martes, 31 de enero de 2012

Cabezas no murió en Afganistán, pero pelea una guerra contra los miserables

En otro patético intento de reescribir la historia, un periodista del programa más K de la TV descalificó el asesinato de José Luis Cabezas.

El programa 6, 7, 8 quedará en la historia pequeña de los medios, como quedó aquella campaña de postales de Para Ti durante la dictadura para que los lectores las enviaran al exterior con el texto “Los argentinos somos derechos y humanos”, o aquellas notas de Somos dictadas por los servicios de Inteligencia.

Orlando Barone es el José Gómez Fuentes de esta época: se le nota esa actitud hasta en la postura corporal: saca pecho, orgulloso, se revuelca feliz en el barro de la provocación. Un actor de reparto al que le llegó, finalmente, un sitio en el cartel.

Sólo quien hubiera dicho, en otros tiempos: “Que venga el Principito” puede hoy, liviano, casi divertido, frivolizar el asesinato de Cabezas “porque no murió en Afganistán”.

La gente como Barone tampoco muere en Afganistán, ni incendiado y maniatado en una cava en Pinamar. Lo más probable es que muera en el olvido.

El afán oficial por reescribir la historia que sea, este estúpido deseo de poseer el monopolio de la verdad, los héroes, la juventud maravillosa, la militancia sacrificada, la rebeldía de Puerto Madero empujaron a Barone a pronunciar aquella estupidez. Ninguno de los ex empleados de Clarín que lo rodean dijo una sola palabra, por lo que puede suponerse que compartían su teoría de muertes mayores y menores.

Si se lo piensa bien, es lógico: quien no tiene escrúpulos en la vida, ¿por qué habría de tenerlos en la profesión? Aquel que ubica a la nieta en Télam, que forma parte de diversos grupos de tareas y propaganda en Radio Nacional, Canal 7 y el Grupo Szpolski, que presenta tapes manipulados por la caja registradora de Gvirtz, ¿qué problema puede tener en descalificar la muerte de un periodista o el silencio de otros?

Cabezas no murió en Afganistán; fue asesinado en Buenos Aires y aún pelea una guerra. La guerra contra la injusticia, que, todavía hoy –15 años después– rodea su muerte: libres los responsables directos, inciertos los cómplices políticos, impunes las mafias que cambiaron de testaferros pero no perdieron los hilos del poder. Y en guerra, ahora también, contra los miserables.

Jorge Lanata

jueves, 22 de diciembre de 2011

Rumbo a "Granma"

Es tan grotesco el argumento, cuando se lo compara con la velocidad alucinada que el Gobierno ha empleado para convertir en ley la incautación de Papel Prensa S.A., que las justificaciones resultan patéticas. ¿Marcha tal vez la Argentina rumbo a una 'democratización' de las empresas privadas? ¿Acaso hacen cola los editores para conseguir un papel de diario supuestamente inaccesible? Por supuesto que no, pero el ADN del oficialismo manda que 'los medios' deben ser debilitados y -si fuera posible-sacados del camino.

En la materia, Cristina Fernández se encuadra en la misma praxis de la que participan Chávez, Correa y Ortega. Todos ellos mandatarios más ó menos vitalicios, luego de lograr un mandato electoral evidente se plantan ante el presente y el futuro obsesivamente preocupados por rodearse de medios de comunicación adictos, eliminando a los que tengan aún poder de influencia y -sobre todo- credibilidad social.

El Gobierno trepa a la cima de las discrecionalidades a las que se asisten en América latina en materia de belicosa militancia contra el periodismo.
Pero la Argentina va ahora más lejos: con la inminente incautación de Papel Prensa S. A., el gobierno kirchnerista trepa a la cima de las discrecionalidades a las que se asisten en América latina en materia de belicosa militancia contra el periodismo.

En la "pole position" de los autoritarios, el gobierno revela su discriminación selectiva y sugerente.

Van a "democratizar" Papel Prensa S. A., en paralelo a la obliteración de Cablevisión; ésas son las grandes batallas oficiales para 'redistribuir' el ingreso. Setentismo bobo: no van (de momento) por los medios de producción centrales, sino que solo quieren apoderarse de lo que ellos ven como fábricas de ideas. Me lo dijo el diputado Edgardo Depetri en Canal 26 en mi última participación en el programa 'Le doy mi palabra'; periodistas como yo, vociferó, crean y forman opinión. Mejor que no existan ¿verdad?

El gobierno se deglute Papel Prensa y fragmenta a Cablevisión, ésa es su gesta revolucionaria modelo 2011. No se propone democratizar, por ejemplo, empresas que aportan el núcleo de la riqueza argentina. Progresismo fóbico a las opiniones diversas, sabe que lo producido por su colosal aparato de diarios, revistas, radios y TV solo lo consumen los militantes oficiales. Con Papel Prensa intervenida, imagina otra historia, la de un periodismo monocolor y exento de cuestionamientos.

