domingo, 10 de marzo de 2013

Morenizar y chavizar


Cristina decidió “chavizar” la política y “morenizar” la economía. Eso obliga a debatir, una vez más, el contenido de palabras como “progresista” o “izquierda”. Reaparece multiplicada la vieja pulseada entre equidad y libertad. ¿No es posible encontrar un modelo inclusivo e igualitario que además no intente eliminar al que piensa distinto porque lo considera un enemigo de la patria? ¿El arco iris de ideas es una profundización de la democracia o una jactancia de los sectores medios con la panza llena? ¿Cuál postura tiene el ADN socialista, la disciplina vertical o la pluralidad que cuestiona? ¿De qué material está hecha la utopía ideológica? ¿Qué pesa más en la balanza? ¿Darle dignidad y sacar de prepo de la pobreza a miles de venezolanos como hizo Chávez o buscar la forma de hacer lo mismo sin sovietizar la formas y evitando la persecución del Estado, como hizo Lula o Michelle Bachelet?
¿Se siente de izquierda una persona que ovaciona a tiranos de la peor calaña, que encarnan los comportamientos más fascistas como Mahmoud Ahmadinejad o Alexander Lukashenko? ¿Es progre mirar para otro lado cuando en Irán o en Bielorrusia se fusilan homosexuales, se lapidan y mutilan mujeres o se torturan disidentes? Se podrían agregar a criminales de lesa humanidad de Siria como Bashar Al Assad o de Guinea Ecuatorial como Teodoro Obiang a los que Hugo Chávez caracterizaba como “hermanos revolucionarios”. 
Muchos en Argentina actúan como si repudiar a los Estados Unidos e Israel extendiera un certificado de líder emancipador. Aunque Chávez haya espantado el olor a azufre que tenía el diablo George Bush pero a su vez tenga al gobierno norteamericano como su principal socio económico, al que le vendió en diciembre pasado la friolera de 197 mil barriles de petróleo por día. “Nunca fue de izquierda. Toda la izquierda está en su contra salvo el Partido Comunista”, dijo el ex candidato a presidente por el MAS (Movimiento al Socialismo), Teodoro Petkoff. El periodista y ex guerrillero definió de esa manera a Chávez. Pero podría haber dicho lo mismo de Néstor Kirchner.
Esa dificultad para medir tiempos con las categorías de los 70 lo llevó a decir que el chavismo “no es una dictadura pero tampoco una democracia”. Se podría agregar que no es un sistema socialista, pero tampoco sostuvo el capitalismo salvaje que los partidos tradicionales de Venezuela hicieron implosionar con tanta corrupción e injusticia social que fue la que parió el liderazgo de Chávez.
En nuestras pampas pasan cosas parecidas. ¿Quién iba a pensar que Claudio Lozano iba a coincidir con Julio De Vido? ¿O que Hermes Binner lo iba a hacer con la diputada Paula Bertol, del macrismo? Todo comenzó cuando les dije que les iba a hacer una pregunta con trampa, pero que el que avisa no es traidor: “¿A quién hubieran votado en Venezuela?”. El presidente del FAP dijo: “A Capriles”, y la dirigente del PRO, también. El cajero nacional y también de la embajada paralela y las relaciones carnales con Venezuela, Julio De Vido, dijo: “No me sorprende lo de Binner. Representa lo mismo que Capriles”. Lozano, integrante de la misma coalición de Binner, y que además viajó a Caracas para participar del homenaje, le salió al cruce y levantó la bandera de Chávez: “Me parece una expresión desafortunada. Detrás de Capriles está el viejo sistema político venezolano que jamás favoreció al pueblo”.
