miércoles, 30 de noviembre de 2011

El Estado impone su propia épica

Un reciente decreto creó el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. De sus fundamentos se deduce que el Estado argentino se propone reemplazar la ciencia histórica por la epopeya y el mito.

El mito y la epopeya están en la prehistoria del saber histórico. Los mitos explicaban el misterio y el papel de lo divino; los relatos épicos exaltaban la acción de los héroes, entre divinos y humanos. La historia se ocupó, simplemente, de los hombres, y trató de entenderlos basándose en el razonamiento y la comprobación. En la Antigua Grecia, Herodoto y Tucídides fundaron la historia como ciencia y dejaron en el camino mitos y héroes. A mediados del siglo XIX, Wagner recurrió al mito y a la épica, pero sus óperas se representaban en los teatros; en las universidades estaban los historiadores tan notables como Mommsen.

Más o menos así estamos hoy en la Argentina. No tenemos ópera, pero hay abundantes cantantes, poetas y escritores de mitos y epopeyas, que conquistan la fantasía de su público. Los historiadores, por su parte, trabajan en las universidades y en el Conicet.

El Estado tiene otra idea: la épica debe ocupar el lugar de la historia. La tarea que le encomienda al Instituto de Revisionismo es rescatar y valorar la obra de los héroes fundadores de nuestra nación, sistemáticamente ignorada por la "historia oficial". Nadie se sorprendería si leyera esa propuesta en los escritos de Pacho O'Donnell, presidente del nuevo instituto. Su pluma y su verba son familiares. Lo insólito es que una prosa tan idiosincrática sea asumida, sin correcciones ni matices, por el Estado nacional a través de un decreto firmado por la Presidenta, el jefe de Gabinete y el ministro de Educación.

El decreto amonesta severamente a los historiadores. Obnubilados por el "liberalismo cosmopolita", abandonaron su misión -la reivindicación de los héroes patrios- y ocultaron la gesta de las grandes personalidades identificadas con el ideario nacional y con las luchas populares. Entre otros héroes olvidados se encuentran personajes como San Martín, Rosas, Yrigoyen, Perón y Eva Perón. También son culpables de haber olvidado el aporte de las mujeres y, sobre todo, la contribución de los sectores populares a estas luchas. Al nuevo instituto se le pide que elabore una reivindicación de los auténticos héroes, con la salvedad de que debe hacerse mediante un saber científico riguroso, ausente de la investigación histórica actual.

Los historiadores profesionales vivimos en el engaño. Creímos que la investigación histórica científica y rigurosa se había consolidado en las universidades y el Conicet. Computamos como hechos positivos no sólo la excelente formación profesional, sino la ampliación de nuestros temas, inclusive -entre tantos otros-, los referidos a las personalidades mencionadas. Nos enorgullecimos de haber superado viejas controversias esterilizantes. Acordamos que no existen verdades únicas ni definitivas y que el nuestro es un conocimiento en revisión permanente. No se si efectivamente lo logramos. Pero lo cierto es que hoy hay una enorme cantidad de historiadores excelentes y altamente capacitados, que se han formado y han sido examinados en sus capacidades por las rigurosas instituciones del Estado argentino: sus universidades, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas o la Agencia Nacional de Investigaciones.

Creímos que retribuíamos al Estado lo que hizo por nuestra formación con buena historia, reconocida en todo el mundo. Pero a través de este decreto, la más alta autoridad nos dice que ha sido un trabajo vano, y que sus instituciones académicas y científicas han fallado. Todo lo que hemos hecho es historia "oficial", y, peor aún, "liberal".

El decreto también se ocupa del conjunto de los ciudadanos. Les advierte sobre los riesgos de las ideas equivocadas sembradas por los enemigos del pueblo. Los previene acerca del pernicioso relativismo del saber. Sobre el pasado -así como sobre el presente- hay una verdad, que el Estado conoce y que este instituto contribuirá a inculcar. Para ello se ocupará de la correcta educación de los docentes y los vigilará para que no recaigan en el error. Podrá además cambiar los nombres de las calles y las imágenes de los billetes, monedas y estampillas; crear museos y lugares de memoria, establecer nuevas celebraciones y, en general, promover la difusión de estas ideas a través de cualquier medio de comunicación. En estos prospectos, inquietantemente totalitarios, se dibuja una suerte de orwelliano Ministerio de la Verdad, del cual ya hemos visto algunos adelantos en la cuestión de la llamada "memoria del pasado reciente".

