuando vio en 2003 que todos los candidatos se atropellaban en la centroderecha (Carlos Menem, Ricardo López Murphy y Adolfo Rodríguez Saá) o bien se colocaban en un centro moderado (Elisa Carrió y el radicalismo), él optó por inventarse una historia de militancia que nunca existió y copó la centro izquierda del electorado, polarizando ideológicamente con nada menos que su mentor riojano (ese hombre al que definió como el mejor presidente argentino desde Juan Perón).
Una vez en el poder, utilizó hasta el ridículo a Hebe de Bonafini y Estela Carlotto llevando a convertir con sus dineros dos organizaciones sin fines de lucro en empresas de construcción de viviendas y hospitales.
“Para Daniel Hadad, una pauta. Para Horacio Verbitsky, un museo”, dice siempre con inteligencia Jorge Asís, quien sostiene que el gran mérito del ausente fue encontrarle a cada argentino su precio.

2- Con los movimientos piqueteros y las organizaciones sociales pasó algo parecido.
Estas entidades de lucha, surgidas al calor de la desocupación de los noventa y la implosión del 2001, estuvieron siempre en la otra vereda del poder. Su razón de ser consistía en actuar como grupos contestatarios.
Kirchner los sedujo con dinero y con cargos hasta neutralizarlos, llegando a transformar a muchas de ellos, inclusive, en sus propios “tonton macoutes” para dispersar a "caceroleros" o manifestantes opositores.
Esa tarea quedó en manos de conversos como Luis Delia, Emilio Pérsico, Edgardo Depetri o Milagros Sala.
Barrios de Pie y Libres del Sur se volvieron críticos y volvieron a las fuentes, mientras que la Corriente Clasista y Combativa y Raúl Castells nunca aceptaron las dadivas y prebendas que cientos de veces les ofrecieron desde la Casa Rosada.
Hoy los viejos luchadores lucen aburguesados y hasta se asemejan a una fuerza de choque para-estatal.

3-Los planes Jefes y Jefas de hogar que surgieron en medio de índices altísimos de desocupación, tenían como dato transparente que estaban “colgados” en internet y todos podían comprobar a quién le tocaba el beneficio. Además, no había intermediarios entre el Estado Nacional y los más desposeídos.
Para completar el cuadro, existían órganos de denuncia para que pudieran acudir quienes se sintieran “extorsionados” por una corriente polìtica determinada o bien fueran apretados para dejar parte del dinero cobrado a algún puntero.
Cuando los K llegaron al poder, todo esto cambió. Ya no hay datos en internet de los cientos de miles de planes que dan a “cooperativas”.
Para colmo, tercerizaron toda la movida asistencial, beneficiando a intendentes k y a grupos barriales y piqueteros afines para que el que quiera una ayuda tenga que “ir al pie” y humillarse ante los “gestores”.
Completa el espantoso cuadro el hecho de que ya no existen lugares donde reclamar antes los diarios abusos a que son sometidos los más humildes habitantes del país. Todo fue desactivado por Alicia Kirchner.

4-El periodismo, luego del horrendo crimen de José Luis Cabezas y la corrupción generalizada de los años noventa, pasó a convertirse en uno de los grupos sociales con mayor credibilidad de nuestro país.
Sin embargo, Néstor logró llevar a buena parte de nuestros colegas a un pantano maloliente, donde nadie quedó indemne.
Página/12, símbolo de la lucha contra el saqueo menemista, se convirtió en un pasquín impresentable y domesticado.
Canal 9, que alguna vez fue líder con Alejandro Romay, no pudo haber caído más bajo, por culpa de su hiperoficialismo K.
Lo mismo para Telefé, una propaladora del poder de turno.
Idem para el buen proyecto que alguna vez fue la Radio Del Plata de Tinelli, con el tándem Lanata.Nelson Castro-Bravo-Leuco-.
Igual descripción para Diego Gvirtz, quien alguna vez fue rebelde y para todo el ejército de conversos que rifó sus últimos jirones de prestigio, credibilidad e independencia a cambio de la publicidad y los sueldos por cifras extravagantes que pagan cada mes los K.