¿Quién es el verdadero progre? ¿ De Vido, Petkoff, Binner o Lozano? Es la confirmación de que lo que deben refundarse son los instrumentos para analizar lo que pasa. Caído a pedazos el muro de Berlín, con China convertida en potencia capitalista-socialista, con Cuba exportando tristeza y dinosaurios conceptuales, con el excesivo lugar que dieron al mercado las socialdemocracias europeas y su consiguiente fracaso, hay mucho que repensar. Hay confusión en el mundo y en la Argentina. ¿Cómo caracterizar la metodología violenta y extorsiva para cometer delitos como la malversación de las estadísticas públicas de Guillermo Moreno? ¿Entraría en el equipo de Chávez o en el de la derecha pejotista en la que se formó? ¿Las patotas armadas con las que intervino el INDEC, tal como denunció Horacio Verbitsky, son brigadas rojas o camisas negras? ¿Embalsamar a Chávez o en el futuro a Moreno, igual que a un terrorista de Estado como Kim Il Sung, es un tributo al hombre nuevo del marxismo? Ni realismo socialista ni realismo mágico. La única verdad es la realidad.
No puede ser progresista quien ni siquiera cumple con los mínimos requisitos democráticos. Alguien que amenaza, extorsiona, prohíbe y lo hace solo con el poder que le delega Cristina, y sin ninguna ley ni papel a la vista, rompe las reglas de funcionamiento de cualquier sociedad civilizada. Los autoritarismos no son de izquierda ni de derecha. Son despreciables y mesiánicos. Enemigos de la democracia popular y la construcción colectiva. Son militantes de la odiosa idea de que hay que cooptar o boicotear, o que todo se puede comprar con corrupción o espiar con metodología dictatorial desde gendarmería. De los que dicen como reyes “exprópiese” o de los que no sienten ni la obligación de presentar balances en Aerolíneas Argentinas pero levantan el dedito dando clases de moral a medio mundo.
Es una mentira histórica que no se puedan quebrar los privilegios, igualar posibilidades y repartir el poder sin apelar a la mano dura o a pisotear la legalidad. O a reemplazar las viejas oligarquías por las propias, como la boliburguesía o los amigopolios K. Lagos-Bachelet; Lula-Dilma y Tabaré Vázquez-Mujica demuestran que es posible. Muchos de sus indicadores sociales son superiores a los de Argentina y Venezuela, que comparten el podio de la mayor inflación mundial. No son traidores ni tibios. Construyen poder popular y democrático y consolidan grandes avances para los más necesitados, pero lo hacen con la legalidad y la profundidad necesarias para que no se pueda volver atrás. No fomentan jurásicos cultos a la personalidad ni venganzas ni fracturan las sociedades. No van por todo porque saben que después todo eso quedará en la nada. Van por más justicia social y más libertad. Dan el ejemplo. Y valoran todas las voces. Como dijo Dilma Rousseff: “Prefiero el ruido de los medios críticos que el silencio de las dictaduras”. Es lo que diferencia a una estadista de un autócrata de impronta totalitaria con ínfulas de prócer eterno. Así en Venezuela como en Argentina.
Alfredo Leuco

