lunes, 2 de julio de 2012

Cosita

Todos son lo que eran. Todos saben lo que sabían. Serán lo que son. Sabrán lo que saben. Así, nada cambia. El país sigue abocado a la repelente tarea de catar sustancias indigeribles. Más de lo mismo. Nueve años después de haber llegado al poder, el Gobierno promete la revalorización del ferrocarril. No titubea ni tartamudea, como si hubiera desembarcado ayer, como si otro hubiese sido el gobierno que fogoneó el negocio del transporte por ruta, descuidando y terminando de empobrecer la ya escuálida red ferroviaria que recibió al asumir.
Moyano tampoco trepida: ahora (y sólo ahora) esos “exiliados en el Sur” durante los años militares son unos usureros que se hicieron ricos mientras la militancia moría en las mazmorras castrenses. Ambas partes hablan como si hubiesen nacido ayer. Antiguos de toda antigüedad, operan con criterios arcaicos. Ignoran que, ahora mismo y más que nunca, todo queda registrado y es sencilla y fácilmente recuperable. Ya no es un tema de memoria o caprichos de la nostalgia. La tecnología más despiadada digitaliza y resucita archivos. Las palabras regresan. Las fotos denuncian. Debe estar desesperadamente flaca de voluntad esta sociedad argentina para hacerse la que no ve.
La Presidenta confesaba que le dan “cosita” los chanchos, horas después de que ella se llevara puestos la ley y el orden al sacar a la policía de la calle sólo para arruinarles la fiesta a Moyano y sus raleados cofrades. ¿Cómo es que saca a la policía de la calle? ¿Cómo es que prepotea a los jueces pidiendo que la procesen? ¿Cómo es que declara duelo nacional por los gendarmes muertos en Chubut esta semana, cuando no hubo similar pesar estatal para las víctimas fatales del desastre ferroviario de Once en febrero? Es un vacío descomunal: por default, a la Argentina ya no se le mueve un pelo por nada. Las expresiones de rechazo y protesta existen, claro. Pero son parciales, limitadas, relativamente anónimas o, al menos, incapaces de generar un replanteo total del estado de cosas.
Lo de los chanchos es fenomenal. Imperturbable como sólo pueden serlo quienes han asumido de modo terminal su condición de infalibles, Cristina Fernández se pega un salto aéreo a una población de San Luis para seguir con su cháchara porcina y mojarle la oreja a la dirigencia nucleada en torno de Moyano. No explica (¿para qué?) por qué ni su marido ni ella pusieron los pies en San Luis desde 2003, única provincia rigurosamente ninguneada por ser gobernada por el raro peronismo de los hermanos Rodríguez Saá, quienes –pecado capital– nunca le pidieron plata a la Casa Rosada. La leyenda de las ejecuciones hipotecarias en las que se afanaban los treintañeros Kirchner de los años 80 es difusa, pero es evidente que siempre constituyó su abigarrado músculo dominante la opción de prestar para dominar, entregar algo para conducir todo, con o sin 1050.
Amnesia y amnistía son vocablos de raíces comunes y se patentizan en la carga de la artillería moyanista contra una gestión que compartieron y de la que el jefe sindical se benefició mientras pudo. Si a la Presidenta le encanta extasiarse con los fastos de un pasado mítico y sobredimensionado (Felipe Varela, la vuelta de Obligado), el jefe sindical no suena en un pentagrama demasiado diferente. En su cascoteado discurso del miércoles volvió a embelesarse con los años 40 del siglo XX y con las cosas que Perón les “dio” a los trabajadores. Si, como lúcidamente apunta Matilde Sánchez, el camionero y sus seguidores practican una “crispación viril” (Clarín, 28 de junio), desde el Gobierno se siguen infatuando con la letanía retro-progresista. Ahí anda la Presidenta abrazándose y besándose con cada retoño de los años 70 que encuentre, para insistir en que sólo trata de serle fiel a sus compañeros de esa época y a su marido muerto el 27 de octubre de 2010. A esa muerte, acaecida hace ya veinte meses, ella la sigue evocando con un luto de estirpe tradicional, como si en ese caso la coqueta y siempre producida primera ciudadana de este país se comportara como una de esas mujeres de negro eterno que se ven, por ejemplo, en las imágenes sicilianas de El Padrino II.
Epoca de ligerezas insoportables: hasta los verbos fallan, porque se los usa mal, para decir lo que ni corresponde insinuar ante las damas. “Quieren voltear a Cristina”, declara Héctor Timerman, ex director del diario procesista La Tarde y el canciller argentino más políticamente devaluado de los últimos 29 años, en su vano intento de asociar lo que ocurrió en Paraguay con la protesta de una jornada de huelga parcial. Exageraciones, paroxismo, mandobles retóricos y, sobre todo (nunca falla), la reiteración de los más arcaicos mecanismos.
Constatar este vacío no recauda rating, no mide, no altera amperímetros. La pobreza de la oferta opositora se relaciona y potencia con la endeblez de la demanda social. El denominador común del columnista promedio en diarios y revistas fustiga a los hasta ahora fallidos candidatos a ser opción, pero no se subraya el raquitismo de la demanda. Todo sucede como si esta noble, virtuosa y meritoria sociedad fuese diariamente frustrada por una dirigencia política oblicua, mediocre y atolondrada. Es el vacío esencial del cuerpo político argentino lo que plaga de oscuridad el diagnóstico de lo que ocurre.
Del poder actual pocos cambios se pueden aguardar ya. La Presidenta ya ha ratificado hasta el hastío a quienes la obedecen en silencio que cambiar no está en sus proyectos. No lo hizo en 2007, cuando su marido la puso en funciones. No lo hizo en 2011, cuando la ceremonia presidencial fue un trámite hogareño. Este poder K no renueva de manera sana y fuerte sus cuadros. Los tritura de a poco mientras los deja en funciones como mamotretos inanimados, castigados de por vida. Cambiar es un pecado en el modo de pensar de un sistema de poder que maquilla su archi-conservadurismo esencial disfrazándolo de audacia transgresora. El cambio, en serio, le da “cosita” a la Presidenta de la Argentina.
Pepe Eliaschev