El revisionismo histórico, cuya tradición se invoca en este decreto, merecía un destino mejor. En esa corriente historiográfica militaron historiadores y pensadores de fuste. Julio Irazusta desarrolló una bien fundamentada defensa de Juan Manuel de Rosas, con sólida erudición, aguda reflexión y una prosa refinada. Ernesto Palacio dejó una Historia de la Argentina bien pensada y provocativa. José María Rosa, quizá más desparejo, tiene piezas de preciso conocimiento y convincente argumentación. Ellos y sus seguidores, como todos los buenos historiadores, cuestionaron las ideas establecidas, provocaron el debate y aportaron nuevas preguntas. Sobre todo, formaron parte de una tradición crítica, contestataria, irreverente con el poder y reacia a subordinar sus ácidas verdades a las necesidades de los gobiernos.

Quienes hoy hablan en su nombre impresionan por su mediocridad. El decreto los califica de "historiadores o investigadores especializados", capaces de construir un conocimiento "de acuerdo con las rigurosas exigencias del saber científico". Pero ninguno de ellos es reconocido, o simplemente conocido, en el ámbito de los historiadores profesionales. De los 33 académicos designados, hay algunos conocidos en el terreno del periodismo, la docencia o la función pública. Dos de entre ellos, Pacho O'Donnell y Felipe Pigna, son escritores famosos. En mi opinión, entre ellos hay muchos narradores de mitos y epopeyas, pero ningún historiador. Nada comparable con los fundadores del revisionismo.

Estos epígonos del revisionismo comparten con sus predecesores ciertos rasgos, disculpables en quienes reunían otros méritos. Uno de ellos es la idea de la conspiración. Los "vencedores" han mantenido oculta una historia verdadera, que ellos revelarán. Lo que hemos leído muchas veces a propósito de Rosas y de otros se aplica hoy a Manuel Dorrego, cuyos méritos enumera el decreto. A los historiadores siempre nos asombra este permanente descubrimiento de lo ya sabido. Personalmente, hace cincuenta años ya aprendí todo eso con Enrique Barba y Tulio Halperín Donghi. Desde entonces, aparecieron abundantes trabajos académicos, algunos brillantes, que están al alcance de cualquiera que se tome el trabajo de buscarlos.

La retórica revisionista, sus lugares comunes y sus muletillas, encaja bien en el discurso oficial. Hasta ahora, se lo habíamos escuchado a la Presidenta en las tribunas, denunciando conspiraciones y separando amigos de enemigos. Pero ahora es el Estado el que se pronuncia y convierte el discurso militante en doctrina nacional. El Estado afirma que la correcta visión de nuestro pasado -que es una y que él conoce- ha sido desnaturalizada por la "historia oficial", liberal y extranjerizante, escrita por "los vencedores de las guerras civiles del siglo XIX". Los historiadores profesionales quedamos convertidos en otra "corpo" que miente, en otra cara del eterno "enemigo del pueblo".

En nombre del pueblo, el Estado coloca, en el lugar de la historia enseñada e investigada en sus propias instituciones, a esta épica, modesta en sus fundamentos, pero adecuada para su discurso. Más aún, anuncia su intención de imponerla a los ciudadanos como la verdad. Quizá sea el momento de que, en nombre del pueblo, se le diga a quien encabeza el Estado que hay cosas que no tiene derecho a hacer.
Luis Alberto Romero

martes, 29 de noviembre de 2011

¿Quién es el agente?

