martes, 11 de junio de 2013

Tres mentiras K que distorsionan la historia

El relato del Gobierno se sostiene a fuerza de operaciones que falsean los hechos y fomentan una memoria acorde con sus necesidades. Ahora, un nuevo olvido colectivo podría garantizarle otra década en el poder.
No es que los argentinos hablemos constantemente de la memoria porque nos interese. Es porque carecemos completamente de ella. Peor aún, se denomina aquí "memoria" a una serie de operaciones de distorsión de la Historia cuyo autor es, invariablemente, el Partido Populista. Gracias a ellas, la única fuerza política argentina que ha gozado del privilegio de tres décadas de poder (Perón, Menem y Kirchner) se presenta hoy en el rol de honesto Quijote condenado a reparar las felonías de sus adversarios. Son el Poder. Se muestran como su víctima. Es la imposición efusiva de esta pseudomemoria orquestada por pseudointelectuales, que oculta el hecho de que el Partido Populista ha gobernado 23 de los últimos 25 años, con resultados difíciles de empeorar.
Las falsificaciones antojadizas que responden al nombre de "memoria" han alcanzado su punto culminante con el kirchnerismo. Hoy, personas que pregonan que es destituyente mostrar videos en los que Néstor Kirchner acaricia cajas fuertes, pero les parece un hecho progresista que el presidente de otra fuerza política se escape en helicóptero para evitar ser linchado, han logrado consagrar el supuesto de que sólo el Partido Populista puede gobernarnos y evitar el caos; idea formidable por su capacidad de negación de los apocalipsis varios en que han terminado todas las experiencias del nacionalismo populista en la Argentina.
Indiferente a tales hechos, la "memoria" convirtió en sentidos comunes una serie de evidentes falsedades. La primera de ellas es la de que Kirchner tomó las riendas de un país en llamas; afirmación incompatible con los ocho ministros del gabinete anterior que se llevó a su propio gobierno. Nadie incorpora a su equipo a quienes le han dejado un país en llamas. Kirchner asumió la presidencia en una situación ideal: el PBI crecía ya a un ritmo del 7%, las expectativas sociales se habían reducido al mínimo después de 2001 y la tolerancia hacia todo lo que hiciera el Gobierno era infinita. Los Kirchner recibieron un país en vías de una rápida recuperación, como las que siempre hay después de haber tocado fondo. Recibieron un país con viento de cola y todos los incendios apagados por los mismos que los habían iniciado y que les legaron el poder. Les tocó el Barcelona.
La segunda operación exitosa de reemplazo de la Historia por la "memoria" fue la de ocultar la existencia de 2002, año en que los enormes problemas recesivos que tenía la economía argentina fueron "solucionados" por Duhalde mediante la más rancia receta ortodoxa: licuar salarios y redistribuir la riqueza hacia arriba. En 2002, durante el gobierno de Duhalde, el provisorio corralito de la Alianza se convirtió en el definitivo corralón pejotista donde murieron los pequeños ahorros argentinos, donde la quita provisoria del 13% de Cavallo se transformó en el 40% de inflación con salarios y jubilaciones congeladas de Remes-Lenicov, y los que habían depositado dólares tuvieron pesos, porque los dólares se los llevaron los bancos. Los resultados no se hicieron esperar. El 35% de pobreza de diciembre de 2001 se convirtió en el 54% de octubre de 2002, y el ineficiente sistema productivo nacional tuvo el tremendo ajuste que le permitiría al Modelo resistir hasta ahora. La "memoria" registra 2002 como el inicio de un New Deal argento. No lo fue. Fue el mayor ajuste de la historia nacional. Duhalde lo hizo. Remes Lenicov lo hizo. El Pejota lo hizo. Y Lavagna y Kirchner lo reforzaron con políticas de pan para hoy y choque de trenes e inundaciones para mañana, un "pagadiós" que la "memoria" registra como "desendeudamiento", la infraestructura atada con alambre y la energía y el transporte regalados para facilitar una tercera plata dulce. Los argentinos aplaudimos aquellas causas con el mismo entusiasmo con que hoy nos quejamos de sus consecuencias. Y Cristina y sus genios pseudokeynesianos se dedicaron a aconsejar a los tontos alemanes sobre cómo solucionar una crisis como la de 2001 aplicando la receta de 2003; como si el número 2002 fuese un invento de las corporaciones.