miércoles, 6 de febrero de 2013

Los argentinos estamos socialmente divorciados



El odio como factor clave del modelo

Si algo tiene el gobierno de Cristina Kirchner es previsibilidad. Todas las amenazas que formulan desde hace años, van en serio. Todas las batallas que entablaron, para afuera y para adentro, son de verdad.
Todo el odio que bajaron a la sociedad era genuino. Consiguieron hacer lo que fracasó en los 70. Inocularon a un tercio del país con su veneno, y fabricaron una nueva generación de resentidos, militantes del odio. Y generaron la reacción inevitable de parte de los odiados: el repudio y la bronca. Acaso odio, también.

Siempre se sostuvo que, el principal problema de este tipo de manejos por parte de los Kirchner, no estaba tanto en insuflarles odio a sus seguidores respecto de determinado actor político del país, sino en el riesgo cierto de que ese odio lo enfocaran sobre la sociedad que no los acompaña.
La gente que marchó el 13S y el 8N manifestó su bronca contra el Gobierno, no contra los seguidores del Gobierno. Pero los seguidores del Gobierno mostraban su bronca sobre la gente común.
Estaba muy claro el riesgo que corríamos. La desintegración social.

Asistimos por estos días, a un festival de escraches. En resumidas cuentas, el escrache no es otra cosa que la foto del divorcio. “Con vos no me siento ni en el bondi”, “acá no te sirvo ni un café”.
Divorcios que ya se venían verificando entre amistades y parientes. Entre vecinos que se cruzan por la calle y no se saludan. Muchachos treintañeros que cuando se asomaron a la política padecieron kirchnerismo, y se creyeron que el enemigo de la patria era el cuñado que se queja de la inflación y le prende la luz del living a Lapegüe.

La Presidenta alienta estos comportamientos cuando arenga a la tropa propia con aquello de "es bueno que estén cerca, por si pasa algo", y los chiquitos cantan a coro "si la tocan a Cristina qué quilombo se va a armar". Manipulación elemental, básica. Manual del alumno bonaerense Kapelusz.
La diferenciación entre “ellos” y “nosotros” se advierte hasta en los actos públicos. Ponen vallas y cordones policiales para que asistan únicamente los del palo. Dejan al resto lejos.
Estamos cerca tal vez de que los opositores al kirchnerismo deban llevar en el saco una estrella donde se lea "Fachen", y que se diferencien colectivos, bares, plazas y mingitorios públicos.

Los argentinos no estamos distanciados, estamos socialmente divorciados.
No nos pasamos la cuota alimentaria, nos denunciamos y no nos dejamos ver los pibes. Nos peleamos hasta por los veladores del casamiento. Nos hablamos mediante los bogas, que se juntan a cenar para ver cómo nos pueden esquilmar mejor a todos. Alguna conventillera del barrio nos ha llenado la cabeza contra el hermano. Hemos pasado de desconfiarnos, a tenernos bronca.
Hay que entender que la crispación no es una casualidad. Ha sido hábilmente instalada para dividir voluntades y, así, poder reinar.
El fanatismo tampoco es casual. Casi que les resulta imprescindible.
Al gobierno de Cristina Kirchner no le sirve tener adherentes, sino fanáticos. Porque los adherentes pueden cuestionar. Mientras que los fanáticos espiralizan sus argumentos hacia abajo, pero siempre terminan defendiendo lo indefendible.
Así se justifica el latrocinio, así se va logrando la “talibanización” del sentido común. Así el ladrón puede ser beatificado, o nombrado vicepresidente, así se logra que aclamen la liberación de Barrabás, crucificándolo a usted, porque denuncia la cueva de ladrones.

Salta a la vista que, para “el modelo”, todo este odio es altamente necesario.
Acaso el destino marcaba que, alguna vez, debían gobernar aquellos enamorados del odio de los 70. Acaso haya sido una etapa que la Argentina, de uno u otro modo, tenía que cumplir, vaya a saber. Pero no se retornará con elegancia de este asunto. No nos saldrá gratis este nuevo pleito social prefabricado. Por eso, es importante no olvidar y tener siempre bien en claro quién lo instaló y para qué fin.
Por eso esta revolución de opereta indefectiblemente debe terminar, dentro de tres años, en la Justicia. Para que permanezca suficientemente expuesto que, además de inocular vilmente su odio, se robaron el país.
Será la única forma de que los argentinos podamos explicarnos, por una vez, alguna historia verdadera.

Fabián Ferrante


martes, 29 de enero de 2013

Teoría y práctica del ponciopilatismo



En un contexto de amenaza totalitaria por parte del Gobierno, no hay lugar para posiciones tibias ni para reconocer supuestos aciertos parciales de una gestión que ataca los principios básicos de la vida democrática.