“Somos más libres cuanto más causa de lo que sucede somos.”
Spinoza

Ser causa de lo que nos pasa es ser el agente. Cuando somos mero efecto de lo externo, no somos libres. Cuanto más agente somos, más libres somos. Por eso, los políticos pelean por ser ellos quienes establezcan la agenda siendo, así, el agente de lo que pase. ¿Quién es el agente del aumento del dólar? ¿Los bancos y las grandes empresas que le imponen al Gobierno una devaluación? ¿O el propio Gobierno que con años de inflación en dólares consumió su colchón cambiario? Para Spinoza, la ley de la sabiduría era la ley de la libertad; el sabio era el libre, o sea el agente, pero sólo se era libre en la medida que se comprendiera la ley de la naturaleza. De lo contrario, no se conseguiría con la acción lo buscado porque no se sería sabio ni libre. ¿Qué querrá el Gobierno con la economía? Y en el caso del dólar, ¿entenderá “la ley de la naturaleza” de la que hablaba Spinoza para ser agente de lo que sucede?

La economía se rebela al orden del discurso. Es más fácil pelearse con Magnetto que con el mercado. Ya escribí que los kirchneristas más radicalizados no están peleados con Magnetto sino con el periodismo, que Magnetto es sólo el flanco más atacable, la excusa. Podría inferirse lo mismo sobre el neoliberalismo; los kirchneristas más radicalizados no están peleados con el neoliberalismo sino con la economía, y el neoliberalismo es su flanco más atacable.

Al mercado negro se lo puede llamar “dólar blue”, pero sigue ejerciendo las mismas consecuencias aunque tenga otro nombre. En economía el deslizamiento entre significante y significado no se produce con las mismas reglas de representación. Por ejemplo, se puede acordar con Brasil o Uruguay que nuestro comercio exterior no sea más en dólares sino en pesos, reales y pesos uruguayos. Pero eso no impedirá que en Uruguay se acepten los pesos argentinos por pesos uruguayos, aunque al equivalente de comprar dólares a $ 5,85.

El dólar blue, negro o paralelo es el problema que hoy enfrenta el Gobierno. Cuando hasta hace pocas semanas la diferencia con el dólar oficial era de tres o cuatro por ciento, no tenía ningún valor de referencia. Ahora que la diferencia entre el dólar oficial y el blue se acerca al 20% pasó a ser un dato tan relevante como la inflación de las consultoras privadas, o sea, el dato real, y significa un desdoblamiento no formal del mercado cambiario.
Este casi 20% de brecha se produjo justo después de que Brasil devaluara el real un 20% frente al dólar, ¿casualidad? Este 20% de brecha se produjo justo después de que se terminaran las elecciones, ¿casualidad?

De Papandreu a Papademos. En Grecia y aquí, ¿como papanatas? Los propios kirchneristas confiesan que la atomización de las decisiones por falta de un ministro de Economía en serio contribuye a potenciar el problema cambiario. El ministro de Economía del modelo fue Néstor Kirchner y aquí viene la paradoja: al ex presidente le hubiera costado más ganar las elecciones pero a la Presidenta le podría costar más ganar la gobernabilidad.

Su marido tenía peor imagen pero –por lo menos en el imaginario colectivo– transmitía más garantía de gobernabilidad. Se podría explicar que alguien más temido tenga peor imagen pero en momentos de crisis se valore más su autoridad. Si cuando la Presidenta designe al nuevo gabinete sus ministros claves transmitieran confiabilidad, probablemente el mercado cambiario se tranquilizaría. Hoy hay hasta versiones de pesificación de los argendólares, que a priori parecen disparatadas. Pero muchos creen que cualquier cosa es posible.

Dicen que la versión sobre que se estudia la alternativa de una pesificación la inició una calificadora de riesgo. Vale recordar que las calificadoras de riesgo en todo el mundo nacieron dentro de empresas de medios de comunicación y, antes de convertirse en mundialmente canónicas, comenzaron siendo una división editorial que vendía información más técnica y para especialistas. El odio de los políticos con los que difunden información (y los termómetros como el dólar blue o el índice de inflación de las consultoras privadas) refleja la problemática de la relación entre agente, libertad y saber.