La tercera operación de la "memoria" consistió en atribuir la debacle de 2001 a la oposición. Nada importó que las políticas económicas que estallaron entonces -la convertibilidad, el gasto público desbordado y la segunda plata dulce, financiados con endeudamiento en dólares- hubieran sido obra del PJ; no importaron los palcos en que Néstor alabó a Menem como el mejor presidente de la Historia, ni su rol decisivo en la privatización de YPF, ni su silencio sobre el indulto. A nadie le interesó que conspicuos funcionarios menemistas accedieran a puestos clave del régimen K ni que casi todos los frepasistas de la Alianza -Chacho Álvarez, Abal Medina, Garré, Conti, Sabbatella, D'Elía, entre otros- pasaran al funcionariado kirchnerista. La economía crecía a tasas chinas y a nadie le importó que fuera difícil encontrar un funcionario K que no hubiera sido miembro del menemismo nacional, el kirchnerismo santacruceño o la Alianza. La oposición era los noventa, y el Gobierno, su negación. Así nos fue.
Esta triple operación de reemplazo de la Historia por la "memoria" permitió al Partido Populista elaborar un relato imposible de refutar mientras duró la plata, y acceder al más prolongado período político de nuestra Historia: doce años aderezados con bajadas de cuadros y festivales nac&pop que habilitaron un nuevo ciclo de redistribución de la riqueza a favor de la casta en el poder que dejó reducido el de los noventa a un trivial robo de gallinas.
Pero la cosa no ha terminado. Mientras el modelo se desmorona dejando al desnudo sus bóvedas y sus villas miseria, un nuevo olvido colectivo permite anticipar que quienes nos llevaron al desastre en la "década ganada" seguirán en el poder durante la próxima. Ya vuelve el populismo verdadero. Ya se prepara, otra vez, la misma película. Ya se observa pulular por la televisión a principalísimos ex ministros y jefes de gabinete K que se lamentan del estado de las cosas como quien habla de la lluvia, sin que nadie atine a hacerles la pregunta ineludible: "Usted, ¿sabía o no sabía?"; elemental forma de poner en evidencia que el entrevistado es necesariamente un cómplice o un incapaz al que las balanzas y los bolsos le pasaban por debajo de las narices. Y los olvidos del periodismo no son la excepción, sino la regla. La propia oposición los complementa convocando a sus listas a ex candidatos quintacolumnistas, inventores de sonoros "pagadiós" y demás figuras de la fauna kirchnerista que ha asolado el país desde 2003. Menos mal que los argentinos, indignados por la espantosa epidemia de corrupción que estalló apenas se acabaron las tasas chinas, nos declaramos listos para votar candidatos opositores: el ex vicepresidente de Néstor y gobernador K del principal distrito del país, y cierto ex director de la Anses y jefe de Gabinete de Cristina. Ambos, del mismo Partido Populista que nos gobierna desde hace un cuarto de siglo. Ambos, del peronismo bonaerense que gobierna la provincia desde 1987 con resultados inenarrables. Ambos, del populismo conurbanense que implementó el annus horribilis de 2002 y nombró sucesor a Néstor Kirchner. Ambos, mudos.
¡Otra oportunidad para el PJ!, se oye clamar en los raros momentos en que los argentinos no reflexionamos sobre la memoria. ¡Otra oportunidad, que un cuarto de siglo no es bastante!, se pide y se espera. Ojalá todos tengamos un Feliz Domingo. Ojalá que Dios siga siendo argentino, y la soja jamás baje de cuatrocientos, y la tasa de la Fed no vuelva nunca a niveles normales, porque será el momento de enfrentar nuevamente "el insensato, el inmisericorde desastre ruso" que mencionaba Pushkin. Y luego del desastre llegará un nuevo viento del sur patagónico, del norte mineral o del bravío conurbano. Y cabalgando en él un nuevo representante del Partido Populista nos instará a no dejar los principios en la puerta, nos presentará a su estupenda esposa, nos hablará de las cosas que nos pasaron a los argentinos y nos venderá otro sueño. Y se lo compraremos. En pesos convertibles. En cuotas fijas. Sin intereses. Confiados en la memoria. Esperanzados en que las causas de siempre no nos traigan otra vez las habituales consecuencias.
Fernando Iglesias