Como se sabe, Poncio Pilatos fue el prefecto romano de Judea que dejó la decisión de colgar a Jesús o a Barrabás en manos de la Plaza, con resultados por todos conocidos. Vaya a saber por qué me viene tan frecuentemente su nombre a la memoria en estos tiempos de furia y desamor que vivimos los argentinos.
Poco importan aquí las frágiles correspondencias entre Historia y leyenda. Lo cierto es que quedaron asociadas a Poncio Pilatos tres conductas que se han ganado el podio de la tradición política argentina: evitar las propias responsabilidades, tomar la vox populi como vox dei y poner en un lugar igual en una imaginaria balanza a dos cosas que no pueden ser más desiguales: el inocente Jesús, injustamente acusado de intentar subvertir un orden injusto, y el culpable Barrabás, un vulgar asesino y bandolero.
La parábola de Pilatos y el destino de Jesús en la cruz son útiles para ilustrar otras barrabasadas de actualidad nacional, por ejemplo: la impunidad por vía de opinión mayoritaria , la idea de democratizar la Justicia para asegurar su eficacia, la noción de que el pueblo jamás se equivoca (tan curiosamente arraigada en el país del "yo no lo voté") y la pretensión de que la aclamación popular basta para legitimar cualquier cosa. Pero lo que es aún más interesante es el acto ponciopilatista por definición: la lavada de manos so pretexto de equidistancia.
El ponciopilatismo argentino es diestro en esta disciplina. Es fácil reconocer a sus cultores por esas frases sueltas que pronuncian como un mantra. Por ejemplo: "Hay que reconocerle al Gobierno lo que hizo bien". He aquí el truco en el que reside la homeopática astucia ponciopilatista, y que no es otro que el de aplicar a tiempos excepcionales métodos adecuados a momentos de normalidad. Basta enunciar este concepto en los términos reales en que se nos propone -"hay que reconocerle a todo gobierno lo que hizo bien"- para comprender la magnitud del dislate. Digámoslo así: si alguien dijera "hay que reconocerle a Hitler los cinco millones de puestos de trabajo que creó" o "hay que reconocerle a Videla que haya acabado con el terrorismo" estallaría un justificado escándalo. Casi todos sostendrían, con razón, que no se le reconoce a Hitler que haya bajado la desocupación porque el precio fue meter a los obreros alemanes en la industria armamentista, y al mundo en una guerra, y que no se le reconoce a Videla que haya acabado con el terrorismo porque el genocidio resultante fue más violento y cruel que lo que evitó. Se trata de una matemática elemental: no se reconocen virtudes cuando las consecuencias son peores que las causas. Sin embargo, los mismos que encabezarían la protesta contra la reivindicación de los aspectos positivos de Hitler y Videla nos proponen aplaudir la Asignación Universal por Hijo a pesar de que después de una década de tasas chinas y soja por las nubes la pobreza es mayor que la media de los años 90; o la designación de la Corte Suprema pese a que sólo se aplican sus fallos cuando le conviene al Gobierno; o la política de derechos humanos que terminó sumergiendo a las organizaciones que un día fueron el baluarte moral de esta nación en estafas organizadas por parricidas, huelgas obreras contra las Madres de Plaza de Mayo y amenazas de carpetazos de las Madres contra "los turros de la Corte". Etcétera.
La parte independientemente del todo. Aislada del todo. Por encima del todo. El ponciopilatista argento, genio autóctono del posmodernismo, cree que el Diablo está en los detalles. Por eso se le escapa el elefante, hábilmente escondido por el Gobierno en medio de una manada de elefantes, que también se le escapan. Momento en que el ponciopilatista recurre a otra de sus frases preferidas: "No podés comparar este gobierno con el nazismo y la dictadura". Como si las comparaciones fueran igualaciones. Como si sólo se pudiera comparar lo que es igual. Como si Newton no hubiera llegado a la ley de la gravedad comparando la Luna -que es grande y no cae- con una manzana -que es pequeña y cae-. "¡No me podés comparar la Luna con una manzana!", dirá el ponciopilatista indignado, creyendo que desmiente así la ley de gravedad. Y es que el ponciopilatista no es malo ni tonto, sino débil. Sabe que el Diablo