Desde la perspectiva oficial son los medios quienes están creando esta turbulencia cambiaria agitando a las audiencias con temores exagerados que consiguen realizar la profecía autocumplida. El agente no sería el mercado y sus principales actores, los dueños del capital, sino –cuándo no– los medios que harían terrorismo económico al ver que el Gobierno se inmunizó contra las denuncias de corrupción; por ejemplo, la Justicia declaró inocentes a todos los implicados en el caso Skanska y, entre otros, el caso Schoklender quedó invernando.

Coherente con esta visión paranoica es la de que De Vido y Boudou salieron a anunciar el comienzo de las modificaciones de los subsidios con más ruido que medidas concretas, para sacar el tema del dólar de la tapa de los diarios y distraer la atención de los ahorristas histerizados. Evidentemente no lo lograron.
La obsesión por el relato lleva al Gobierno muchas veces a confundir el mapa con el territorio: las reservas del Banco Central, que eran igual al circulante monetario más los depósitos, ahora son menos de la mitad. El agente de eso no fue Magnetto. Desplazar al mensajero los atributos del agente es un proceso mental primitivo, como aquellos dictadores arcaicos que fusilaban al correo del adversario. Se podría decir que el aumento del 50% de la tasa de interés en las últimas dos semanas es una consecuencia del incremento del dólar, porque mientras el dólar no se movía los ahorristas en pesos hacían de cuenta que recibían intereses en dólares, pero en realidad la tasa de interés actual es recién ahora similar a la de la inflación real: 22%. ¿Es el aumento del dólar la causa de la suba de la tasa de interés o es el aumento de la inflación la causa tanto del aumento de la tasa de interés como del dólar?

Una señal de la intoxicación de goce discursivo la refleja Emilio Pérsico al aclarar que cuando la Presidenta dijo en la reunión del G20 en Cannes que era necesario volver a un “capitalismo serio” no fue porque creyera eso sino que se trataba de una “chicana”.
Chicanas. ¿Estará allí el problema?
Jorge Fontevecchia

jueves, 24 de noviembre de 2011

Fisuras

El más letal de los peligros es haberse convencido de que así está bien. La presunción de que se puede conducir con una sola mano es embriagante. Infunde el sopor tóxico que envilece a quienes carecen de dudas. Pero dar órdenes no es conducir. No, al menos, en tiempos tan turbios y complejos. Sin embargo, ajeno al más elemental recaudo, el poder político que hoy impera en la Argentina, al que la sociedad le ha conferido un potente 54% de los votos, pilotea la Nación sin inmutarse.

No hay en las alturas de una Casa Rosada imperial ni el intento más mínimo de colegiar el poder. Se conduce en solitario y desde la estratosfera. ¿Puede creer Cristina Kirchner que lo que le dicen, le escriben y le muestran es la realidad? ¿Puede tomar como el mejor de los caminos este recetario de torpezas infantiles y manotazos autoritarios con los que se pretende ofrecer una semblanza de gobernabilidad? Pareciera que sí, porque si se deja de lado el edulcorado discurrir de las supuestas “autocríticas”, nada indica que entre El Calafate, Olivos y Balcarce 50 se haya dibujado un hilo conceptual cargado de reflexiones profundas y lecciones debidamente aprendidas.

Es un gobierno que se mece en una autocomplacencia desconcertante. Enamorada de sí misma y de todo lo que dice, hace, omite y destruye, Cristina Kirchner experimenta ahora los corcoveos feos de la turbulencia. No es bonito zarandearse en las alturas.

Ese malambo siembra pánico. Reza la vieja anécdota que cuando volaba a bordo del Tango 01 que se compró en los años noventa y el avión se metía en zonas inestables con el consiguiente temblor del aparato, el presidente Carlos Menem salía de su cabina imperial y les decía a sus cortesanos: “¡No temáis, van con el César!”. El riojano era un frívolo, pero con ciertas cosas no jugaba. Su noción del mando era peronista, pero en clave bastante más delegativa. Quince años más tarde, la Argentina vuelve a palpitar los avatares de una conducción más unipersonal y opaca que nunca.