sábado, 11 de mayo de 2013

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?


Confieso que estoy cansado de criticar al kirchnerismo. Si recaigo una y otra vez es porque el Gobierno no deja de ofrecer motivos. A medida que los golpes de la realidad perforan el relato, esos motivos crecen en cantidad y en gravedad. Y uno es débil y reincide.
Esta semana a Cristina no le bastó con haber dejado sellada, voto en el Senado mediante, la ocupación del Poder Judicial. Montó además un show con la plana mayor de su equipo económico en el que Lorenzino, luego de que Moreno recordara cómo se mide el alza de precios en el país de la fantasía, logró mascullar por fin, sin sonrojarse, los números de la inflación. Eso hubiera justificado el acto, pero el Gobierno, cuya divisa es hacer caja a cualquier costo, anunció medidas que delatan su idea del progresismo: los que menos tienen son los que más pagan, o los que siempre pagan en lugar de los poderosos.
Recapitulemos: primero, el Gobierno crea un cepo al dólar (cuando, según los testimonios que suma el escándalo Báez, quienes se llevaban los billetes afuera eran sus amigos); ahora, para paliar el daño que produjo el cepo, invita a repatriar los dólares en negro eximiéndolos del pago de impuestos. Se incluye aquí, claro, la plata mal habida. Las valijas pueden hacer el camino inverso. Miles de kilos. A la luz del día.
Pero me resisto a seguir por aquí, pues tengo la impresión de que pegarle al kirchnerismo se está convirtiendo en un deporte inútil. Después de Once, de las inundaciones, de la "democratización" de la Justicia y del caso Báez, todo está más o menos a la vista. El kirchnerismo es una fractura expuesta y ya sabemos de qué está hecho el hueso. Con decisiones cada vez más autoritarias a medida que la realidad embiste con mayor fuerza el sueño de la Presidenta, ya no hay relato ni cartón pintado capaz de maquillar las verdaderas intenciones: consagrar la impunidad y el poder perpetuo. Esto es claro, al menos a los ojos de los que quieren ver. Porque del otro lado están los que viven en ese sueño. Y ellos no quieren despertar. Así las cosas, además de obvia, la crítica se vuelve reiterativa. La más encarnizada incluso acarrea otros riesgos, pues alienta una polarización que resulta nociva por lo que deja afuera: el resto de la sociedad. Tal vez sea hora de escuchar mi cansancio. Tal vez sea hora de dejar el kirchnerismo por un rato para hablar de nosotros. Tal vez sea hora de preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí.
Lo escuché el otro día, en medio de un almuerzo de periodistas e intelectuales: la argentina es una sociedad que se acostumbra a cualquier cosa. Eso responde en parte a la pregunta: nos hemos ido acostumbrando a la progresiva degradación de la vida social y política. Pasamos del sobreseimiento de Oyarbide por el incremento patrimonial de los Kirchner a la recién aprobada reforma judicial. Vamos (van) de la parte al todo. Sin prisa pero sin pausa, en un proceso en el que lo inconcebible, más temprano que tarde, termina integrado al paisaje.
Sin embargo, hay un dato incómodo: Santa Cruz siempre estuvo ahí. Algunas voces lo advirtieron. Pero preferimos, quizá para eludir los desafíos de la realidad, aceptar el cuentito que nos hacían (después convertido en relato). Aunque nos hagamos los cínicos, somos cándidos monaguillos: creemos. Creemos -o queremos creer- que la cosa no puede ponerse peor. El costo del desengaño es alto, pero aún así soslayamos las evidencias y adaptamos la lente para ver sólo aquello que estamos dispuestos a ver.
En esto nos parecemos a Cristina. Y no es raro. El Gobierno es también creación nuestra, de toda la sociedad, incluso de aquellos que no lo votamos. Se ha repetido hasta el hartazgo que todo gobierno de algún modo refleja la sociedad de la que surge. Hoy el espejo del nuestro nos devuelve la imagen exacerbada de aquellos aspectos que como sociedad tendemos a negar.
Si de algo puede jactarse el kirchnerismo es de conocer la trama de la sociedad argentina. Sabe leerla, y en especial sus zonas más oscuras, abyectas o vulnerables. Gracias a esa habilidad ha sabido someter a distintos sectores con métodos humillantes. A los insumisos (el periodismo crítico, parte de la Justicia) los combate sin miramientos. El miedo, la extorsión, la ley del más fuerte, el vale todo, no son inventos de los Kirchner. Pero ellos han llevado el uso de estos dudosos instrumentos a extremos insospechados en una democracia. "Por eso nadie quiere hablar -le dijo Miriam Quiroga, la ex secretaria de Néstor Kirchner, a Jorge Lanata-. Porque son parte. Él tenía el control de todo." Los Kirchner actuaron como si pocos aquí estuvieran libres de pecado. Y, en sus términos, no les fue mal.
Como dice la ex secretaria, todos somos parte. Cada cual, cada sector, sabrá en qué medida. Como no lleguemos a reconocerlo, estaremos condenados a repetir el mismo destino una y otra vez. Al final quizá descubramos que el kirchnerismo, de alguna manera, nos guste o no, es parte nuestra. Y tal vez ése sea el principio del cambio.
Héctor M. Guyot

