domingo, 31 de julio de 2011

El gorilismo kirchnerista

El problema es que Miguel Del Sel es un grasa. Un verdadero artista plebeyo, un ídolo de los pobres, un partenaire de la aborrecida Susana. Un peronista elemental votado por humildes, descamisados y peronistas santafecinos enojados con Cristina Fernández, Carlos Zannini, La Cámpora, Carta Abierta, Canal 7 y otros gladiadores del soberbio y muy porteño gorilismo kirchnerista. Evita era una actriz grasa, e hizo desde el poder una opción única por sus "grasitas". Pero ésa es la Eva histórica, no la Eva pasada por el tamiz intelectual que Cristina celebra junto al glamoroso y faraónico mural de 15 toneladas que pende del edificio del Ministerio de Desarrollo Social.

El problema -insisto- es que Miguel Del Sel es un grasa. Si no lo fuera, los intelectuales oficiales no tendrían el estómago tan revuelto. Si la misma performance electoral la hubieran protagonizado Teresa Parodi, Nacha Guevara, Víctor Heredia o Fito Páez, todo sería tranquilizador. Los pensadores de la Biblioteca Nacional sienten que esos artistas son más respetables, no sólo porque son kirchneristas, sino porque resultan estéticamente digeribles, artísticamente salvables, políticamente correctos. Del Sel representa para ellos la barbarie, y en ese desprecio asoma la configuración del intelectual pequeño burgués de izquierda, que es gorila aunque diga lo contrario. Ese tipo de mirada suele elaborar un "artista popular" a imagen y semejanza de la clase media que el intelectual representa, mientras que las clases bajas siguen a figuras realmente masivas y populares, por lo general incómodas y ajenas al gusto del público culto o biempensante. Estos intelectuales hablan en nombre de los pobres, pero no tienen la menor idea de cómo son ni cómo piensan. Los folletos izquierdistas de antaño traían imágenes idílicas del obrero revolucionario, siempre impecablemente vestido con su camisa Grafa y peinado con Glostora. No era el pobre real, era el pobre deseado. No hay en las inmensas clases populares ninguna organización política que no sean la Iglesia y el peronismo. El peronismo conoce a los pobres de verdad, la izquierda intelectual sólo los sospecha. Y sospecha mal. Es por eso que se espanta frente a la aparición de un artista grasa al que aman los humildes. Un tipo que no es Mercedes Sosa, pero que la imita con gracia para deleite de los descamisados del conurbano bonaerense.

No es ajeno a algunos de estos prejuicios el macrismo del colegio Newman. Pero Del Sel padece, es innegable, muchos defectos. El primero de todos es que no está preparado para gobernar. Aunque tiene razón cuando dice que si hubiera triunfado bajo el sello del Frente para la Victoria, hasta Aníbal Fernández andaría hoy saludando el arribo a la política de un hombre popular y honesto que trae alegría al pueblo. Del Sel no es brillante ni mucho menos, pero tiene un sentido común desconcertante en un escenario plagado de dogmas y discursos cristalizados.

Parte de la tarea de un intelectual consiste en dejar el sentido común de lado para aventurarse en otros territorios del pensamiento. Ese saludable ejercicio académico contra el sentido común no puede ser traído a la arena política. Para operar sobre ella, el intelectual debe recomprender el sentido común perdido. De lo contrario, suceden acontecimientos como los de estos días, cuando algunos funcionarios tuvieron que salir a desautorizar a los intelectuales orgánicos, convertidos en verdaderas máquinas piantavotos. André Malraux declaró una vez: "El señor Jean Paul Sartre es un filósofo, pero en política es un adolescente".

Los intelectuales "nacionales y populares" han ayudado mucho a crear un relato adolescente lleno de fabulaciones. Y varios de sus dirigentes están acostumbrados a contar episodios heroicos en los que no estuvieron y a creerse sus propias mentiras. Un buen ejemplo de esta semana fue el artículo escrito por el jefe de Gabinete , en el que le enrostra a su antecesor Alberto Fernández el hecho de haber sido diputado por la lista de Cavallo, que estaba "en las antípodas de la visión" kirchnerista. Es interesante, porque Alberto formó parte de aquel proyecto en nombre de los dos principales aliados políticos que tenía Cavallo entonces: Duhalde y? Néstor Kirchner. Y más allá de esa fabulación: al descalificar al Fernández cavallista, ¿no descalifica también Aníbal a sus jefes Néstor y Cristina, que luego tuvieron a Alberto como su principal hombre de confianza en ambos gobiernos? La mitomanía produce esto: uno termina enredado en sus propias macanas.