La noción de república democrática parece ir quedando enterrada por el clamoroso jubileo de las decisiones plebiscitarias. La Presidenta no tiene dudas. No sabe lo que es una perplejidad. Así, reparte mazazos. Hay sindicatos que boicotean al pueblo, dice un día. Al siguiente, equilibra y escarnece a los burgueses que “se la llevan toda afuera”. No hay pasado del que hacerse cargo ni presente sobre el que rendir cuentas. Atornillada más que nunca a un mesianismo caprichoso que impide admitir equivocaciones, ahora anula subsidios que desde ya hace muchísimos años eran estériles, injustos e insultantes, pero ni remotamente imagina que debe explicarle a la sociedad por qué existieron y para qué sirvieron. Lo mismo hace con las cebadas corporaciones gremiales a las que les dio tajadas de Aerolíneas Argentinas. Montaña rusa política y cinismo ideológico: así como dije una cosa, ahora digo la otra. Brilla la ausencia de explicaciones o de argumentaciones razonadas. Se sabe: cuando un sistema de poder está edificado de manera excluyente sobre una o muy pocas personas, no queda más remedio que suplantar el análisis político por explicaciones que ahonden en lo subjetivo.

En la Argentina prevalece ahora mismo una cosmogonía del poder político cuya arquitectura empieza y termina en un liderazgo omnisciente: todo lo saben, todo lo pueden, todo lo conocen, a nadie necesitan, nada les falta. Es un liderazgo sostenido sobre el empacho autocomplaciente. Es un gobierno que se basta a sí mismo y a cuyos ya ruidosos tropezones los vive como episodios irrelevantes, respecto de los cuales considera que nada debe explicar.

Si la Presidenta funciona así, proyectando en todo momento la sensación de que nada la alarma y tampoco la desafía intelectualmente, sus subalternos operativos llevan ese régimen funcional al paroxismo. El caso paradigmático es el de Guillermo Moreno, pero es simplista y hasta engañoso ensañarse sólo con él. Guillermo Moreno no existe. Es en todo caso un espantapájaros colocado donde está para disciplinar provisoriamente a quienes se insubordinan o no cumplen. Lo central es lo sistémico: gente como él a cargo de funciones tan delicadas revela la impronta profunda e inalterable. Es la que me confesó allá por el remoto 2003 el mismísimo Néstor Kirchner en aquellos dos cafés interminables a los que me invitó en la Casa Rosada (ver Lista Negra.La vuelta de los setenta, Sudamericana, 2006). La filigrana de este modo de poder es inconfundible. Se trata de una desnuda ideología del poder, al que se maneja de manera radial.

Todo sistema radial es un esquema imperial. Los planetas orbitan en torno del Sol, del que dependen y con el que se nutren. Sin Sol no hay sistema. Así funciona la Argentina en vísperas de 2012. Los errores no se pagan. Las equivocaciones quedan impunes. La permisividad es absoluta y la despenalización completa: subsidios y arbitrariedades sindicales fueron útiles hasta que dejaron de serlo. Vuelta de página para la rutina de un gobierno que, además de considerarse omnisciente, pareciera haberse convencido de ser omnipotente. Se ha pulverizado la noción de los arbitrajes. Ha muerto la ética de las consultas. Desapareció la conciencia de que el mundo es complejo y que los países no pueden ser conducidos arrastrándolos desde el hocico.

No es para hoy el problema, es para mañana por la mañana. Tanta concentración del poder, tanta jactancia para ejercerlo en solitario, llevan irremisiblemente a un trauma fuerte. Puede tardar, pero –así las cosas– resulta poco menos que un pronóstico certero. La guerrilla contra el dólar, la debacle de Aerolíneas Argentinas y el ruidoso final del festival de subsidios son apenas incidentes menores que revelan profunda fatiga del material. Si el curso no cambia de manera profunda, las fisuras se ensancharán.
Pepe Eliaschev