viernes, 10 de mayo de 2013

La Argentina bajo el riesgo de los Kirchner


Presentamos la traducción de la nota publicada el 9 de mayo en Le Monde sobre la gestión kirchnerista 
La Argentina bajo el riesgo de los Kirchner
Por Paulo A. Paranagua
En diez años de poder, Néstor Kirchner y después su mujer Cristina llevaron adelante una gestión arbitraria e imprevisible de los asuntos de Estado. En línea recta con el populismo peronista que a menudo condujo al país al caos económico y la corrupción.
En mayo de 2003, hace diez años, Néstor Kirchner, ex gobernador peronista de Santa Cruz, una provincia del sur argentino, llegó a la presidencia de la república con un déficit de legitimidad. Elegido casi por defecto, obtuvo el 22 por ciento de los votos en la primera vuelta. El ex presidente Carlos Menem (también peronista), aunque con posibilidades de ganar el ballotage, prefirió retirarse antes que sufrir un revés en la segunda vuelta.
Para fortalecer a una opinión pública sacudida por la crisis de 2001, que condujo al país a la quiebra, Kirchner se dedicó a consolidar la recuperación económica, emprendida con éxito por el ministro de Economía Roberto Lavagna, a quien mantuvo en su cargo. El nuevo presidente apoya los esfuerzos de los defensores de los derechos humanos, los legisladores y algunos magistrados para terminar con la impunidad de los militares implicados en los crímenes de la dictadura (1976-1983). Por último, teje alianzas "transversales" para lograr una mayoría en el Congreso. Su ministro de Cultura, Torcuato Di Tella, eminente sociólogo y asesor del gobierno, veía en esto el esbozo de una nueva centroizquierda, capaz de "superar" al peronismo, fuerza dominante de la vida política desde 1945.
¿Néstor Kirchner, muerto en 2010, era un outsider? "Kirchner no es un dirigente atípico", respondía su esposa Cristina a la pregunta de Le Monde en noviembre de 2003. "Es un puro producto del peronismo". ¡El zorro pierde el pelo pero no las mañas! "No se puede gobernar sin negociar con el inmenso aparato del partido peronista, formado por burócratas de los sindicatos, intendentes corruptos, punteros barriales clientelistas, policías, traficantes y delincuentes, que se oponen a cualquier cambio", confiaba años después el filósofo José Pablo Feinmann, otro asesor del gobierno. "'Si no controlo el aparato, este me va a dominar, no resistiría dos días', me dijo Néstor".
En 2005, el presidente remueve al ministro Lavagna y administra personalmente la economía nacional, de la misma forma que había administrado los recursos de una provincia petrolera débilmente poblada de la Patagonia: decisiones al día tomadas por un grupo cerrado, sin reunión del consejo de ministros ni rendición de cuentas al Congreso ni explicaciones a la prensa. Cuando era gobernador de Santa Cruz, había enviado a Suiza 500 millones de dólares de regalías petroleras sin detallar jamás el itinerario de esa suma ni sus intereses.
Abogados de empresas, los Kirchner habían dedicado los años de plomo a acumular una fortuna. A partir de 2003, sus declaraciones anuales muestran un enriquecimiento vertiginoso, sin que la cuestión de un conflicto de intereses se les pase por la cabeza a los interesados. Para sus detractores, los montos declarados no serían más que la punta del iceberg.
Cuando Cristina Kirchner reemplaza a su marido en 2007, el manejo improvisado de la economía sigue siendo discrecional e imprevisible. Para los amigos, todas las facilidades. Para los demás, el peso de la ley, sin perjuicio de inventar nuevas reglas de acuerdo con las circunstancias. El cambio más espectacular sin duda es el que hubo respecto de Clarín, el principal grupo multimedia de la Argentina. La luna de miel duró hasta el momento en que Néstor Kirchner, que quería una participación en el capital, sufrió un rechazo. De un día para el otro, el grupo se convirtió en el enemigo a derribar. "Clarín miente", gritan los Kirchner en cada acto político. En 2009, se vota una ley de medios con disposiciones hechas a medida, destinadas a desmantelar el grupo. La justicia bloquea su aplicación. Entonces, en 2013, se improvisa una reforma de la justicia y los recursos contra el Estado, para asegurarse de que el poder judicial deje de inmiscuirse en los asuntos del ejecutivo y el legislativo.
Más allá de las peripecias que la Argentina de los Kirchner presenta con la regularidad de un folletín, el balance de estos diez años de gestión con medidas de corto plazo presenta contrastes: Buenos Aires logró renegociar la mayor parte de la deuda, sin restablecer, sin embargo, su crédito internacional. La producción se reactivó, con resultados moderados en la industria. El Estado aumentó el impuesto a la soja, locomotora de las exportaciones, y se apropió de los fondos de pensión, pero el régimen fiscal legado por la dictadura militar no fue modificado.
Mientras que Aerolíneas Argentinas fue nacionalizada, nada se hizo para corregir el deterioro de los transportes ferroviarios, desguazados en los años 90 con la complicidad de los sindicatos peronistas: en 2012, un accidente ocurrido en una estación de Buenos Aires causó 51 muertos y 700 heridos. La empresa petrolera Repsol YPF volvió a manos del Estado, mientras que las compañías mineras gozan de total libertad para operar en perjuicio del medioambiente y el fisco.
Buena parte del empobrecimiento provocado por la crisis de 2001 desapareció pero la miseria sigue presente. Los aumentos de salarios y las jubilaciones revalorizadas se ven recortados por una inflación del 25 por ciento enmascarada por la falsificación de las cifras oficiales. Se adoptó el matrimonio igualitario pero el aborto sigue siendo tabú.
La inseguridad jurídica hace huir a los inversores: el último en retirarse fue el grupo brasileño Vale. El proteccionismo dejó en coma al Mercosur, la unión aduanera sudamericana. Argentina no ha dejado de caer en el índice de percepción de la corrupción de Transparency International y actualmente está en la cola del pelotón. En cuanto al control de cambio, se presta a todo tipo de manipulaciones.
El descaro y la falta de visión, sin embargo, se disfrazan con un discurso épico. Se habla de un "modelo" Kirchner, secundado por un proyecto "nacional y popular". Adaptado al gusto del momento y despojado de los oropeles de la "doctrina justicialista" del general Juan Domingo Perón (presidente de 1946 a 1955 y de 1973 a 1974), este relato no remite menos a la misma ideología: el nacionalismo, que invoca una excepción argentina, una idiosincrasia diferente de cualquier otra, un "ser nacional" cuya esencia se encontraría en el curso de la historia. Eva Perón, la egeria del general, aparece en los nuevos billetes de 100 pesos y su efigie domina la principal avenida de Buenos Aires, aun cuando su libro, La razón de mi vida, ya no es de lectura obligatoria en las escuelas.