está ahí, pero teme mirarlo a los ojos. Por eso detesta la revelación de los rasgos comunes de lo que declara incomparablemente diferente. Por eso sostiene que es mejor esperar una guerra mundial y un genocidio antes de denunciar que ese aclamado señor de bigotitos que grita desde un palco en Munich está demente y sería inteligente no ser sus chamberlaines. "Si aún no sucedió, no sucederá", sostiene seguro el Poncio Pilatos argentino. Justamente él, que nunca adivinó que esos muchachos católicos de buena familia se iban a convertir en los Montoneros, ni advirtió que el Ejército lanussiano iba a terminar cometiendo un genocidio, ni vio venir al Menem neoliberal en los tiempos del Menem patilludo. Precisamente él, que se dio cuenta hace diez minutos -por reloj- de que esa simpática parejita de abogados santacruceños no se traía entre manos nada bueno. ¿Qué les habrá pasado?, se pregunta.
Indiferente a estas consideraciones, el ponciopilatista -enemigo acérrimo de las comparaciones- igualará -repito: igualará- a Jesús con Barrabás, es decir: a cualquier personaje desprovisto de poder y sin capacidad de daño con un gobierno que lleva nueve años de robo, delirio y autoritarismo, y que ha anunciado que vendrá por lo que queda. "¿Ven? Son iguales que ellos", disparará apenas un opositor alce la voz, y a continuación emanará otro apotegma de los suyos: "Yo no soy K ni anti-K", como quien actualiza el "Yo soy peronista, señor. Nunca me metí en política", copyright de Gatica y Soriano. Después acusará a los perseguidos por un poder despótico mediante el orwelliano expediente de atribuirles intenciones ("Si pudieran darían un golpe, proscribirían al peronismo, se comerían a los chicos pobres crudos. serían como ellos. ¡peores que ellos!") y se va a dormir lo más tranquilo; con la conciencia y las manos limpias. Como recién lavadas.
Comandos civiles hipotéticos, grupos de tareas en potencia: el antikirchnerista es la verdadera obsesión del ponciopilatista, quien sin saberlo repite así las acusaciones de Néstor Kirchner a los piquetes de la abundancia. Y aún peor es el "hay dos bandos" ponciopilatista, tan apropiado para describir la Argentina de hoy como la Chicago de ayer, cuyo control se disputaban Eliot Ness y Al Capone. Uno espera algo mejor de gente que sabe hilar fino alrededor del concepto "crimen de lesa humanidad". Pero no. La distinción estatal-privado, que opera tan bien para descartar la teoría de los dos demonios, es suspendida en sus efectos por el ponciopilatista experto, que se complace en ignorar el inigualable poder y la consecuente responsabilidad del Estado para proclamar que está contra los dos monopolios, que detesta la intolerancia de los dos grupos y que es equidistante de los dos bandos, el de los avasalladores y el de los avasallados. ¿Síndrome de Estocolmo? Parecen palabras demasiado grandes para el ponciopilatista telúrico, que se parece más bien a la madre de una mujer golpeada que le dice a la nena: "Hija, no te olvides de que es tu marido y de que vos lo elegiste". Y a continuación: "Además, a vos sólo tu marido te puede gobernar.".
No estoy hablando, claro, de la casi totalidad de la población nacional, que yuga todo el día para parar la olla y logra que el país siga andando pese a todo, y que por eso mismo tiene pocas oportunidades de repasar la Historia del siglo XX para comprobar cómo fue que de a poco se llegó a lugares que obligaban después a preguntarse cómo es que se había llegado tan lejos. Hablo del Partido de Poncio Pilatos en sus dos ramas: la política y la periodística, en ese orden. Hablo de gente como yo, que no construyó la casa en que vive, no cultivó la comida que come ni fabricó la heladera que usa. Gente a la que el resto de la sociedad subvenciona para que estudie y se perfeccione, acaso con la esperanza de que no se transformen en furgones de cola de la opinión pública sino que sean capaces de ver más lejos y comprender antes y mejor las cosas; entre ellas: la amenaza totalitaria que entrañan la demolición de las instituciones, el ataque a las libertades y las garantías individuales, la invasión del ámbito privado y la rotura de todos y cada uno de los principios que hacen posible la vida en democracia.
Fernando Iglesias