miércoles, 25 de abril de 2012

El patrimonialismo corrupto

Con justa razón, en los últimos días se recordó que los Kirchner fueron fervientes privatizadores en los 90, cuando impulsaron el remate de YPF, para pasar a ser entusiastas estatistas nacionales y populares en 2000.
Lo que nadie se preguntó fue el porqué de semejante conversión en tan poco tiempo. Sugiero que la respuesta está en lo que denomino el patrimonialismo corrupto: una matriz de saqueo que antepone el negociado personal desde la estructura del Estado al interés de la Nación.

En aquellos años comenzó la etapa del desguace del Estado a partir de la venta de las empresas de servicios públicos. La dictadura comenzó a redinamizar la matriz de saqueo que el menemismo consolidó. Fue un proceso que –vía capitalización de deuda pública– tuvo como objetivo la captura de la renta nacional a precio vil. Se cedió a valores irrisorios gran parte del patrimonio nacional y se transfirió la renta generada desde el sector público al sector privado, en procesos que en muchos casos terminaron en el vaciamiento, cuyo ejemplo paradigmático es el de Aerolíneas Argentinas. Las condiciones de la privatización indujeron a que se asociasen un operador con experiencia (forzosamente extranjero), un lobbista local y un gran empresario nativo.

Mientras el viejo esquema del PJ noventista fue la entrega de negocios rentables a empresas extranjeras que junto con socios nacionales se beneficiaban con la paridad cambiaria, hoy la confusión entre lo privado y lo público queda consagrada en la creación de sociedades anónimas bajo una apariencia reestatizante.
Con el manto de una vuelta hacia un Estado benefactor, lo único concreto que se palpa es que toda la normativa desarrollada por los gobiernos Kirchner es una privatización al interior de los negocios de una facción política del poder.
Si en los noventa se privatizaba y se abría a licitación pública internacional en beneficio de empresas extranjeras, hoy se desestatiza creando sociedades anónimas sujetas al derecho privado, sin control estatal de ninguna especie, con aporte de capital por parte del Estado y el resto cedido en acciones a los grupos económicos amigos del poder. Y lo que es más escandaloso aún: estas sociedades dispondrán de patrimonio público en beneficio privado.

El Estado ha decidido tomar a su cargo la prestación de los servicios bajo formas que permitieran control y revisión pública. En cambio, elige formas que lo alejen todo lo posible de ello. Ni siquiera la Ley de Reforma del Estado que en los noventa redactó quien hoy sería asesor del ministro De Vido, Roberto Dromi, se atrevió a tanto. Aun en aquellos escandalosos y cuestionados procesos, el Estado conservó para sí la regulación, el poder de policía, el control y la facultad de sustitución en caso de reasumir la prestación.