Los socialistas, los socialdemócratas, los comunistas, los de centro, los demócrata-cristianos, los liberales, los conservadores, los demócratas y los republicanos, las principales familias políticas de los dos últimos siglos, en algún momento hicieron su autocrítica, y a menudo varias veces en lugar de una. Los peronistas, jamás. No obstante, no faltan muertos en el ropero.
El regreso del general Perón al poder en 1973 fue una catástrofe que condujo, tres años más tarde, al peor golpe de Estado sufrido por los argentinos. Los Kirchner fomentaron una idealización romántica de ese período de irracionalidad, que no contribuye al respeto por las instituciones de la democracia. En lugar de proceder a una relectura desapasionada de la historia, los peronistas proponen una versión mítica, propicia para los desvíos ideológicos.
La constitución prohíbe un tercer mandato presidencial consecutivo, pero esto no impide a Cristina Kirchner hacer un vacío a su alrededor, mientras que sus partidarios preconizan una reforma de la Ley Fundamental. En una obra reciente, Carlos Gabetta, creador de la edición argentina de Le Monde Diplomatique, llega a una conclusión abrumadora: "Todos los gobiernos del populismo peronista argentino condujeron al país al caos económico; todos llevaron la corrupción a un paroxismo y desembocaron en la tragedia o el Grand-Guignol".
TRADUCCIÓN: Elisa Carnelli