Una sugerencia: ¿por qué no sincretizan sus diversas y fracasadas bocas de expendio en una sola propaladora, para racionalizar recursos y fortalecer su artillería? ¿Por qué no galvanizar a Página/12, Tiempo Argentino, El Argentino y a los muchísimos otros medios tributarios del Gobierno, en una sola voz, capaz de presentar combate a los medios aún sobrevivientes? Sería como un "Granma" nacional y popular, para tomar el ejemplo del diario que oficia de órgano del gobierno de Cuba desde hace medio siglo y que no compite con nadie, porque la prensa es en esa isla un monopolio del Estado.
Pepe Eliaschev

El problema no es Moyano, es el modelo

El Congreso aprueba a libro cerrado las iniciativas del Ejecutivo y el Poder Judicial está controlado en lo que importa al Gobierno. El gremialismo es el último bastión a doblegar para la sintonía fina.

El enfrentamiento entre la Presidenta de la Nación en particular y el kirchnerismo en general, con el líder de la CGT, Hugo Moyano, que hasta ahora circulaba en sordina, se ha hecho fuertemente explícito durante la semana que pasó.Pero detrás de los discursos, las indirectas y las directas, se esconde el problema central de los próximos meses. El modelo populista, inflacionario, fiestero, ya no se enfrenta con la abundancia de los últimos años, y mucho menos del último bienio. Al contrario, surge la necesidad de administrar sin holgura de recursos fiscales ni de dólares, en un contexto de desaceleración de la actividad económica, consecuencia de la propia fiesta y de un escenario internacional que se presenta adverso, por la recesión europea, el menor crecimiento de China y Brasil y el modesto repunte norteamericano, sumado al aislamiento financiero argentino, que se ha reflejado en la salida de capitales de estos años.Es por ello que se requiere “sintonía fina”.
En esa sintonía, el sindicalismo debe subordinarse. Ya no hay diputados y senadores, sólo “levanta manos”, como se ha demostrado con la sanción a libro cerrado de todas las iniciativas del Poder Ejecutivo. El Poder Judicial, en los niveles que importan, está controlado o incapacitado de imponer sus fallos.La prensa independiente va camino de ser censurada en forma indirecta, combinando pauta publicitaria oficial y control del abastecimiento de papel. Y los líderes empresarios han sido reducidos a cortesanos por mecanismos que combinan el “capitalismo de amigos” y la presión y extorsión derivada del uso ilegal de la AFIP y de otras reparticiones públicas, a golpes de teléfono.
El sindicalismo es el último bastión a doblegar.Pero, paradójicamente, el poder sindical actual es también consecuencia del modelo.En efecto, los líderes sindicales se convirtieron en los primeros aliados del kirchnerismo, primero, de la mano de la recuperación del empleo (los sindicalistas son los representantes de los trabajadores... pero de los que tienen empleo formal.De los desempleados y los informales, los líderes son los piqueteros. De allí que el crecimiento del empleo formal cambió el balance de poder, entre sindicalistas “tradicionales” y “no tradicionales”). Luego, la recuperación del salario les permitió a los sindicalistas mejorar no sólo su poder relativo, sino también su poder económico (la recaudación de los gremios es siempre un porcentaje del salario).Por último, el aumento de la tasa de inflación y la destrucción del Indec les otorgaron a los representantes gremiales una cuota de poder adicional y extraordinaria. (Cuando la inflación es muy baja, las negociaciones salariales se pueden conducir de manera “cuasi automática”. En alta inflación, y encima indeterminada, los trabajadores necesitan “alguien que los defienda”.) A este panorama, el kirchnerismo le sumó prebendas especiales para Camioneros y un Ministerio de Trabajo “parcial”. Mientras tanto, el sector empresario, también fascinado con la fiesta del consumo interno, cierto proteccionismo y la revaluación de las monedas regionales, no opuso resistencia alguna en las negociaciones salariales. El resultado, un aumento espectacular del salario real –desde el piso de 2002, por supuesto– y de los costos laborales.Los sindicalistas amigos, como reconoció el propio Moyano en su discurso, respondieron, apoyando, movilizando, sirviendo de fuerza de choque, amenazando a los empresarios díscolos. Todo fue un te doy y dame, entre socios.Ahora, se requiere que la fiesta populista reacomode las cargas.Y la decisión de quién, cómo, cuándo y con qué magnitud está centralizada en la Presidenta y su círculo íntimo.Los fondos van del sector privado al sector público, y es éste el que los “redistribuye” al sector privado, en función de la ideología, la política de corto plazo, los amiguismos, etc. Ahora, se decidirá, sector por sector, empresa por empresa, costos, salarios, ganancias, etc. Para ello, hacen falta sindicalistas predispuestos a este esquema.Todos los negocios tienen que pasar por el proceso “redistributivo” del kirchnerismo. Están en revisión incluso los negocios sindicales que el propio Gobierno alimentó.
Esta es la verdadera pelea. Como siempre, es por plata.
Enrique Szewach