La patrimonialización del Estado supone, por tanto, ese conjunto de patrones vigentes o prácticas políticas que borran o confunden convenientemente, como regla general, la diferencia de lo público y lo privado, permitiendo la disposición de lo primero con total omisión de las reglas y leyes establecidas para el manejo de los bienes públicos.

La última perla del patrimonialismo corrupto es la heroica vuelta al Estado nacional de YPF de la mano del interventor que fue uno de los principales responsables de su vaciamiento: el ministro Julio De Vido, que tuvo a su alfil Roberto Baratta en el directorio de Repsol durante los últimos años, lugar desde donde avaló con su firma el desguace de la empresa, que también contó con la complicidad de los síndicos designados por la Sindicatura General de la Nación.
El acto que presidió la Presidenta en el que hizo el anuncio podría ser digno de integrarse a la película Bananas, de Woody Allen, si no fuese una clara demostración de la situación de despojo a la que es sometida la Argentina: los mismos que privatizaron e incorporaron a sus amigos con la familia Eskenazi ahora se nos presentaban como los emancipadores y los abanderados de la defensa de recursos estratégicos. Los que tienen tanta responsabilidad en el vaciamiento como los empresarios españoles aparecían como los libertarios y garantes del patrimonio nacional.
Quienes detentan posiciones de poder ascienden a ocupar roles de gobierno apropiándose de los derechos y bienes del Estado, transformándolos en propios, ya sea como funcionarios en representación del Estado o como miembros de esta flamante burguesía nacional representada en YPF por la familia Eskenazi.
Esta forma particular que adopta hoy el régimen se caracteriza por la exaltación del mandato popular, manteniendo la lealtad de sus “cuadros” gracias al reparto de bienes, siempre y cuando formen parte de “su” círculo. El “patrimonialismo corrupto” es la existencia de una administración mantenida en el interior del poder político y económico que rodea la mesa chica kirchnerista y que tiene como objetivo el enriquecimiento personal.

Pero lo que el pueblo argentino debe saber es que ningún modelo puede sostenerse en el tiempo si los únicos beneficiados son los saqueadores. Ni siquiera puede hacerlo al amparo de apoyos populares que consagren amplias mayorías legislativas. No pudo con la máscara liberal de los noventa ni podrá con la farsa camporista de 2000.
Elisa Carrió

martes, 24 de abril de 2012

Un país que vive al margen de la ley paga altos costos

Cuando en la sociedad se generaliza la corrupción y el incumplimiento de las normas, la convivencia se vuelve más azarosa. No hay progreso posible sin seguridad jurídica.

Carlos Nino, un importante jurista argentino escribió “Un país al margen de la ley”. El subtitulo del libro expresa el sentido de su indagación: “Estudio de la anomia como componente del subdesarrollo argentino”. El texto trata un tema clásico de la filosofía política -que fue transitado por Aristóteles y Cicerón-: el de la imposible convivencia virtuosa cuando en la sociedad se generaliza la corrupción , la avivada y el incumplimiento de la ley.

Cuando un triste funcionario cuestionó en le Senado de la Nación, que se agite el “fantasma de la seguridad jurídica” recordé esas lecturas, junto con imágenes de las últimas décadas argentinas, en que ese fantasma -el de la seguridad jurídica- parecía ser la última esperanza de la decencia. Cuando vivíamos a los saltos de casa en casa -en algún costado de nuestra alma- queríamos que nos vengan a buscar soldados con uniforme, porque esa era la señal de que no éramos víctimas de un operativo por izquierda; estaríamos formalmente presos, pero no desaparecidos . Madres y Abuelas querían saber de sus hijos y exigían, que si hubiesen cometido algún crimen, se los juzgase con el debido proceso.

En esa época los que estábamos en la otra JP -la que no tiraba tiros- no sabíamos si recibiríamos un balazo montonero, de las tres A o de los milicos. Renegábamos de ambos salvadores que santificaban los fines para justificaban medios salvajes. La esperanza era Perón cuando parafraseaba a Cicerón con eso de “para ser libres hay que ser esclavos de la ley”.

La democracia era ese comienzo: la soberanía popular y el imperio de la ley.