Concluyendo: a diferencia de lo que opina el cada día más impresentable escritor José Pablo Feinmann —otro ejemplo de tipo inteligente que eligió suicidarse ante el gran público—, Néstor Kirchner no ayudó a aumentar el prestigio de Hebe de Bonafini (eso plantea este filósofo en su indigerible libro “El flaco”).
“Susej” prostituyó de tal modo a las heroínas de Plaza de Mayo que una vieja luchadora, abuela de la recuperada Ximena Vicario, llegó a decir con gran tristeza: “Estela de Carlotto lleva hoy una vida de estrella, Viaja por el mundo. Es paseado por los mejores hoteles y se menea en grandes autos con custodia especial. Toda su familia tiene cargos. Yo con ella ya no tengo nada que ver, porque mi vida sigue siendo atender la verdulería que tengo en Rosario”.
“Dasmi” aprovechó, como nadie, las debilidades de un pueblo cada vez más miedoso, debido a los aporreos salvajes soportados en el pasado reciente: la hiperviolencia setentista, la hiperinflación ochentosa, la hiperdesocupación menemista y la hiperdevaluación duhaldista.
“Susej” nos agregó una nueva mácula. Ahora sí, como decía Discepolín, estamos “en el mismo lodo, todos manoseaos”.
Marcelo López Masía

domingo, 29 de mayo de 2011

Hechos consumados

Una amnesia colectiva invade la política y da por ciertos sucesos que obedecen a otras razones y a otras autorías.

Como si fuera Sartre contra Camus –y no una versión autóctona de la entrega del Martín Fierro–, un núcleo ciudadano (adicto al Twitter, además de lectores y televidentes) se interesó por la confrontación que originó la TV oficial entre una escritora progresista y otros reputados animadores del mismo sector. A todos los inspiraba la sombra del muerto, el negocio de la estela eterna de Kirchner. No es lo único que reunía en esa curiosa contienda a los socios de una secta denominada “progresista”, que aquí no acepta a los liberales (los considera conservadores). Sin jurados ni tanteador, se enfrentaron en su interna los participantes de la logia (como si fueran los paraoficiales del Gobierno y la Armada de Clarín), arrogándose luego un presunto triunfo, como si la discusión mereciera una goleada para la causa patriótica de uno de los dos y las opiniones sobre un programa K fueran tan trascendentes como el debate de los dos intelectuales franceses sobre los campos de concentración en la Unión Soviética, allá por los años 50. Aunque si uno lo piensa bien, en la Argentina la cuestión es trascendente.

Por la manía de apelar a Carl Schmitt y a esa teoría menor del amigo-enemigo tan difundida en la Rosada, Canal 7 pudo mejorar su rating y revelar cierta apertura política, aunque perdió en la batalla de su elenco militante (unos 6, 7 u 8 comedidos) contra una suerte de canosa Juana de Arco (Beatriz Sarlo), a la cual el monopolio Clarín, al decir del Gobierno, tiene a su servicio por un módico contrato. Unica enseñanza oficial luego del revés: al enemigo ni una pantalla de TV. Está demostrado, dirían en La Cámpora, que es un grave error cambiar las costumbres establecidas.

Pelea intelectual para unos, de intérpretes más que de pensadores para otros, los sucesivos rounds televisivos envolvieron una pugna desigual en número. Por esa sola razón, por una insólita diferencia en el juego y por atentar contra el género, ya se determinaba un resultado en el inicio. Y no favorable para el Gobierno. Improvisación de los productores públicos en su cúpula de cristal, falta de información y material para sus operadores públicos, nocivo en tiempos electorales. Un obsequio indeseado del “poder oficial” al “poder concentrado” de Clarín. Beneficio de los dioses nunca tan gratificante como en esta oportunidad: en toda la historia y años de guerra entre el Gobierno y Clarín, es la primera vez que la empresa disfruta de una satisfacción. No lo elaboró ni planificó su craneoteca: la victoria ha sido importada.