La mayor de todas ellas tal vez sea la idea de que el kirchnerismo es una etapa superadora del peronismo. Cristina conseguirá la reelección solo si sale bien parada de la batalla por la provincia de Buenos Aires. Hoy más que nunca su suerte está atada al despreciado socialista revolucionario Daniel Scioli, quien tendrá que salvarles las papas a todos para que los peronistas bonaerenses no le hagan al cristinismo lo mismo que le hicieron los santafecinos. Scioli seguramente salvará el edificio de la Biblioteca Nacional (los profesores están preocupados) y para ello decidió elogiar públicamente a Miguel Del Sel, y abrazarse sin pedir permiso al también denostado José Manuel De la Sota. Luego, como un gran plebeyo, Scioli se vistió con su mejor traje y se fue a sonreír al mismísimo living de Susana.
Jorge Fernández Díaz

jueves, 28 de julio de 2011

Imbecilidad estructural

El Día del Amigo, la Academia de Periodismo convocó a colegas en su sede con la necesidad de compartir afectos en el momento en que nuestra profesión está especialmente atacada. La Academia de Periodismo funciona en un espacio autónomo dentro del tercer piso de la Biblioteca Nacional y este miércoles por primera vez en un evento pasó a saludar su director, Horacio González. Fue una visita breve, de cortesía de vecino-dueño de casa, pero para los periodistas se trató de algo significante. Quizá sea una sobreinterpretación después de la autocrítica por la derrota del kirchnerismo en la Capital que Horacio González y Ricardo Forster hicieron dos días antes.

González, Forster y varios integrantes de Carta Abierta eran intelectuales reconocidos antes de que existiera el kirchnerismo y lo seguirán siendo también después del kirchnerismo. No precisaron de este fenómeno para emerger, y eso les da una independencia distinta a la de los voceros K cuya visibilidad está constreñida al tiempo de duración del kirchnerismo en el Gobierno.

Algo parecido sucede en el periodismo: no es lo mismo Página/12 que los medios oficialistas que aparecieron sólo al amparo de la publicidad oficial. No es lo mismo Horacio Verbitsky o Mario Wainfeld que los panelistas del programa 6, 7, 8 (un amigo propone llamarlos “8, 7, 6”). No es lo mismo defender ideas que siempre se tuvieron elogiando al gobierno que las instrumenta que dedicarse remuneradamente a atacar y ensuciar a quienes no las comparten. En síntesis, y esto une a intelectuales y periodistas, no es lo mismo quien precisa –equivocado o no– creer que la razón está de su lado para poder llevar adelante una discusión, que el cínico que, sabiendo que miente, miente.

Un filósofo (la sociología antes de ser considerada una ciencia independiente, fue una rama de la filosofía), hasta por definición, no podría no amar el conocimiento y, si bien no puede acercarse todo lo que quisiera a la verdad, debería rechazar todo aquello que se sabe falso. Lo mismo sucede con un periodista. En ninguna de las dos actividades la militancia alcanza para transformar lo falso en verdadero. No puede haber filosofía militante, como tampoco periodismo militante. Eso que pretende parecer periodismo es en realidad otra cosa.

Confusión que, en el mejor de los casos (los no cínicos), provendría de una perspectiva de ser “en-sí” filósofo o periodista y ser “para-sí” comunicador militante, a lo Marx, cuando hablaba de “clase en sí” y “clase para sí”. Pero a causa de lo que fuera, políticos y comunicadores oficialistas quedaron sorprendidos ante la autocrítica –y en algunos casos completa crítica– por el tamaño de la derrota del kirchnerismo en la Capital que realizó Carta Abierta. Y desde el oficialismo se les hicieron a González y a Forster dos reclamos. Uno de oportunidad: la autocrítica antes del ballottage en Capital y las elecciones en Santa Fe contribuyen a que Macri amplíe aun más su diferencia con Filmus y a que Del Sel venza a Rossi. Otro de fondo: si antes de estas dos elecciones locales Cristina aparecía en las encuestas como ganadora en primera vuelta y ya en 2007 el oficialismo perdió la Capital junto con la provincia de Santa Fe y sin embargo a nivel nacional luego logró imponerse en todo el país con 45% del total de los votos, en primera vuelta, la “autoflagelación” sería extemporánea.