Pasó el tiempo y el “fantasma” de la seguridad jurídica no se convierte en realidad efectiva. Con convicciones parecidas a las del triste funcionario que habló en el Senado, nunca faltaron intolerantes y transgresores. Pero pocas veces la concentración volvió a ser tan frondosa como en las últimas semanas.

Un vicepresidente dice que el Procurador de la Nación es parte de una familia dedicada al tráfico de influencias, acusa a un juez de tener una agencia de noticias judiciales y a dos empresarios los llama conspiradores y mafiosos. Pero ese mismo vicepresidente no dice que el procurador, el juez y los dos empresarios tienen nombre y apellido, mientras que el dueño de la empresa privada que fabrica los billetes argentinos de curso legal, no tiene ni nombre ni apellido.

Los argentinos sospechamos que el dueño de la imprenta es el mismo vicepresidente.

Y la sospecha seguirá hasta que rindan cuentas.

Con YPF, Nino vería confirmados sus peores presagios. Una provincia, a cargo de una pareja de gobernantes, recibe fondos multimillonarios tras la privatización de la empresa, la privatización fue alentada por esos mismos gobernantes. Al cabo de los años, y pese a la intervención de la Corte Suprema de Justicia, la pareja oculta el destino de los fondos. Esa misma gente, elige a un personaje que se dedica a vender obra pública en esa misma provincia, para que compre el 25% de la empresa sin poner un centavo, para eso vacían a YPF. Los argentinos sospechamos -y la sospecha seguirá hasta que rindan cuentas- que ese personaje es socio de los gobernantes multimillonarios.

Y ahora, tras el vaciamiento, echan a los dueños de YPF sin debido proceso. Y a uno le recuerda a otro “proceso”: cuando no había procesos porque la vida no tenía valor . Pero lo más triste no son los sospechados de ladrones -y la sospecha seguirá hasta que rindan cuentas-.

Lo lamentable es cómo la sociedad naturaliza la transgresión, tal como naturalizaba la muerte en los años de plomo.

Todos sabemos que estos gobernantes mienten una vez por mes con las cifras de inflación.

También sabemos que, con cifras mentirosas, ni el crecimiento es tan crecimiento, ni la inclusión es tan inclusión. Pero naturalizamos la mentira.

Perdemos el sentido del espanto, frente a dirigentes que perdieron la vergüenza.

Empresarios se dejan extorsionar por temor a la AFIP, porque ellos mismos son esclavos de su propio incumplimiento fiscal. Y más de uno prefiere contrabandear o corromper, antes que enfrentar a otro triste funcionario que dice a quien quiera escuchar: “al amigo todo, al enemigo: la ley”. Las empresas extranjeras funcionan igual: se adaptan. Si para vender informática al Banco Nación, hay que corromper, corrompen, si para que funcione Skanska hay que truchar facturas, truchan, y si para seguir operando en el país, Repsol debe aceptar a un “especialista en mercados regulados”, lo hace.

Son las reglas del juego. O más bien, es la falta de reglas del juego . Es la arbitrariedad del poder. Lo que los argentinos no queremos ver es de esta forma habilitamos a las multinacionales de la droga y de la trata.

En este cambalache aparece un llamado de atención: una mujer, la ex esposa del “no-amigo” del vicepresidente salió a hablar porque tiene miedo.

Y es para tomar en serio cuando amenazan a una mujer . La gente de mi generación conoce ese miedo, lo vivió en tiempos duros. Y ahora lo perciben todos los hogares argentinos acechados por la delincuencia común. Es una delincuencia que no llega a cargos públicos, pero espeja la conducta de los dirigentes. Y el poder parece responder: después de todo, si un presidente constitucional está sospechado de volar un polvorín entero, ¿qué le hace a un vicepresidente estar sospechado de amenazar a una mujer? Y la sospecha seguirá hasta que rindan cuentas.

Pero es la sociedad la que debe abandonar su propia complacencia y enfrentar la verdad: no hay progreso posible sin seguridad jurídica . Tenemos las bases morales de una sociedad que retrocede … y estamos retrocediendo aunque la santa soja nos llene de dólares. Más vale recordar a Perón cuando ya viejo, y de vuelta de sus propias transgresiones, les decía a los montoneros: “el que roba es un ladrón, y el que mata es un asesino” … y el que miente es un mentiroso. “Para ser libres hay que ser esclavos de la ley”.
Luis Rappoport