Pero lo más singular de la pasada riña por TV ha sido que todos los participantes, adversarios o no, además de progresistas, coinciden en la naturaleza del “modelo”, en el “proyecto” que Cristina repite en su comunión cotidiana y, por supuesto, le atribuyen responsabilidad autoral de ese engendro incomprobado a una sola persona: Néstor. Más conocido por “El”, de acuerdo al nuevo credo. Discrepan por los modales, arbitrariedades y censuras no explícitas, por intereses mediáticos, pero en general se identifican con el rumbo originario, el bautismo sureño de la ensoñación declarada, y se unifican –como durante tantos años lo hicieron la administración privada del diario y la pública del Gobierno– tras la fraseología indistinta de “no todo lo que hicieron es tan malo” y “falta mucho por hacer, pero se hizo bastante”. Casi una plegaria para que los vuelvan a votar. O la excusa para escribir de un lado o de otro, según se requiera, como ya lo hicieron en el pasado.

Todos, entonces, aun los ausentes en esa porfía, se reconocen en el mismo rincón político a pesar del alboroto provocado; se confiesan feligreses de los mismos símbolos (la autóctona militancia progresista), combatientes de emblemas comunes (los militares), de nombres característicos (Menem); con orgullo se anotan en una filmación sepia que ha caracterizado a parte de la última historia. No resulta prodigioso que, en el medio de la batahola, de los proyectiles que se arrojan de una vereda a la otra, y a pesar de los negocios que los apartan, admiten y aceptan la factura de un modelo llamado Kirchner. No discuten la autoría del plan maestro y menos se detienen a sospechar que hubo antecedentes, jamás contemplados a la hora de su discusión. Para ellos, todos, son hechos consumados la novedad de la política de los derechos humanos (A), el plan económico a favor del sector industrial que genera trabajo (B), el establecimiento de una nueva Corte Suprema de Justicia (C), la no represión de manifestaciones y piquetes (D), también la Asignación Universal por Hijo (E). Veamos:

A) Parece que en este tema no existiera, antes de Kirchner, la gestión breve de Adolfo Rodríguez Saá, quien designó como ministro de Justicia a un abogado destacado de los derechos humanos, se deshizo por recibir a sus organizaciones, tuvo promesas y deferencias con algunos de sus representantes y hasta anunció reparaciones que no pudo cumplir por su escaso tiempo. En 15 días hizo mucho más, en el mismo lapso, que Kirchner, quien ni siquiera conocía a Hebe de Bonafini.

B) En ocasiones se le atribuye a Roberto Lavagna cierto padrinazgo en lo que fue la gestión económica del kirchnerismo. Más allá de resultados y contradicciones, nadie se detiene en un instante clave y previo: la infradevaluación de Eduardo Duhalde y su ministro Jorge Remes Lenicov, esa que pasó el dólar del 1 a 4 en lugar del 1 a 1. Es como si no se comprendiera la gigantesca transferencia de ingresos o la creación de mano de obra más barata que en China, condiciones que mejoraron la competitividad industrial, cuando no la riqueza, de la cual el proyecto aún saca ventajas. La paradoja es que esa iniciativa devaluatoria, tan aprovechada por los K, fue una medida que Héctor Magnetto, de Clarín, le sugirió –por elegir un verbo– al entonces presidente Duhalde. El dinero puede explicar negocios, sociedades y también el corazón “progre”.

C) Kirchner armó parte de una nueva Corte, impuso nombres en ese poder y marginó a otros controvertidos. Pero quien había intentado desplazar in totum a los magistrados fue el propio Duhalde, tarea en la que fracasó quizá por intentar un emprendimiento tan vasto. Nadie recuerda ese antecedente, y menos que Kirchner se conformó con una limpieza menos completa.

D) Si bien Duhalde debió renunciar por el absurdo ataque policial a una manifestación política que causó dos muertos (Kosteki y Santillán), se olvida que antes de ese lapidario episodio cabalgó en los criterios de la no violencia casi hasta alcanzar la irritación. Por no emplear a las fuerzas de seguridad, admitió que lo escracharan en su casa de Lomas de Zamora y ni siquiera ocupó la residencia de Olivos, ocupados sus frentes por piquetes y revoltosos. No hay memoria para este ciclo que luego fue adoptado por Kirchner.