Dos lecturas son posibles. Una, que Carta Abierta esté viendo más allá del presente, considera que las derrotas en Capital y Santa Fe ya están jugadas y advierte con ánimo constructivo al kirchnerismo del efecto contagio que podrían tener dos victorias seguidas del PRO sobre el Frente para la Victoria para producir cambios de estrategia a nivel nacional. Otra, que aunque el kirchnerismo gane a nivel nacional lo hiere especialmente que pierda en donde se concentra la mayor producción intelectual de Argentina (falta agregar Córdoba, pero allí el Frente para la Victoria ni siquiera tiene candidato propio). Y que el festejo del macrismo con globos y baile le haya resultado un espectáculo abyecto (espectáculo como lo concebía Guy Debord: lo inverso de la vida), una imagen intolerable sobre la que no se puede sino experimentar indignación y dolor y, a diferencia de la vena artística de Fito Páez, se haya expresado catárticamente.

Pero en cualquiera de los casos, la autocrítica de Carta Abierta trasciende a Filmus, las elecciones en la Capital y las de Santa Fe. Uno de los pilares de esa autocrítica se construyó alrededor de la miopía de los medios oficialistas, que sólo sirven para hablarles a los que “ya están convencidos”. Especialmente al programa 6, 7, 8 Forster lo calificó de “imbecilidad estructural”.

La política comunicacional del Gobierno tiene dos vertientes: la propaganda oficial, donde se exhiben todos los méritos de Cristina, y la propaganda negativa de los políticos opositores y los periodistas y medios no oficialistas, lo que eufemísticamente llaman periodismo militante.

Es tan evidente y grotesco su ánimo exclusivo de difamar, que termina siendo contraproducente para la propia estrategia oficial. En cierto sentido, encuentra un paralelismo con la inflación: al principio genera ventajas inflando el consumo y la recaudación del Estado pero, una vez que ya todos la dan por descontada, sólo quedan sus costos.

Un pequeñísimo ejemplo de esta semana y de los más suaves. El diario Tiempo, en su sección Gráfica Ilustrada, que sin firma se dedica a ‘desenmascarar las mentiras de los medios hegemónicos’(sic), tituló: “Perfil, otro que minimiza Tecnópolis”. La nota llevaba como volanta: “Si es positivo, que no se note”. Y como destacado: “Le dedica un pequeño (re) cuadro frente a dos páginas de La Rural”. Así fue en la edición del día domingo, pero el día sábado PERFIL ya había publicado dos páginas de Tecnópolis y nada de La Rural y, más aún, fue el único diario que en primicia mostró cómo estaba quedando Tecnópolis en una doble página la semana previa a su inauguración, con título en tapa de aquella edición. Las primeras mentiras duelen, la segunda tanda enoja; y pasado cierto umbral, ya se las asume como esperables.

Cuando una acción ya no produce más sorpresa, pierde su efecto. El kirchnerismo hoy precisa convencer a los moderados mientras que los medios oficialistas sólo quieren vencer al “periodismo hegemónico”. Son sus propios odios personales, frustraciones y resentimientos los que guían su acción y no la conveniencia del Gobierno. No son eficaces estructuralmente porque se consumen en su propio éxito. Pero también porque no tienen la profundidad suficiente como para distinguir matices y meten a todos en la misma bolsa, ni la calidad para que sus mensajes resulten creíbles y resistan un poco más el paso del tiempo.

La imbecilidad quizá no tenga que ver sólo con los medios oficialistas. Bertolt Brecht decía: “El que no sabe es un imbécil, pero el que sabe y calla es un criminal”. Probablemente, a Carta Abierta le sea más fácil sostener los errores del Gobierno, pero no pueda permitirse la imbecilidad.
Jorge Fontevecchia

domingo, 24 de julio de 2011

El error de confundir a Kirchner con su sombra

Apartando los impactos sociológicos del luto y las elecciones locales, los cinco grandes acontecimientos políticos del primer semestre fueron de orden cultural. Utilizo aquí, ex profeso, el término "cultural" aludiendo a una "guerra" en apariencia ganada por el oficialismo y a una maquinaria intelectual y verborrágica aceitada suntuosamente por los dineros del Estado.

Los tres primeros episodios que terminaron en escándalo nacional fueron protagonizados por figuras literalmente culturales: el novelista Mario Vargas Llosa, la ensayista Beatriz Sarlo y el músico Fito Páez. Los tres, con el uso de la palabra, provocaron una catarata de debates ideológicos, y obtuvieron más espacio mediático que cualquier declaración o medida de un político profesional. Es como si los tres hubieran conseguido rasgar el cordón sanitario de lo políticamente establecido y, para bien o para mal, hubieran traído a la superficie cuestiones profundas de las que no se hablaba en voz alta. Aunque con matices (el pobre Fito sufrió también el cruel fuego amigo), en los tres sucesos la maquinaria oficial actuó con virulencia y el Gobierno terminó paradójicamente perdiendo cada batalla.