E) No se ignora que esa iniciativa fue propuesta por la franja política de Elisa Carrió y el Gobierno opuso resistencia a su implantación. Carecía de presupuesto, explicaban sus funcionarios. Como el riesgo político de la unidad opositora asustó a Olivos, asumió el subsidio como una medida propia y casi negó el origen en otro partido.

Se entiende en esta amnesia colectiva, aun de los que fueron sus autores, la escasa diferencia que separa a los que discutieron –como si fuera el combate del siglo– la otra noche en un programa de la TV oficial.
Roberto García

lunes, 23 de mayo de 2011

La derecha movediza

En un encuentro con investigadores y académicos latinoamericanos de ciencias sociales en la provincia de Córdoba, los representantes de Bogotá y Medellín manifestaron su inquietud por la hegemonía de la derecha en la política colombiana a partir de la aparición en la escena nacional de Alvaro Uribe. Uno de ellos disertó sobre el pensamiento del general Fernando Landazábal Reyes, asesinado cuando era ministro de Defensa en el año 1998. Responsabilizaban a éste de la creación de los escuadrones de la muerte. La acción de los pelotones paramilitares que ejecutaban sindicalistas, periodistas, profesores se justificaba por la prédica de que la lucha contra la subversión comunista no era sólo militar sino una gesta del pensamiento y una batalla cultural que iba más allá de la guerra emprendida contra las FARC. Era a los forjadores de las ideas a quienes había que eliminar en nombre de una concepción de la historia de la civilización basada en fundamentos teológico-políticos. En el diálogo que tuve con ellos, me remití a lo que sucedió en nuestro país durante la llamada Revolución Argentina comandada por el general Juan Carlos Onganía, que llega al poder por un golpe de Estado en junio de 1966. Aquel fue el último intento de la derecha por aplicar a la política una filosofía del Hombre y una doctrina integral que sentara las bases de una auténtica restauración de valores. El gobierno militar se rodeó de intelectuales que colaboraron en la elaboración de las bases dogmáticas de una verdadera revolución que pretendía aunar aspectos del desarrollismo económico iniciado durante la presidencia de Arturo Frondizi y un corporativismo inspirado por el franquismo aún vigoroso en España. Los cursos de la cristiandad, la presencia del Opus Dei y la bendición de la Iglesia, cuya jerarquía estaba aliviada por el desplazamiento de las ideas de Juan XXIII, legitimaron desde el cielo la misión de los cruzados de esa nueva Argentina. El higienismo moral fue fundamental para iniciar el proceso de regeneración espiritual de la Nación. Su programa de acción abarcaba desde el desmantelamiento de los carritos de la Costanera al cierre de los hoteles alojamiento, la expulsión del cuerpo docente de la Universidad de Buenos Aires y la clausura del Instituto di Tella. Una cruzada moral contra los ateos, los artistas barbudos, los recientes hippies, la nueva ola, y los judíos también, colmaban la escena con personajes indeseables que había que suprimir en su expresión y aislarlos del resto de la sociedad. La proscripción del movimiento peronista se mantenía a la par de negociaciones con una dirigencia que en ciertos sectores y de acuerdo a órdenes y contraórdenes desde Puerta de Hierro simpatizaban con el antiliberalismo de la dictadura y su pertenencia ideológica al nacionalismo católico. Intelectuales de variadas profesiones como Mariano Grondona, el coronel Juan F. Guevara, el asesor espiritual del grupo neonazi Tacuara, padre Julio Meinvielle, el fervoroso defensor de Dios, de la Patria y del Hogar, Jordán Bruno Genta, los pensamientos inspirados del fundamentalismo católico de Jean Ousset, los textos del médico forense Mariano N. Castex, quien escribió El Escorial de Onganía sumaban energías con su esfuerzo erudito para sentar las bases doctrinarias de la nueva civilización argentina. La posibilidad de la “supresión ética” es el mandamiento que dejó como legado un gobierno que, a pesar de ser desbancado después del Cordobazo en 1969, sembró lo que era necesario para que pocos años después, mediante la categoría de subversivo, se iniciara la matanza de los nuevos herejes de la civilización occidental y cristiana. Una metafísica fascista que interpretaba los comienzos de la decadencia de Occidente como resultado del paganismo renacentista, de la nefasta doctrina del libre arbitrio de la que también era responsable el mismo Erasmo, hasta ingresar en definitiva crisis con la Modernidad, fue el último logro de una derecha vigorosa y confiada en sus armas intelectuales que estimaba tener algo promisorio y mesiánico que anunciar.

Con el Proceso de Reorganización Nacional, los argumentos se aguaron, poco había que justificar y la necesidad de exterminar se legitimaba a sí misma sin grandes esfuerzos de tipo ideológico. Si se lee el discurso de agradecimiento del almirante Emilio E. Massera en noviembre de 1977 por habérsele conferido el título de doctor Honoris Causa en la Universidad del Salvador, su prédica contra lo que denomina El Hombre Sensorial no es precisamente consistente desde el punto de vista teórico. Un símil de crítica a lo que ya podía llamarse posmodernidad, caracterizada por el nihilismo, el hedonismo, el materialismo y la rebeldía de una juventud fanatizada que no cree en los valores de sus mayores muestra a las claras que la cruzada de la muerte ya no encontraba las palabras que guiaran su misión. Años después, el neoliberalismo durante el gobierno de Carlos Menem ofrece nuevas armas ideológicas a la derecha mediante un reciclamiento del darwinismo social en el que los pobres son perdedores, los ricos son ganadores y los empresarios pretenden ser percibidos como emprendedores que crean maravillas que gozan los pueblos en curva ascendente. La Guerra de las Malvinas, el juicio a las juntas, la labor de los organismos que denunciaron la violación de los derechos humanos, la crisis de los mercados emergentes y la desocupación crónica en los noventa, la deuda externa que explota en 2001, la complicidad de la jerarquía de la Iglesia católica con la política de las sucesivas dictaduras diezmaron la capacidad de respuesta utópica y de legitimación ideológica de una derecha sin rumbo histórico. Refugiada en el tema de la seguridad, la falta de autoridad y un pragmatismo insípido, no consigue regenerarse como fuerza alternativa ni sabe elaborar una propuesta política. Hasta teme identificarse con sus antiguos nombres. Hoy ya nadie pertenece a la derecha explícita. Del neoliberalismo han quedado algunas semillas aún fértiles. Muchos creen que tal acepción designa al Consenso de Washington y a su oleada privatizadora. Es bastante más que eso. Se trata de una visión del mundo en la que “ganar” es lo fundamental. Todo vale si se gana. No es ni siquiera una figura totémica encarnada en el dios Poder lo que vale de por sí, sino la aspiración futurista y ruidosa de ser un ganador. Por eso es fácil encontrar hoy en día a estos seres bicéfalos que al mismo tiempo en que dicen construir un nuevo relato e invocan gestas emancipadoras, no son más que presencias más recientes de un modo de hacer política en la que ganar y estar en el podio del dinero y de las influencias políticas justifica cualquier tipo de alianza, manipulación y estafa. En nichos culturales, directorios de empresas, agencias de noticias y programas periodísticos, trepan por la escalera gubernamental para concentrar poder y caja mientras glosan el discurso setentista. Este ahora próspero “neoyuppismo” nacional y popular no sólo atañe a un problema moral sino político, ya que supone una idea del funcionamiento del Estado, de la relación entre dirigencia y ciudadanía, de la transparencia en el uso de los fondos públicos, de la separación entre lo público y el interés corporativo del personal gubernamental transitorio, de la distribución del poder y de la riqueza, del derecho de las minorías y de garantizar la libertad y diversidad de los espacios de opinión. Por eso, no se trata de que la derecha haya desaparecido sino de que ya no se la encuentra en su viejo refugio ni habla el mismo idioma.
Tomás Abraham