Hay que tomar nota: muchas veces la maquinaria cultural, para justificarse a sí misma, funciona sola, como un Frankenstein ligeramente ingobernable y algo descerebrado. Cuando la economía funciona y los votos alcanzan no es tan relevante, y cuando ocurre todo lo contrario, es directamente perniciosa, un arma taimada e inútil con la que uno termina volándose un pie. Es que cuando las cosas van mal no hay montajes ni monólogos de moralina progre que valgan, por más rejunte de prestigios académicos y artísticos que un gobierno logre alinear para utilizar como escudo humano.

Los otros dos episodios de la guerra cultural que sacudieron este semestre tienen precisamente que ver con esa política de escudos. No hay pecados políticos de lesa humanidad. Pero si los hubiera, si no prescribieran a raíz del olvido, que en la Argentina está siempre de moda, el kirchnerismo tendría que pagar por haber utilizado dos asociaciones inmaculadas para crear el "relato", ganar la "guerra cultural" y legitimar sus políticas domésticas. Madres y Abuelas de Plaza de Mayo eran dos instituciones ecuménicas e insospechadas antes de descender al fango de la política y quedar manchadas por su manifiesta adscripción al poder. Primero salió salpicada Hebe de Bonafini. Ahora quedó maltrecha Estela de Carlotto, una mujer admirable y democrática que se fue transformando en una simple militante del Frente para la Victoria. La rúbrica de esa militancia quedó patentizada esta semana con algunas frases que hieren por su subjetividad partidista, y sobre todo por el empañamiento de su antiguo y equilibrado sentido de justicia.

Hebe y Estela son víctimas después de haber sido utilizadas como vigas del relato. Vargas Llosa, Sarlo y Páez son actores de un drama donde lo que siempre parece estar en juego no es la realidad, sino lo que se cuenta de ella. En ningún otro país los sucesos políticos de alta significación son protagonizados por figuras no políticas. Tal vez porque en otras latitudes el relato no tiene tanta importancia como en el nuestro.

Un partido gobierna con política y con relato. Por política entiéndase gestión, armado y economía. Por relato, discurso y articulación de una épica. Por momentos da la impresión de que, a fuerza de práctica, el Gobierno se creyó finalmente que el relato era la política. Y es como si la política hubiera muerto con Néstor Kirchner. Nos guste o no (a mí no me gustaba) el ex presidente era un hacedor. A su lado, los herederos de Kirchner parecen comentaristas. La sombra copia las formas y los movimientos del cuerpo, pero sólo es una imagen grácil e irrelevante. Una falsificación óptica.

Con una inflación anual del 27%, el ministro de Economía ocupa su tiempo en una alegre gira proselitista por medios, barrios y provincias. El ministro de Trabajo se encuentra absorbido ciento por ciento en la recurrente derrota capitalina. El jefe de Gabinete, con las funciones reducidas, trabaja de payador. Y la Presidenta se dedica a dar un discurso por día iluminada por expertos en marketing y mostrando, con tanto atril, que ésa es su principal política de Estado.

Sólo en este contexto se explica que un honesto debate intelectual se haya convertido en poco menos que un escándalo de tabloide. La primera reacción de los integrantes de Carta Abierta, frente a la publicación de sus dichos y los enojos de su propio gobierno, fue relativizar lo que cualquier ciudadano puede constatar en YouTube. Superada esa tontería, el debate en la Biblioteca Nacional fue interesante. Y constituyó algo completamente inusual para el kirchnerismo: una autocrítica. Lo que allí se dijo de los medios oficialistas y de la campaña de Filmus no carece de razón. Y la frase más significativa quedó sepultada por otras más resonantes. Esa frase fue pronunciada por la socióloga María Pía López, quien contradijo la excusa del Gobierno ("perdimos por problemas de comunicación") y señaló: "No hubo construcción política en la ciudad. El macrismo, desde un discurso de la no política, hace política territorial, va a los barrios. Y nosotros, que tenemos un discurso político, no hacemos política". Esa frase separa por fin la política del relato después de seis meses donde la narración valió mucho más que los hechos.
Jorge Fernández Díaz